Blair deja país más rico, pero más desigual

Primer ministro británico abandona hoy su puesto después de diez años en el 
poder
Londres - EFE

6/27/2007

Tony Blair, primer ministro británico, deja hoy, diez años largos después de 
alcanzar el poder, un país en general más rico pero también, según sus 
críticos, más desigual que el que dejaron a sus sucesores anteriores 
gobiernos laboristas.

Al asumir el cargo en 1997, Blair se fijó como tarea prioritaria salvar de 
una previsible ruina el estado de bienestar, amenazado por los economistas 
neoliberales y 'thatcheristas' doctrinarios, para quienes era demasiado 
costoso y necesitaba ser reformado en profundidad.

Aunque, como se reconoce generalmente, en sus dieciocho años precedentes de 
gobierno, los conservadores no se habían atrevido a desmantelarlo, al llegar 
al poder los laboristas, la sanidad y las escuelas públicas se encontraban 
en un estado más bien lamentable.

Tony Blair prometió entonces, entre otras cosas, que su gobierno elevaría en 
cinco años el gasto en sanidad a los niveles medios de la Unión Europea, 
pero pronto comprendió que el Estado no podía seguir invirtiendo en lo que 
parecía un pozo sin fondo, por lo que había que encontrar otras soluciones 
más prácticas.

Al comenzar el segundo mandato laborista se recrudeció la polémica entre 
modernizadores, para quienes el Estado debería ser un simple comprador de 
servicios en nombre de los ciudadanos, tratando de obtener el mejor trato de 
los mejores proveedores, fueran públicos o privados, y tradicionalistas, que 
defendían la necesidad de mantener el carácter público de esos servicios.

La insistencia de los reformistas en la necesidad de abrir la sanidad, la 
educación, los transportes y otros servicios al sector privado para hacerlos 
menos burocráticos y más eficaces, creó una brecha que no se ha cerrado 
entre las dos almas del partido.

Fruto de los afanes reformistas del 'blairismo' es el impulso dado a las 
llamadas iniciativas público-privadas, que tanto habían criticado los 
laboristas cuando estaban en la oposición.

En el plano exterior, Blair ha sido el primer ministro británico más 
intervencionista de la historia contemporánea al haber embarcado al país en 
cuatro conflictos: en Sierra Leona, para acabar con una guerra civil; en 
Kosovo, para detener la limpieza étnica serbia y eliminar a Slobodan 
Milosevic; en Irak, para derrocar a Sadam Husein, y en Afganistán, para 
acabar con el régimen talibán.

En una conferencia que pronunció en Chicago el 22 de abril de 1999, el líder 
laborista calificó la intervención en Kosovo, que inauguraría una etapa de 
"intervencionismo humanitario", como "una guerra justa, basada no en 
ambiciones territoriales sino en valores".

"Si dejamos a un malévolo dictador campar por sus respetos sin enfrentarnos 
a él, nos costará más tarde mucha más sangre y mucho más dinero", agregó.
Ocho años más tarde, y con miles de muertos en la desastrosa posguerra de 
Irak, Blair seguía aferrado, y acaso con más fuerza, a sus certidumbres 
intervencionistas.

En un artículo de despedida en el semanario "The Economist", titulado "Lo 
que he aprendido", el líder laborista afirmaba que aquellas intervenciones 
habían servido para acabar con "regímenes espantosamente brutales".

Y dirigiéndose a sus críticos, agregaba: "Se dice que al eliminar a Sadam o 
a los talibanes, regímenes que eran autoritarios pero que mantenían algún 
tipo de orden, han empeorado las cosas para iraquíes y afganos y que se ha 
fomentado el terrorismo".

"Se trata de un argumento muy atrayente, pero peligroso", añadía, "pues 
significa que, como quiera que esas fuerzas del mal van a valerse del 
terrorismo para impedir a esos países y sus pueblos ponerse en pie una vez 
eliminadas sus dictaduras, más vale dejar que las cosas sigan como están".

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