Bueno yo veo que en los comentarios pasados hay dos temas diferentes: uno, el
mercado laboral del músico, y dos: el problema de la definición de lo que es
cultura.
Uno: entre todos los actores relacionados con el mundo de la música
(empresarios, productores, comerciantes, editores, etc), el más paupérrimo y el
de menor participación activa es definitivamente el músico. Por su condición de
disciplina hermética somos los que menos sabemos sobre las dinámicas de nuestro
popio gremio y lo que menos nos asociamos y actuamos por nuestros intereses.
Por eso no es sorprendente que no podamos vivir sólo de la música. Un
comerciante no podría asegurar su supervivencia si no se asociara y presionara
al estado para que asegurara las condiciones mínimas de su subsitencia en el
juego de la democracia capitalista. Por eso existen fedegan y los cafeteros,
por ejemplo. Es un problema de organización y participación, y esa debilidad
quedó bastante clara en el congreso de música pasado. Para muchos comerciante,
la música no es importante por sí misma, sino por su potencial de ganancia, y
para muchos músicos, la
música es taaaan elevada como arte que no tiene nada que ver con esas cosas
mundanas como la sociedad, la política o la economía. Así,
el músico preocupado por la música no se dedica a ella
totalmente, porque piensa que el mercado laboral y el académico son totalmente
distintos. y lo seguirán siendo si el propio gremio no hace algo por que eso
cambie.
Dos: El problema de la cultura es que no puede definirse en un instante en el
tiempo. Es decir, hay que considerar que las manifestaciones culturales son
manifestaciones vivas, y que cambian, influencian a y son influenciadas por la
sociedad. Están inseparablemente relacionadas con las sociedades que las
producen y con las que interactúan. El punto no sería definir si un carnaval es
o no más o menos válido como manifestación cultural en relación, digamos, a un
concierto de música acusmática. Habría más bien que preguntarse qué es lo que
se está haciendo con esa manifestación cultural. En específico, preguntarse si
la relación con la manifestación formal (de forma), es decir, la obra de
teatro, la pieza musical, el mural o la narración oral, siguen teniendo una
conexión viva con la sociedad (o los grupos sociales). Desde ese punto de
vista, los carnavales utilizados como distracción masiva, perderían
sensiblemente su condición de
cultura viva, en relación a otros que siguen teniendo arraigo en los pueblos
(por ejemplo: los carnavales propiciados por el gobierno en la carrera séptima
cada que hace falta una cortina de humo, en relación a la tomatina de
Sutamarchan). Lo que me lleva a el papel de quién juzga o actúa sobre la
"culturalidad" de la cultura. Ese sería el deber del intelectual, definido no
como el académico marchito, sino como el sujeto pensante que por su propia
acción tiene un lugar especializado dentro de su sociedad. No es él el que
tiene la potestad de producir cultura, pero sí el que tiene el deber de
salvaguardar esas manifestaciones y de influír en su uso por parte de los
actores estatales. Desde ese punto de vista, y regresando al primer punto, el
"Doctorante" no tiene que estar separado de su objeto de estudio, el académico
y el músico de calle no tienen por qué ser dos mundos aparte. De hecho, el
intelectual de la música no lo es legitimamente
si no está en contacto con el músico de la calle, y hacia allá es que la
investigación debe ir. Hacia el mundo real, al de las investigaciones de campo
y no las de biblioteca.
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Luis Andrés Sendoya
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