¿El fin de la democracia palestina?

Sergio Moya Mena

Si la expulsión de los fundamentalistas del Movimiento de Resistencia 
Islámica Hamas, la designación de un nuevo gobierno por parte del presidente 
palestino Mahmud Abas y el fin de las sanciones económicas impuestas por 
Estados Unidos y la Unión Europea a la Autoridad Palestina pueden parecer un 
paso adelante en la estabilización de Medio Oriente, podríamos estar más 
bien frente a un espejismo. La estrategia occidental de romper -a como diera 
lugar- el gobierno de unidad nacional entre Hamas y Fatah, y que implicó 
hambrear al pueblo palestino a través de las sanciones, estrangular las 
débiles instituciones democráticas y azuzar la guerra civil entre ambas 
facciones, fue apenas un éxito pírrico, pues las consecuencias tendrán un 
efecto desestabilizador muy profundo.

En primer lugar, salta a la vista la intransigencia, el radicalismo y la 
escasa disposición a la tolerancia y la convivencia de la clase política 
palestina. La falta de un proyecto común de nación es ahora uno de los 
principales enemigos del interés nacional palestino.
En segundo lugar, esta crisis ha herido de muerte al efímero experimento 
democrático palestino (inédito en todo el mundo árabe) y despedaza la 
legitimidad de Abas, que recurrió a procedimientos de escaso fundamento 
constitucional para destituir al primer ministro Ismail Haniyeh, de Hamas, 
atropellando la voluntad del Consejo Legislativo Palestino, en el cual Hamas 
posee una clara mayoría después de ganar democráticamente las elecciones de 
2006.

Abas puede ser reconocido por la prensa y las cancillerías occidentales como 
un interlocutor "moderado y confiable", pero un creciente número de 
palestinos lo ve como un cipayo al servicio de Occidente. Su partido, Fatah, 
en el que el poder real lo detentan capos paramilitares de escasa integridad 
como Mohamed Dahlan (favorito de Washington e Israel) o Yibril Rajoub, nunca 
ha asumido que perdió las elecciones, ha sido acusado reiteradamente de 
corrupción, ineptitud para administrar las instituciones palestinas e 
incapacidad para implementar una estrategia de negociación firme frente a 
los israelíes. Hay que resaltar que el fastidio popular ante la 
incompetencia y corrupción de Fatah fue la principal razón por la cual los 
palestinos le dieron la victoria a Hamas, con el 45% de los votos, no 
precisamente porque quisieran establecer un emirato islámico en Palestina.

Ahora la nación ha quedado dividida y con dos primeros ministros, uno en 
Cisjordania y otro en Gaza, donde 1,4 millones de palestinos sobreviven más 
aislados que nunca, un desenlace inmejorable para quienes se han opuesto 
sistemáticamente a la creación de un Estado palestino independiente. Si es 
previsible que la "ayuda" económica de Estados Unidos y la Unión Europea 
fluya hacia el gobierno de Abas, lo mismo que el aprovisionamiento militar 
para las milicias de Fatah, e incluso es probable que Israel muestre su 
"apoyo" agitando el señuelo de nuevas negociaciones de paz, esos apoyos 
podrían no ser otra cosa que una "manzana envenenada". Para Abas, reiniciar 
un proceso de negociación con Israel teniendo una Palestina fraccionada 
puede ser altamente riesgoso, pues no será posible defender adecuadamente 
los intereses palestinos.

En tercer lugar, la credibilidad del compromiso de Occidente con la 
democracia ha quedado completamente desacreditada. "Los pueblos de Medio 
Oriente tienen derecho a elegir libremente a sus gobernantes, siempre y 
cuando elijan a aquellos que nos convienen", parece ser la cínica consigna 
que determina el canon democrático de Estados Unidos y Europa en la región. 
Reconocer el atropello de las instituciones por parte de Abas es un acto 
comprensible desde el punto de vista de la "real-politik", pero termina 
demostrando palmariamente que la retórica de la democracia y de los derechos 
humanos no es más que palabras que el viento se lleva. Al final, Estados 
Unidos y Europa no pueden prescindir de los "policías regionales" que 
garanticen sus intereses. En ese sentido, Abas y su primer ministro, el 
tecnócrata Salam Fayyad (hombre de confianza del Banco Mundial y de 
Washington, egresado de una universidad texana), entran a ese selecto grupo 
de líderes "moderados y confiables", como el presidente egipcio Hosni 
Mubarak, que después de reelegirse sin rival en cuatro ocasiones desde 1981, 
le prepara el sillón presidencial a su hijo Gamal, mientras mantiene las 
cárceles llenas de opositores; o el buen rey Abdullah II, de Jordania, 
baluarte de la presencia militar norteamericana en la región.

La solución a esta crisis palestina se presenta como algo muy incierto. No 
parece muy seguro que el gobierno de Hamas en Gaza se vaya a "derrumbar" a 
corto plazo, debido a las presiones internacionales. Por otro lado, si 
Fatah, la organización nacionalista y laica fundada por Yaser Arafat, desea 
sobrevivir, es apremiante una limpieza a fondo en su liderazgo.

La convocatoria a nuevas elecciones plantea muchas incertidumbres en medio 
de una nación fracturada. ¿Podrán llevarse a cabo libremente en Gaza y en 
Cisjordania? ¿Respetaría la comunidad internacional esta vez la libre 
voluntad del pueblo palestino? Estas son interrogantes que no dejan mucho 
espacio al optimismo.

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