Canción de cuna



Si el debate actual no es de marca y si los legos en el asunto podemos 
participar, me permito hace algunos comentarios al respecto. Los debates que 
suscitan los premios son su principal mérito, es una oportunidad para 
revitalizar nuestras creencias sobre las artes, ya sea para afirmarlas o para 
negarlas; en este sentido, son saludables, por lo tanto, deseables. ¿Qué hacer 
con el paisaje, con la naturaleza, con la vida privada, con el espacio público, 
con la vida cotidiana? ¿Los transformamos negándolos? ¿Los potenciamos 
afirmándolos? ¿Los enriquecemos complementándolos? ¿Los vivificamos 
interpelándolos? Para cualquier solución aparecerá, tarde o temprano, un 
contradictor que la hará parecer innecesaria, fea. Nada más innecesario a 
nuestros ojos  que la pirámide de Keops; nada más vergonzoso que este monumento 
a la crueldad, a la megalomanía del hombre.



El debate actual  sobre el premio iberoamericano de arquitectura parece ser un 
cuestionamiento de los criterios que orientaron el veredicto del jurado. Willy  
Drews considera que la arquitectura debe tener apellido, ser buena o mala; -ha 
planteado que es necesario hacer mayor énfasis en la buena arquitectura, y no 
tanto en la arquitectura. En su opinión, la buena arquitectura es bella; es 
aquélla que mejorará interiormente con los años; la misma que sabe aprovechar 
la tecnología de la época; la que tiene la fuerza suficiente para resistirse a 
las banalidades  de la moda; principalmente, es aquella que propicia afectos en 
una comunidad de habla. Ideas todas muy razonables, así nos parezcan austeras. 
No obstante, Drews sugiere que el proyecto en cuestión podría no mejorar con 
los años o que será incapaz de propiciar afectos de comunidad; finalmente, esta 
última condición es la más relevante para cualquier proyecto en artes, pues, en 
ella resumimos lo que significa habitar.



Del otro lado del Atlántico, los convocantes del premio consideran que los 
arquitectos nominados, fueron  aquellos que mediante sus proyectos  mostraron 
una preocupación por el futuro, no de una comunidad, sino el de muchas 
comunidades; que fueron quienes le replantearon  a una comunidad en particular 
su modo de habitar en el mundo; los que le  recordaron, para que no lo 
volviéramos a olvidar, que los hombres y las mujeres de nuestros días hacemos 
parte de dos entidades que nos reclaman con igual legitimidad: la tierra y el 
mundo. El lema propuesto previamente a los arquitectos iberoamericanos fue: 
habitar el  territorio,  desde la tierra y el mundo.  Parece un heideggerismo, 
pero no hay tal, es mucho más interesante.



Da la impresión de que los parámetros de juicio que plantea Drews y los que 
piensan los convocantes del premio son diferentes. A Drews le interesa rescatar 
la belleza de la tierra, a los últimos les importa además el mundo. Cabe 
preguntar a uno y otros: ¿nuestro destino lo determina la tierra como creen las 
comunidades feudales o lo determina el mundo como comenzamos a creer desde la 
Modernidad? ¿Debemos habitar mirándonos hacia dentro o proyectando el 
pensamiento hacia fuera? ¿Podemos conciliar estos dos intereses? Sin duda este 
es un reto para las arquitecturas del futuro, una de las artes encargadas de 
modelar la sensibilidad humana.



La pregunta que con seguridad se planteó el jurado fue si los proyectos puestos 
a su consideración satisfacían las inquietudes filosóficas de los convocantes 
sobre habitar la tierra y el mundo. Ahora, si habitar son muchas maneras de 
comprendernos en el mundo, deberíamos dejar de lado la manía de sustancializar 
las prácticas de las artes, curarnos de nuestra voluntad de dominio, de la 
compulsión de ponerle nombre y doble apellido a todo. Polemizar en torno a si 
un proyecto es buena arquitectura o no, no conduce a nada, pues, las 
discusiones sobre lo bueno nunca han llegado a buen término en las sociedades 
multiculturales de nuestros días. Si en el pasado tuvieron éxito fue porque lo 
bueno contaba con ejércitos de mercenarios a su disposición. La reflexión sobre 
las artes contemporáneas debe olvidar sus viejas, buenas y bellas canciones de 
cuna.





Jorge Peñuela

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