Escépticos
http://biblioweb.sindominio.net/escepticos/generoyarrobas.html

Género y arrobas
Javier Arias Navarro 



Este texto lo encontramos publicado anónimamente en El Imposible. Al parecer, 
fue publicado originalmente en la Escuela de Lingüística, Lógica y Artes del 
Lenguaje de Asturias (una iniciativa que parte de una idea de Agustín García 
Calvo) a nombre de Javier Arias Navarro, doctor en Lingüística. Así ha 
aparecido publicado, con posterioridad a esta versión de la Biblioweb, en el 
número 18 (marzo 2003) de la revista Baba.com.

1. Ocasión 
Tal vez no sea mal momento para volver sobre algunas cuestiones lingüísticas 
que parecen preocupar y hasta enardecer a muchos de los legos en la materia, 
como la misma del género gramatical y los sexos, ahora que entre gentes 
revoltosas e incluso de las que se dicen todavía revolucionarias se ha 
extendido con todos los rasgos de la plaga de la moda el uso generalizado -e 
iremos viendo que tan indiscriminado como falto de fundamento- de expresiones 
como "compañeras y compañeros" (o su variante "compañeros/as"), así como el 
empleo del signo gráfico, rescatado por la informática anglosajona para 
indicar, originariamente, la preposición at en las direcciones de correo 
electrónico, de la antigua medida de peso de la arroba, de modo que leemos a 
cada paso en publicaciones pretendidamente rebeldes al régimen cosas como 
"[EMAIL PROTECTED]" o "[EMAIL PROTECTED] [EMAIL PROTECTED]" (la manía es de tal 
vigor que hasta he podido localizar la extensión a vocablos de una sola 
terminación genérica en español, como en los herederos de los participios de 
presente o de los adjetivos de dos terminaciones latinos: así, ¡oh, maravilla!, 
nos topamos con "[EMAIL PROTECTED]"). 

Trataremos de hacer ver, con tanta nitidez como nos sea posible, que detrás de 
dichas prácticas se esconden errores conceptuales gravísimos, referentes a la 
condición del lenguaje y de las lenguas, así como a las presuntas relaciones 
entre el sistema lingüístico y la sociedad. No se hará en este escrito, para no 
entorpecer demasiado la lectura, más uso de tecnicismos que el estrictamente 
necesario; sin embargo, como otro de los factores que sin duda contribuyen a la 
confusión que reina por doquier en estos asuntos es una visión excesivamente 
parroquial -producto, muchas veces, de no conocer y mostrar interés por más 
lengua que la propia-, se ofrecerán ejemplos de diversas lenguas, a fin de que, 
con una mayor amplitud de miras, los lectores puedan situarse en un plano más 
abstracto, el del pensamiento, a la hora de considerar problemas como los que 
aquí se apuntarán. 



2. Algunas nociones lingüísticas obligadas
En primer lugar, si queremos hablar de modo no mágico acerca de cosa tan 
compleja como el lenguaje en cualesquiera de sus vertientes, o sobre alguna de 
las miles de lenguas que todavía se extienden por el globo -en este caso, el 
español en su estado sincrónico presente-, se habrán de exponer o clarificar 
algunos conceptos y herramientas de análisis, única garantía de que el discurso 
subsiguiente esté articulado de manera racional. Nótese, de paso, que ello es 
lo que en matemáticas se dice una condición necesaria pero no suficiente. 
Podemos hallar, y así ocurre por lo común, textos con una plétora o 
sobreabundancia de términos de alguna jerga científica que no busquen sino 
producir, por ejemplo, el efecto religioso de misterio, u otorgar a su autor 
los privilegios, o siquiera la aureola, de una presunta supremacía intelectual; 
lo que es de todo punto imposible es organizar un razonamiento sin análisis 
alguno, procediendo por meras impresiones, o mediante la asunción inconsciente 
de ideas dadas que nunca se hacen explícitas. 

Con frecuencia, por desgracia, la gente se arroga la potestad de hablar sobre 
asuntos del lenguaje con una ligereza (tornada en pura desfachatez en 
ocasiones) que ellos mismos seguramente no consentirían al tratar de química o 
de derecho romano, por ejemplo. No piense, sin embargo, quien nos lea que se 
emprende aquí la defensa del especialista en materia alguna; no, más bien 
advertimos que el estudio y reflexión detenida sobre un asunto previene (o 
debiera, al menos) de algunos de los errores y confusiones más extendidos, 
prevención que incorpora, de manera natural, por así decir, aquel que puede 
proclamar de verdad, como Sócrates, "sólo sé que no sé nada", al menos en lo 
que se refiere a una cuestión concreta. ¡Ya quisieran la gran mayoría de 
quienes presumen, mientras esbozan un gesto de disculpa falsamente humilde, de 
no saber nada de cuestiones de lenguaje hallarse de verdad en esa situación! 
Por el contrario, llevan consigo, de manera inadvertida, un cúmulo de ideas 
vulgarizadas de la peor clase, de las que configuran el rancio bagaje 
ideológico con que la gente de a pie se aviene a tratar los asuntos 
lingüísticos. 

2.1. Las oposiciones privativas
Bastará seguramente para los propósitos ilustrativos de este artículo con que 
nos ciñamos a dos o tres conceptos lingüísticos, entre ellos, como el más 
importante para lo que aquí nos convoca, el de "oposición privativa". Los 
elementos de una lengua presentan, como ha venido corroborándose ya desde 
principios del siglo XX, una organización mediante oposiciones, de modo que 
cada unidad se define en relación a las demás, por referencia a lo que las 
otras no son. Cada oposición entre dos entidades, tomada aisladamente, obedece 
a la siguiente lógica: por un lado, tenemos la base común a las unidades de que 
se trate, sin la cual no podría establecerse una ulterior diferencia -el que 
dicha base sea exclusiva de los dos términos en cuestión o, por el contrario, 
sea generalizable a otros casos, permite que hablemos, respectivamente, de 
oposiciones bilaterales y oposiciones multilaterales-, y, por el otro, hallamos 
un elemento diferenciador de las mismas. Cuando la oposición se fundamenta en 
un rasgo cuya presencia o ausencia permite distinguir entre los dos elementos 
de base común, nos encontramos ante una oposición privativa. Es característico, 
además, de las oposiciones de este tipo el ser neutralizables; dicho con otras 
palabras, su validez se anula en determinados contextos lingüísticos. 

Por tanto, en los contextos de neutralización quedan suspendidas las 
distinciones de significado derivadas de la diferencia entre los dos términos 
de la oposición. En lugar de dos unidades, tenemos ahora un solo elemento, 
identificable con la base común de la oposición. Hablamos entonces de una 
"archiunidad": cuando ésta se refiere al sistema fonológico, nos hallamos ante 
un "archifonema"; si es relativa al sistema morfológico, recibe el nombre de 
"archimorfema". Esto se entenderá mejor con un ejemplo: en la fonología del 
español distinguimos entre /t/ y /d/, como atestigua el hecho de que podamos 
establecer pares mínimos como "tía"~"día", vocablos dotados de significado muy 
distinto en la lengua en virtud precisamente de la oposición entre los citados 
fonemas, que son, al cabo, lo único en que difieren las dos palabras. Sin 
embargo, en final de sílaba -lo cual conlleva también en final de palabra, pues 
todo fin de palabra coincide con el término de alguna sílaba; no obstante, la 
unidad de referencia para el proceso es la de "sílaba", ya que también opera 
sobre sílabas que no concluyen palabra- dicho contraste se neutraliza. No cabe 
oponer "ciudad" a "ciudat"; no nos encontramos ante dos significados 
diferentes, sino ante uno solo. En tal situación el archifonema no repara en la 
diferencia entre "sorda" y "sonora"; se atiene únicamente al rasgo de punto de 
articulación dental (ni siquiera parece que se mantenga el modo de articulación 
oclusivo como definitorio, pues tenemos casos de aparición de la interdental 
fricativa /q/ en dicho contexto: así, la pronunciación coloquial "Madriz"). 

No obstante, la archiunidad siempre ha de tener una realización o variante 
concreta; en muchos casos, la lengua opta por tomar como representante de la 
archiunidad a una de las dos formas que adopta la oposición cuando está activa. 
Así, en español diremos siempre, según la norma de realización que rige para 
contextos de oposición neutralizada, "ciudad", y no "ciudat" (resulta notorio 
que el uso de los hablantes catalanes es el contrario, pues las reglas en su 
lengua son otras, y se transplantan a su pronunciación del español), es decir, 
se adopta la opción sonora sobre la sorda. Designamos como "término marcado" al 
elemento de la oposición que se realiza tan sólo en los contextos en que ésta 
se encuentra activa, mientras que damos el nombre de "término no marcado" a la 
variante que, además de constituir el otro polo de una oposición lingüística, 
emerge en los casos en que el contraste significativo queda neutralizado o 
suspendido. En el ejemplo de arriba, /d/ constituye el elemento no marcado 
(también conocido, a veces, com "extensivo"), en tanto que /t/ representa el 
término marcado (conocido asimismo como "intensivo"). 

Veremos enseguida qué han de enseñarnos las definiciones precedentes acerca del 
problema del género gramatical. Pero antes conviene tener una visión clara de 
en qué consiste el citado fenómeno. 

2.2 ¿Qué es el género en las lenguas?
Eso a lo que llamamos género gramatical no es, en las lenguas que lo tienen, 
sino una manera determinada de clasificación del léxico o vocabulario semántico 
con que cuenta el idioma que se considera. En verdad, consiste en una 
restricción combinatoria por la cual se limita, imponiendo ciertas condiciones, 
la aparición sintáctica de unidades regidas o dominadas por el elemento que 
presenta de modo primario la categoría. Por ello se habla a veces del género 
como una "categoría selectiva": la parte de la oración -en la gran mayoría de 
las lenguas, y, desde luego, en las nuestras indoeuropeas, el nombre- afectada 
directamente por el género se adscribe a una de las clases en que éste se 
divida en el idioma considerado, y sólo podemos averiguar de qué clases se 
trata atendiendo al entorno lingüístico del elemento en cuestión, y, más en 
concreto, a los términos inmediatamente subordinados a él. Por lo general, 
dichos términos presentan algún tipo de marca formal indicativa -de modo 
notorio, la de concordancia-, aunque ésta también puede faltar; en tales casos, 
nos hallamos ante lo que se denomina una "categoría latente". En lenguas como 
el español, las claves para la detección del género nos las proporcionan los 
adjetivos de dos terminaciones, así como los participios concordados y el 
artículo. En resumen, podemos decir que el género representa una partición 
exhaustiva y unívoca del léxico de una lengua en clases de nombres. Dicho de 
otro modo: no cabe que un nombre no pertenezca a ninguna de las clases fijadas, 
y, salvo contadísimas excepciones (para las que suele haber una explicación 
diacrónica), tampoco puede ser miembro de más de una. Estos dos requisitos nos 
acompañarán en el repaso de las confusiones más flagrantes referidas al género, 
que iniciamos en el siguiente párrafo. 

En lo primero en lo que hay que insistir es en que muchas lenguas carecen de la 
categoría gramatical de género. Sin ir más lejos, el inglés, donde apenas 
subsiste, como reliquia del sistema tripartito indoeuropeo, la diferencia de 
género en los pronombres y adjetivos posesivos de tercera persona (así, por un 
lado, "his, hers", y, por otro, his, her, its) y en el pronombre personal de 
tercera (he, she, it), en ambos casos sólo en el singular. En chino, por 
ejemplo, la clasificación del léxico en clases de nombres según las 
posibilidades combinatorias de éstos con los diferentes cuantificadores 
contraviene el requerimiento contra la adscripción múltiple de una unidad. No 
cabe tampoco aquí, por tanto, hablar de género. Contra un presunto isomorfismo 
o reflejo especular de la división de sexos en la gramática -prejuicio que, sin 
duda, domina a quienes se preocupan en estos tiempos de buscarle las vueltas al 
género gramatical en su lengua (sin importarles mucho, como veremos, que lo 
haya siquiera), viniendo a clamar contra el supuesto machismo del idioma, y 
hasta del lenguaje- se alzan numerosas pruebas. La más trivial de todas, la que 
nos dicta que, de seguir las lenguas los designios de Natura, todos los idiomas 
del mundo habrían de tener, en buena lid, la misma clasificación genérica del 
vocabulario, deudora del plan general de la Vida: tendríamos, según esto, una 
división entre los dos sexos conocidos (acaso también una clase para andróginos 
y hermafroditas), en contraste con una clase que englobara a todo lo asexuado, 
quién sabe si distinguiendo en ello algún otro reino. 

Claro que no ve uno entonces por qué habría la gramática de prestar a los sexos 
una atención que, sin duda, no presta a los herbívoros, a los marsupiales, a 
los estafilococos, o al proceso de partenogénesis. Ya comprenderá el lector que 
postular semejante clasificación de los nombres, efectuada, al parecer, ad 
maiorem Linnei gloriam, y pretender, asimismo, su vigencia en todas las lenguas 
del globo, es delirar. 

A tal ridículo nos conduce la lógica que sigue el prejuicio sexista sobre el 
lenguaje. Pero, un momento, ¿no será más bien el dominio social, y no el 
biológico, el que trae a mal traer a tanto diletante del análisis lingüístico?, 
¿acaso es de una estructura social de lo que se pretende deducir, de manera tan 
mecánica como inmediata, la configuración lingüística? Por más que se modifique 
el ámbito, natural o social (para quien no cuestione la pertinencia de esta 
distinción), del que quiera derivarse una categoría lingüística, el guión es el 
mismo. Se pretende dar con una correspondencia entre las categorías 
gramaticales y aspectos como la dominación de la mujer (ya que no parece que la 
preocupación se haga extensiva al contraste entre "charco" y "charca", por 
ejemplo, o incluso al de animales, como en "gato"/"gata" o, con raíces 
enteramente distintas -los tradicionales heterónimos-, "yegua"/"caballo"), en 
un ejercicio de infantilismo comparable a decir, refiriéndonos ahora no a las 
categorías, sino a las unidades y a su estructuración, que a las sociedades 
capitalistas les corresponden sistemas vocálicos triangulares, que a las 
lenguas de sociedades monoteístas les debe faltar en la oposición de número un 
"dual", o que el orden de palabras en una sociedad de filiación matrilineal 
debe ser Sujeto-Verbo-Objeto. 

La simpleza y el carácter falaz del presunto argumento se ponen de relieve con 
sólo mirar, a nuestro alrededor, el panorama del mundo: ¿Dirían quienes se 
apegan al pensamiento mágico que aquí criticamos -apego que, no debe dejar de 
señalarse, viene, en muchos casos, como cuando goza del soporte administrativo 
oficial, acompañado del manejo de fuertes sumas de dinero- que en la vieja 
costumbre china de impedir, mediante métodos torturadores como la atadura 
permanente, el normal desarrollo de los pies en las mujeres no hay nada sexista 
ni humillante para éstas, puesto que los diversos dialectos chinos carecen de 
distinción de género? ¿O pensarán acaso que el propio inglés se habla en una 
sociedad no machista y harto diferente de la que hay entre quienes tenemos, al 
parecer, la desgracia de distinguir entre "cuchillos" y "cuchillas" o entre 
"corchetes" y "corchetas"? 

No podemos, además, olvidar los casos de lenguas en las que encontramos una 
división del léxico en clases de nombres que, al tiempo que cumple con los 
requisitos fijados para hablar de género, obedece a criterios enteramente 
alejados de cualquier cosa que recuerde al sexo. Así, por ejemplo, en las 
lenguas de la gran familia bantú, hallamos que los diversos géneros remiten, 
entre otras cosas, a la forma que adoptan los objetos, cuando se trata de un 
término no abstracto (de este modo, los objetos planos se agrupan en una clase 
homogénea desde el punto de vista de la combinatoria sintáctica, e igual sucede 
con los alargados o los oblongos), o a una clasificación en "cosas" -sirva de 
ilustración el swahili "hiki kiti" ("esta silla"), donde el morfema discontinuo 
"...ki...ki..." es el indicador de la clase o género correspondiente al 
sustantivo "ti", al que antecede el demostrativo "hi"; morfema que, por cierto, 
es recursivo dentro del grupo sintagmático y aun de la frase, como se ve en 
hiki kiti kizuri kimevunzika ("la silla buena se rompió")-, frente a otra que 
incluye el criterio de "persona" -caso representado por ke "mujer", que se 
combina con el indicador oportuno m para formar la palabra mke; no obstante, y 
por contradictorio que resulte, este género se extiende a entidades no vivas: 
de esta manera, tenemos m-oto ("fuego") o m-kno ("mano")-, y así hasta llegar a 
una veintena de divisiones diferentes, entre las que se encuentra, además, una 
relativa a las cualidades (tenemos, en el mismo swahili, el morfema prefijado 
u, como en u-zuri ("belleza") o u-jinga, "locura"). 

Por su parte, las lenguas algonquinas -una de las grandes familias amerindias- 
presentan muchas veces situaciones análogas, con un contraste gramatical, 
fundamentalmente morfológico, entre la clase de lo "animado" (donde, sin 
embargo, aparte de animales y personas, se incluyen palabras referidas a cosas 
como "olla", "rodilla" o "frambuesa") y la de los objetos inanimados (donde, 
contrariando cualquier suposición de que pudiera darse un tratamiento homogéneo 
a los recipientes, partes del cuerpo o frutas, se integran palabras como las 
usadas en dicha lengua para hacer mención a "cuenco", "codo" o "fresa"). 

Pero no hace falta irse tan lejos. Encontramos también entre nuestras lenguas 
indoeuropeas ejemplos de sobra que desaniman a seguir pensando acerca de 
cuestiones de lenguaje en los términos en que lo hacen los diletantes a los que 
venimos aludiendo. No es ya que se dé una gran disparidad a la hora de 
adscribir una palabra con la "misma" significación e idéntico referente 
inanimado o, a lo menos, no personal, como cuando se comprueba que "mundo" es 
femenino en alemán (die Welt) o que, en ese mismo idioma, la muerte presenta 
género masculino (der Tod) -debe apuntarse, de paso, que la iconografía no se 
ve por ello necesariamente afectada, como tampoco el distinto género de los 
astros solar y lunar en dicha lengua con respecto a la española (die Sonne y 
der Mond) modifica la representación común que de los mismos podamos tener la 
gran tribu germana y la hispánica-, sino que vocablos cuyo significado se 
vincula directamente a las características sexuales pueden contradecir dichas 
notas o cualidades en su adscripción a un género: así sucede con el alemán 
Mädchen "muchacha, niña", que es neutro, y requiere por ello el artículo das, 
lo mismo que Weib "mujer". ¿O qué decir de la palabra que se refiere a "sexo", 
que en español es masculina y en alemán (Geschlecht) neutra? 

2.3. El género en español
Toca ahora recordar muy brevemente la estructura que presenta la categoría del 
género en español. Como es sabido, de los tres géneros latinos, nuestra lengua 
conserva únicamente la oposición entre el masculino y el femenino. Ahora bien, 
la situación que centra las iras de los presuntos rebeldes que han servido de 
pretexto para este escrito es aquella en que ante una coordinación de 
sustantivos de ambos géneros el adjetivo que los determina semánticamente (y 
que está regido desde el punto de vista sintáctico por ellos) cobra la forma de 
sus usos con masculino, siempre y cuando tenga dos terminaciones. Se dice, por 
ejemplo, "el horror y la violencia humanos", o "la casa y el jardín 
abandonados". También sucede lo mismo con los participios concertados, sea con 
sustantivos comunes, con nombres propios, o con referencias deícticas (esto es, 
mostrativas) al campo desde el que se está hablando: de ese modo, tenemos "El 
rector y su esposa han sido secuestrados", "Pedro, Carlos, Julia y Belén 
acabaron muy cansados" o "Estamos (quienes hablamos en la asamblea, en la que 
hay mujeres y hombres) indignados". 

Como es sabido, lo que se produce en contextos como los citados es la 
neutralización de la oposición de género. En verdad, no cabe hablar ahí de 
masculino o femenino; sólo permanece activa la base común a la distinción de 
género -poco importa dilucidar aquí si ésta coincide con el sexo en sí o con la 
humanidad bruta. Pero esto no es, como ya podrá advertir el agudo lector a 
estas alturas, sino una muestra más de oposición privativa dentro del sistema 
de la lengua. Puesto que la forma de los contextos neutralizados coincide con 
la empleada para el masculino, hemos de considerar a éste el término no marcado 
dentro de la categoría de género de nuestra lengua. Por su parte, el femenino 
hace las veces de término marcado, tal y como atestigua su empleo restringido a 
entornos en que los únicos sustantivos relevantes para la concordancia que se 
hallan presentes son de ese género. 



3. ¿Cómo se ha llegado a la situación actual?
Puede que resulte revelador atender por un momento a la génesis de esta moda o 
manía de usar el género femenino -ya sea, como en español, coordinado con el 
masculino, ya, como en inglés, mediante el monopolio de los pronombres y 
adjetivos posesivos o anafóricos en contextos que exceden, con mucho, el ámbito 
de empleo apropiado- para casos en que no se encuentra ningún fundamento en la 
gramática de la lengua. No aprenderemos con ello nada de lingüística o acerca 
de cualquiera de las lenguas consideradas, de eso no cabe duda, pero acaso 
logremos detectar las paradas o estaciones del penoso trayecto que conduce hoy 
día a tanta gente al desbarre en los asuntos que nos ocupan. Pues a veces el 
rastreo de la suerte y acogida de una idea, con sus idas y venidas geográficas 
y otros múltiples azares, nos dicen mucho sobre su propia condición: suele éste 
revelarnos las motivaciones, mayoritariamente infames, y los intereses, casi 
siempre mezquinos, que se ocultan tras la adopción masiva del concepto de que 
se trate por parte de un grupo determinado o aun de la sociedad entera. 

Frente a la pretendida pureza de las ideas destiladas en esa gran falacia que 
responde al nombre, consagrado por la tradición, de "República de las Letras" 
(de la cual el mito de un "Panteón del clasicismo" no es sino un perfecto 
complemento), la inspección detallada que puede llevar a cabo un historiador de 
las ideas honesto -si hay tal cosa aún por el mundo- nos da cuenta más bien de 
un compendio de envidias intelectuales, de despechos amorosos que desembocan, 
por ejemplo, en la falta de traducción de una obra a otra lengua, o de 
interpretaciones y lecturas de textos según el modelo, bien poco riguroso, que 
podríamos denominar "arrimar el ascua a mi sardina", tal y como queda ilustrado 
por la graciosísima (si no fuera porque cada cambio de vocablo en interés 
propio suele traer consigo una sabrosa hornada de cadáveres de la nueva Causa) 
suplantación filológica por la que la sentencia atribuida a Tales de Mileto 
según la cual "todo está lleno de dioses" pasaría a rezar, a los ojos de sectas 
cristianas con afán proselitista que debían competir con numerosos grupos 
análogos en la captación del socio, como se dice hoy día, nada menos que "el 
mundo está animado y lleno de demonios", lema, como se ve, mucho más al 
propósito para lograr el éxito entre el público. En ese sentido debe tomarse el 
breve repaso que ahora emprendemos. 

Es bien sabido que la obsesión procede, como tantas veces, de los Estados 
Unidos, y, por extensión, del mundo de habla inglesa. Resulta irónico, tanto 
como, seguramente, ilustrativo de la indiferencia y falta de respeto que las 
ideologías muestran por la lógica interna de las cosas sobre las que echan sus 
garras, que las consignas partan de una lengua que, ya ha quedado dicho, carece 
de la categoría de género. De hecho, sobre el único lugar donde queda en inglés 
vestigio del género, el sistema pronominal (incluido el uso anafórico) y su 
extensión a los adjetivos posesivos se ha llevado a cabo en los últimos años -y 
continúa haciéndose- una cruzada en favor del empleo del elemento de género 
femenino en todos los contextos en que no esté clara una exclusiva referencia 
masculina. 

El único resultado de esto es la incoherencia generalizada. Por ejemplo, en los 
casos de referencia anafórica a indefinidos como someone o somebody, donde la 
gramática ordenaba, habida cuenta de la indeterminación genérica de dichos 
términos, el uso del plural (así, If somebody tells you so, do not trust them, 
literalmente "Si alguien te dice eso, no confíes en ellos", o Someone must have 
lost their umbrella, esto es, "Alguien debe de haber perdido su paraguas" ["de 
ellos", referido a "alguien"]), los diletantes quieren imponer 
indiscriminadamente el femenino. De igual modo, se pretende que todo posesivo 
referente a animales, o a sustantivos como toddler o baby, que siempre se han 
tomado como neutros a estos efectos, presente la forma femenina. La histeria 
alcanza extremos ante los que no puede uno evitar la risotada. Así, me topo en 
una revista pornográfica de amplia difusión por aquellos lares (que cuenta 
además, sin duda, con numerosos lectores y suscriptores entre el profesorado 
universitario masculino) con que hasta el culo mismo ha de pasar a exigir 
posesivos y anafóricos de género femenino: 

  "Mmm, that feels so good my asshole's starting to throb. I know you won't 
mind giving her a bit of attention" (Leg Show, número de Junio de 2001, página 
49). 

En español diríamos, con más o menos variedad en la excitación, algo así como: 
"Mmm, eso sienta tan bien que el ojete de mi culo está empezando a latir. Sé 
que no te importará prestarle un poco de atención." 

No se piense que se trata de una inadvertencia por parte del redactor, más o 
menos aislada. Por contra, son publicaciones como ésas las que se ponen, en la 
medida en que se sienten en el ojo del huracán, a la proa o vanguardia de la 
cruzada. La reiteración de ejemplos análogos al arriba citado lo corrobora. 

Como trasfondo de estas prácticas se encuentra la siguiente fantasía: creen 
estos incautos, de modo harto delirante, que con un incremento estadístico de 
la aparición de un elemento en el discurso se modifica en algo la estructura de 
oposiciones en la que se inserta: es como si una vez comprobado que la 
frecuencia del fonema /u/ es mucho menor en español que la del fonema /a/ 
pensáramos que la inversión de sus respectivas frecuencias fuera a producir un 
resultado tan inteligible como el de partida, o más. Cosas así se hacen en 
juegos y cantilenas infantiles, como cuando se prohíbe decir una vocal a lo 
largo de un trecho, reemplazándola por otra; pero buscar que ello trascienda al 
mundo adulto y a cualesquiera contextos lingüísticos es una muestra inequívoca 
de oligofrenia o, lo que es peor, de estulticia interesada, aunque plena tal 
vez de dignidad a los ojos de mucha gente en virtud de los pingües beneficios 
dinerarios que tal actitud reporta a quien la suscribe. 



4. Importancia de las categorías
No deben tomarse los desatinos anteriores a la ligera. Son síntoma de un 
problema mucho más hondo de lo que pudiera uno pensar. Denotan una radical 
incomprensión del estatuto de las categorías, al tiempo que revelan una 
ideología muy burda (pero al parecer efectiva, si nos atenemos a su éxito 
presente) sobre las relaciones entre lenguaje y sociedad, ideología que, tal 
vez convenga decirlo, es -lo sepan o no quienes están presos de ella- en buena 
parte heredera o deudora de la teoría del reflejo de Lenin y del desarrollo que 
de ésta llevó a cabo Nikolai Marr en la lingüística rusa a partir de los años 
veinte del siglo recién terminado. Según Marr, la estructura lingüística cambia 
con la estructura de la sociedad y su base económica; llega a hablar, en el 
summum del delirio (delirio especialmente penoso y triste para quien había 
llegado a ser un gran conocedor del persa, el georgiano, o el armenio, entre 
otras muchos idiomas), de "lenguas proletarias" y "lenguas burguesas". 

Pero volvamos a la cuestión de las categorías. Para ilustrar su importancia, 
nos serviremos de un ejemplo clásico de Roman Jakobson. Tomemos una frase 
inglesa como I wrote a letter to a friend ("Escribí una carta a un amigo"). Si 
un hablante ruso que entienda el inglés la lee o escucha, se queda muy 
insatisfecho con lo que allí se dice, puesto que le faltan datos que su lengua 
materna estima cruciales, como si se acabó o no de escribir la carta o si el 
amigo es hombre o mujer. En efecto, el ruso obliga a pronunciarse entre un 
verbo perfectivo ("napisat") o uno imperfectivo ("pisat"), al tiempo que fija 
la diferencia entre "amigo" y "amiga" en el lexema ("drug" frente a "padruga"), 
y no en una moción de género (vale decir, en una alternancia de morfemas). 
Además, las formas de pasado del verbo ruso, tanto perfectivas como 
imperfectivas, presentan una concordancia genérica con el campo mostrativo en 
que se habla. Así, si me llamo Iván deberé decir, si empleo el perfectivo, "Ja 
napisal", pero si me llamo Irina la forma adecuada para ese mismo aspecto es 
"Ja napisala" -lo mismo sucede en español entre "vengo cansado" y "vengo 
cansada", sin ir más lejos-. De modo que un hablante ruso debe decantarse entre 
-por tomar sólo dos ejemplos de los varios posibles- "Ja napisal pismo drugu o 
"Ja pisala pismo padrugi". Lo que en el primer caso se dice es, si hacemos 
explícita toda la información inserta en las categorías, lo siguiente: "yo, 
varón, escribí y acabé de escribir una carta a un amigo de sexo masculino". Por 
su parte, la paráfrasis del segundo enunciado ha de adquirir una forma como 
esta: "yo, mujer, escribí y aún no he acabado de escribir una carta a una 
amiga". Sin duda podemos expresar idénticos contenidos a los de las frases 
rusas tanto en español como en inglés, como lo prueba el simple hecho de la 
explicación o traducción ofrecida. No obstante, lo crucial en lo que aquí nos 
ocupa es que el hablante ruso está obligado a pronunciarse respecto a dicha 
información, en tanto que nosotros, aunque podamos, no tenemos por qué -y, es 
más, en una conversación normal y corriente, no debemos. Tal diferencia reside 
en la distinta configuración de las categorías: lo que en una lengua se trata 
como categoría puede ser sólo información optativa en otra. 

Las categorías establecen, en suma, el ámbito de lo que no puede obviarse en un 
idioma: uno puede inclinarse por cualquiera de los miembros de las oposiciones 
que convergen en ella, pero de ningún modo cabe pasarla por alto. Expresándolo 
con los términos del eminente lingüista Eugenio Coseriu, "si en una lengua debe 
hacerse una distinción más específica, no es posible renunciar a ella; si, en 
cambio, tal distinción más específica no se hace primariamente en una lengua, 
ella puede, en principio, expresarse también en esta lengua". "Primariamente" 
equivale, como el lector notará, a "conforme a las categorías". Ya debieran 
comprender a estas alturas de escrito los numerosos diletantes lingüísticos de 
nuestros días que los juegos que emprenden de la mano de la acusación de 
machismo al lenguaje y a su lengua no son otra cosa que un esfuerzo místico por 
pensar y hablar sin categorías, una rendición incondicional a la idea de 
"ciencia infusa" ("pensamiento intravenoso", podríamos decir hoy día, en la era 
de las drogas), de tanto éxito tradicionalmente en España, dado que permite 
arramblar con lo poco bueno que haya entre quienes andan metidos por la 
enseñanza. Por nuestra parte, no podemos dejar de tener presente -lo contrario 
sería repudiar la razón- cómo Hegel insistía en que "la vida es el empleo de 
las categorías", así como su recordatorio, al comentar a Aristóteles, de que 
"en todo lo que el hombre hace suyo ha penetrado el lenguaje, y lo que el 
hombre convierte en lenguaje y expresa con él contiene escondida, mezclada o 
elaborada una categoría". 

Pero los dislates no paran ahí (¡tanto puede el afán de lucro!). Si no, vea el 
lector en el siguiente epígrafe lo que les da por hacer en estos últimos 
tiempos a muchos de los que se dicen rebeldes. 



5. Sobre el uso de "@"como presunta letra
Cuestión de orden muy distinto -aunque sin duda relacionada con la anterior en 
las mentes de quienes se dedican a sacar provecho de la vana imputación de 
sexismo al lenguaje y a las diversas lenguas- es el uso de la arroba (ya se 
sabe, el signo "@") con la pretensión de englobar, simultáneamente, al término 
marcado y al no marcado de la oposición de género en español. 

Lo que aquí se revela es, de un lado, la incapacidad para comprender qué es una 
letra y, de otro, la confusión entre los dos tipos básicos de relaciones 
lingüísticas establecidas por De Saussure: las asociativas (luego llamadas 
paradigmáticas) y las sintagmáticas. Comencemos por este último punto. Tal vez 
sepan ya nuestros lectores que en un sistema lingüístico tenemos, de un lado, 
relaciones entre los términos del discurso o habla, entre unidades presentes, 
en suma, y, de otro, relaciones de las denominadas in absentia, que se 
establecen entre un elemento dado en el habla y los restantes que pueden venir 
a ocupar idéntica posición. Así, en una frase como "el gato maúlla", tenemos, 
por una parte, las relaciones entre "el gato" y "maúlla" y las que se 
establecen en el interior de cada una de las citadas unidades y, por otra, las 
que rigen entre, por ejemplo, "maúlla" y "llora", o "maúllan", o entre "el 
gato" y "los gatos" o "los niños". A las primeras se las denomina 
sintagmáticas; a éstas, paradigmáticas. Desde un punto de vista lógico, unas se 
rigen por la coordinación ("...y..."); las otras, por la disyunción exclusiva 
(aut...aut... según la expresión latina, o, si se prefiere, "o bien ...o 
bien..."). 

Pues bien, con el dichoso empleo de la arroba nuestros amigos diletantes pasan 
a confundir el culo con las témporas, o la gimnasia con el magnesio, es decir, 
proyectan dos términos en relación paradigmática sobre una única posición 
sintagmática; dicho de otro modo, si uno dice "compañeros" no puede decir al 
mismo tiempo "compañeras". Pretender escribir las diversas opciones 
paradigmáticas sobre el eje sintagmático es una necedad sin igual, ya que 
precisamente la escritura y el discurso que ella representa suponen siempre una 
decisión entre múltiples posibilidades. Según el criterio que manifiesta el uso 
de "@" jamás podríamos llegar a escribir una sola frase, ya que, si bien en 
algunos casos las opciones son muy pocas, en otros, cuando se trata de partes 
de la oración propiamente dichas, nos hallamos ante un repertorio indefinido. 

Mucho más grave es, pienso, el segundo error que conlleva esta moda maniática: 
tratar a las letras como lo que no son jamás, dibujos. En efecto, es necesario 
para los fines de nuestros presuntos rebeldes el que haya una similitud entre 
las letras que representan los fonemas que dan forma, por lo general, a los 
morfemas sobre los que recae la oposición de género en la lengua en cuestión, 
similitud que les permita obrar el sincretismo gráfico que buscan. Ello supone 
un apego a las letras por sí mismas, desprendidas de todo su valor de 
representación. La razón reconoce en un caso así un ejemplo supremo de la 
capacidad humana de confundir el signo con la cosa, de fetichismo, cuyo 
estatuto o rango para el conocimiento es equivalente al que pueda tener un 
olisqueador de bragas -por quien, dicho sea de paso, llega a tener más simpatía 
el autor de este escrito, ya que al menos no se anda con rodeos o disimulos 
como los que tanto gustan a nuestros diletantes lingüísticos. Bastará una sola 
muestra para ilustrar el enorme error de concepto que denunciamos: ¿cómo 
piensan estos ignorantones en lenguas establecer un sincretismo visual entre 

 y , 

secuencias de letras del alfabeto cirílico que sirven para representar la 
oposición entre adjetivos masculinos y femeninos (dejamos aquí de lado los 
neutros) en ruso? Por más que dibujen y garabateen, no lograrán jamás que 
conserven su carácter de signos gráficos, pues precisamente es ese carácter el 
que anulan al jugar con las letras como cosas, al tomarse a broma el sentido 
del término "representar", y con ello, el lenguaje entero. 



6. Coda
Tras haber expuesto prolijamente las razones que hacen de la moda actual 
referente al género y al uso de la arroba un fenómeno psiquiátrico y 
sociológico antes que lingüístico, sólo nos queda advertir a quienes nos hayan 
seguido a lo largo de este texto que a partir de ahora es una decisión 
enteramente suya la de engrosar las filas de la idiotez dominante (de la cual 
acaso saquen algún provecho curricular) o, por contra, combatirla y resistirse 
a ella, para lo cual hemos ofrecido aquí algunos argumentos. Lo que en modo 
alguno podrán hacer ya es aducir ignorancia sobre la cuestión. Bastante nos 
hemos cuidado en este escrito de que se den por enterados. 

Javier Arias Navarro 






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