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Thank you.
juan godoy wrote:
> Estimado lector
>
> Mis obras de literatura no encontraran un editor honrado el cual piense al
> lector y no a sus intereses monetarios. Nosotros, los miles y miles de
> poetas, por causas que todos conocemos, seremos las ovejas negras de la
> literatura por el solo pecado de ser honestos con la verdad de los
> acontecimientos hist�ricos.
> Mucho se habla de los poetas abandonados: yo soy uno de ellos.
> Si me he permitido de mandarte unas paginas de una de mis obras es porque
> tengo la seguridad que t�, lectora o lector, las leer�s y te comunicaras
> conmigo.
> No pretendo, con esto, desviar nuestra atenci�n de los problemas que nos
> afligen. Una Antolog�a, un cuento corto o un romance breve, son, seg�n los
> mas entendidos, el relajamiento de nuestras actividades cotidianas.
> A ti dejo mis paginas, lectora y lector m�o. Conf�o que mis personajes
> entraran en tu casa como la flor entra en la primavera.
> Si tienes inter�s en continuar leyendo el resto de la antolog�a, �Un Cristo
> Mapuche" te pido una contribuci�n material simb�lica ya que con ese dinero
> podr� pagar mi mis materiales de producci�n y alimentar a mis lectores con
> otras obras desconocidas.
> Lee las paginas y se te interesa, no temas escribirme a mi Mail ya que
> comunicar contigo ser� como hablar con el t�o o la t�a de mis personajes...
> Te deseo una buena lectura.
> Juan Godoy
>
> Antolog�a
>
> Capitulo VI del libro Pol�tica Indiana del <1648> del Consejero Real de la
> Corona Espa�ola Don Ivan de Zolorzano Pereira.
>
> �Sabido el origen de los pobladores deste Nuevo Mundo, conviene, que
> averig�emos, si antes del descubrimiento de Col�n, se tuvo alguna noticia
> entre los del antiguo. Por ser esta una de las cuestiones controvertidas,
> que se halla en su materia.
> I son muchos, i muy graves los autores, que, o porque as� de verdad lo
> sintieron, o per quitar esta gloria a los Espa�oles, quieren persuadir, que
> huvo noticia del, i de su grandeza, a�n, i non tan distinta como la que
> despu�s aviemos tenido.
> I lo que m�s es, que hizier�n particulares i repetidas navegaciones a el
> los Cartagineses, Tyros, Phenices, Romanos, Hebreos, i otras naciones, aun
> que despu�s con el tiempo se puso esto tan en olvido, i el despertarlo, hizo
> tenerlo por nuevo. Siendo as�, que nada ay debaxo del Sol, que lo se, i que
> estos siglos solo repiten lo ya sucedi� en los pasados.
> Poder�n tambi�n, lo que ya en los cap�tulos antecedentes que avemos tocado,
> de la historia tan particular, i tan parecida a este Nuevo Orbe, que de la
> isla Atl�ntica dexo escrito Platon en su Timeo, i otros lugares de
> Arist�teles, Luciano, Eliano, i S. Ciemente Alexandrino, en que parece, que
> tratan del, i de su grandeza. I el conocimiento, que Cicerone, Macrobio,
> Ponponio Mela, i otros tuvieron de los Antipodas, costutuuendolos en las
> mesmas Regiones Australes, i Occidentales, (..)
> I especialmente vulgares versos de Seneca en su Medea, en que sino las vio,
> parece que las pint�, cuando dixo, siguiendo la traducci�n del Padre Joseph
> de Acosta.
>
> Tras luengos a�os vern�
> Un siglo nuevo, dichoso,
> Que al Oc�ano anchuroso
> sus limites pasar�.
> descubrir�n grande tierra,
> Ver�n otro nuevo mundo,
> Navegando el gran profundo,
> Que agora el paso nos cierra.
> La Thuletan afamada,
> Como del mundo postrera,
> Quedar� en esta carrera
> Por muy cercana contada.
>
> A quien imita el declamador Auito diciendo: Que m�s all� del Oc�ano ay unas
> grandes, i f�rtiles tierras, otras riberas, i otro Orbe, que all� nace, o
> comienza de nuevo.
>
> I sobre esto, a�ade Lucio Marineo Siculo, que quit� a los Castellanos la
> gloria de ser tenidos por los primeros en este descubrimiento, el averse
> hallado en Tierra firme, cateado una venas, o minas de oro, cierta medalla
> antigua con el nombre i rostro de Agusto Cesar, lo cual hizo evidente, que
> ya los Romanos avian penetrado hasta aquella Provincia.
> I Justo Lipsio quiere, que aun a la de Chile, por dezir, que all�, en el
> Valle de Cautin se hallaron en algunas casas, i sus portadas, escudos de
> Aguilas de dos cabezas, que eran insignias propias de los Emperadores
> Romanos, i que por esto se llam�, �????, que en el mesmo Valle fundaron los
> Espa�oles�.
>
> Al lector
>
> �Qui�n descubri� Am�rica? En los colegios del mundo se plantea a�n la tesis
> que fue Crist�bal Col�n...
> Eso tambi�n me lo ense�aron en mis tiempos de estudiante; eran textos de
> cronistas espa�oles, y la historia de Chile abusa enormemente de estos
> cronistas ib�ricos... El Consejero de la Corona Castellana defiende la fama
> del descubrimiento. Es explicable. �Qui�n no la defender�a? El lector podr�
> preguntarse, �qu� pas� con los enseres y pinturas que figuraban a los
> romanos en las casas de los mapuches? �Pod�an los mapuches pintar dos
> cabezas de �guilas id�nticas a las que ten�an los romanos? Luego dice el
> Consejero del Rey:
>
> �Dem�s quando se le concede por verdaderos, tambi�n hay �guilas en aquellas
> partes, y pudieron los indios dar en pintarlas, o esculpirlas con dos
> cabezas, sin acordarse de los Romanos ni de sus
> insignias�.
>
> �C�mo se puede olvidar algo que en teor�a no se conoce ni se ha visto en el
> periodo de la conquista? �Qu� ind�gena pod�a conocer la historia de los
> Romanos? En este �mbito de contradicciones la historia colea como un tibur�n
> herido.
> �Am�rica encontrar� su verdadero descubridor?
> Mi antolog�a narra los acontecimientos hist�ricos de un pueblo en lucha
> continua.
>
> Basilea. 1985
>
> Y sufr�an los hijos de Arauco...
> Escribieron con las l�grimas de sus ojos humedecidos un alba de nada.
> Las minerales se evaporaron en los pa�os heridos de las tierras sure�as, los
> r�os desbordaron sus torrentes y los cauces anegaron sus propias aguas
>
> Juan Godoy
>
> I
>
> El mapuche vagaba en medio de las penumbras sure�as.
> Era, fuerte y guapo. Surg�a de sus ojos negros una claridad de mirar
> armonioso.
> Sobre sus espaldas reposaba una melena furiosa y dura; un cintillo de cuero
> sosten�a sus cabellos negros que se confund�an y perd�an en su piel morena
> del Sur.
> Colgaba de su cuerpo, semidesnudo, una piel de huemul (venado); s�lo as�
> lograba proteger sus carnes contra el eterno silbido de los vientos tra�dos
> desde las plataformas abruptas de los Andes; los silbidos eran armoniosos y
> se confund�an entre largos y tormentosos aullidos de monutr�s (bestias
> descendientes del Chacal).
> A veces, al terminar aquellos aullidos, el fr�o, como un cuchillo de hielo,
> lanzaba desde sus oscilantes pe�as cordilleranas una amenaza que hac�a
> recordar a cada habitante � conquistador o conquistado� la hora de meterse
> una socaire y combatir el patriarcal paseo del congelamiento andino. (�Y qu�
> mapuche conoc�a las socaires?)
> Vagaba el mapuche; su sombra se hab�a sumergido en medio del torbellino
> fr�o del crep�sculo. Corr�a como un ni�o por los empedrados caminos. No
> sent�a la helada matutina. Jugaba con sus cachorros: luego se dio cuenta
> que le faltaba uno; se estremeci� su alma de miedo. Sin pensarlo decidi�
> salir en busca de su monutr� perdido.
> El mapuche no temi� los peligros que rondaban las zonas de Arauco. Sab�a
> que por estos prados ind�genas se arrastraban serpientes con atuendos de
> hombres guerreros: colonos sedientos de oro y conquistas: se sab�a que sus
> espadas intentaban dar un golpe a sus v�ctimas para evangelizarlos y
> anunciarles que les hab�a llegado la hora de la muerte.
> �Am�n! �
> El mapuche no tem�a a la voracidad de los colonos y, ni mucho menos, a la
> brutalidad de otros ind�genas del norte que luchaban unidos a los
> castellanos. Sentado sobre una roca pens� en su cachorro perdido. Recorri�
> mentalmente los pasos que hab�a realizado junto a sus monutr�s.
> El d�a se hac�a a�n m�s helado y luego habr�a que encender el fuego.
> Al pensar en el fr�o abandon� la idea del fuego y, dominado por su
> angustia, se bot� hacia las monta�as.
>
> II
>
> Los muros que encontr� en su camino eran resbaladizos; id�nticos a espejos
> de hielos que se extend�an con suavidad trasparente hacia otros flancos de
> las cimas.
> Con gran maestr�a trep� las empinadas pe�as de los Andes y, desde lo alto,
> tendi� sus pupilas sobre su pueblo. Surg�an, tras v�mitos de flancos,
> unilateralmente capas de arboles tricolores que se reflejaban animosamente
> en los m�s escondidos contornos de sus estructuras.
> No hab�a control en estos colores, todo escapaba y se transformaba al arribo
> del alba. Los r�os, vistos desde las monta�as, eran enormes cr�teres de
> plata: herv�an de peces, se dir�a
> Estas tierras del mapuche alimentaban las llanuras y adornaban los caudales
> sure�os. Miles y miles de araucarias, verdes por sus contornos, alfombraban
> con sus frutas los suelos opacos que eran reprimidos por los fr�os andinos.
> Ah� o ac�, en partes est�riles del terreno, un mantel de frescas nevadas
> cubr�a las partes rocosas del lugar.
> Se ve�an desde lo alto aldeas coloniales.
> Desde su interior llegaron lamentos de hombres que estremecieron
> violentamente la regi�n.
> Otros ruidos irrumpieron en el silencio y extenso altar de cerros.
> Cay� luego un gemido triste sobre las hondonadas perdidas del espacio: la
> serenidad del d�a se perdi� en una enorme corriente de lamentos y quejidos.
> Todo pareci� encogerse ante los nuevos aullidos de los monutr�s. Un vuelo de
> un C�ndor desapareci� de los ojos del mapuche ante el medroso avanzar de
> penas.
>
> Continua...
>
>
>
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> Par des-subscribirte envia correo a: [EMAIL PROTECTED]
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