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Amados y amantes hacían gala de su originalidad, de su disidencia, de su 
genialidad. Se divertían. Mostraban lo que hacían –comerciales, camisetas, 
consignas, videos, pancartas, correos– y lo difundían. Presentaban sus obras. 
Se quejaban de la incomprensión general aunque es probable que la disfrutaban 
un poco; eso los hacía más originales, más disidentes, más patafísicos.

El arte, entonces, rondaba la campaña mockusiana.

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