DIARIO LIBRE Un hombre de luz en la mina de la poesía negra
Manuel del Cabral fue un extraño, un hombre de ilustración y lucidez en la
vertiginosa literatura afrocaribeña. Desde su distancia bonaerense lanzó una
mirada nueva y aguda a su ámbito natural RAUL RIVERO
Martes
Cabral, el amor y el Caribe Me encontré con Manuel del Cabral varias veces en
Santo Domingo. Tengo en la memoria retazos del timbre de su voz, el recuerdo de
unas conversaciones alegres, sin afanes de trascendencia y sus opiniones,
rociadas con humor y sabiduría, acerca de sus compañeros de viaje por el camino
de la poesía mulata, mestiza o negra del Caribe. Lo sabía casi todo. Venía de
muchos países y de muchas vidas y sus mansiones en Argentina (27 años en total
en dos exilios, su segunda patria) lo hacían -a mi modo de ver- un personaje
caribeño con gasolina de avión. Creo que era más sosegado y un poco más
racional. No quiero decir que estos atributos sean virtudes. Sólo, que le
desdibujaban un poco los trazos generales de los intelectuales de aquellas
tierras de sol, mezcla de razas y tonos altos. Uno no acierta a veces al
elegir el tema del que debe hablar con cierta gente. Del asunto que me hubiera
gustado tratar con Cabral, ahora lo sé, casi no lo tocamos:
la poesía negra y las relaciones de los autores más importantes. Dije que él
hizo bromas sobre sus amigos impuestos por la vida y la literatura. Eran Luis
Palés Matos, en Puerto Rico; Nicolás Guillén, en Cuba, y, en otro idioma y
otras experiencias, Aimé Cesaire, en Martinica. No entró en honduras. Contó
generalidades, pero, por su formación y por haber vivido muchos años fuera del
área y lejos de sus complejidades, necesitaba una visión más lúcida de esa
corriente. La lucidez que suele proporcionar la distancia. El caso es que, a
casi 10 años de su muerte (mayo de 1999), la poesía de Cabral se reacomoda en
la historia literaria de su país y se hace cada día más importante. Se hace
necesaria, imprescindible no sólo por sus valores estéticos, sino como elemento
para entender la nación, a los dominicanos y a la región completa. Cabral no
se quedó encerrado en la mina que halló en la poesía mestiza. Salió de ella
cada vez que quiso. Cada vez que le pareció
conveniente. Y escribió poemas épicos, amorosos y de los otros, de los que se
ocupan siempre de la muerte y la vida y los misterios. De la angustia de ser
alguien que pertenece a la tierra y se tiene que ir. El poeta publicó en 1945
un libro de cuentos que es un clásico en Hispanoamérica: Chinchina busca el
tiempo. Escribió también dos novelas, teatro y un libro de ensayo. Algunos de
sus títulos de poesía más sobresalientes son Trópico negro, Los huéspedes
secretos, Sexo y alma, De este lado del mar, Sangre mayor, Color de agua, 12
poemas negros, Carta a Rubén, Pedrada planetaria y Biografía de un silencio.
Paul Eluard dijo, después de leer estos cuatro versos de Cabral, que no conocía
mejor definición de poesía en el mundo: Agua tan pura que casi / no se ve el
vaso de agua. / Del otro lado está el mundo / de este lado, casi nada. Jueves
Perdones tardíos Cantaba en un club nocturno de La Habana. En los años 60,
Armando Eloy fue, por un tiempo, el artista de
relleno de El Escondite, un matadero que quería ser elegante y cerraba cuando
se iba el último borracho y el sol estaba ya emboscado en la esquina. Un
hombre realizado. Sin mucha voz, pero afinado. Sensible, afable, discreto. Las
cejas demasiado bien dibujadas para los patrones machistas de la época. Un
maquillaje que sobrepasaba las exigencias de la actuación. Unos camisones
florales que se cosía él mismo en el taller de Manolón, el sastre. Su mejor
amigo, su pasión, su amor, la vida entera como dice la letra de ese bolero del
viejo Ulloa. Vivía la delicia de su vidita mediocre. Le gustaba su trabajo y
creía que nadie cantaba mejor que él Arriverderci, Roma, Only you y Adiós,
felicidad. Siempre en clave y bien medido, con buena dicción, aunque estuviera
mas allá del quinto cubalibre. Esperaba que, una noche, en plena actuación,
llegara un empresario ambicioso y alerta a ofrecerle un contrato. A proponerle
trabajar en un disco y comenzar de una vez la parte final de
su camino hacia un sitio que en ese tiempo todavía se llamaba la gloria.
Armando Eloy en lo suyo. La música y sus amores. Era, ha sido siempre y seguirá
siendo un hombre apolítico. Por eso, no quiso nunca inscribirse en las
milicias, ni en los Comités de Defensa de la Revolución. Por eso, no iba a las
grandes concentraciones de apoyo al socialismo. Ni en contra ni a favor. Un
artista. Nada más que un artista. El tipo trajeado que debía proponerle la
fama y el dinero no llegó. El que llegó una noche al camerino célibe y con olor
a colonia Tres Flores fue el administrador del club. Le dijo que ésa había sido
su última actuación. No existía espacio en la nueva sociedad para los
indiferentes y los desviados sexuales. Y él, Armando Eloy, estaba en los dos
bandos. Sin trabajo, como ayudante de Manolón en la sastrería instalada en un
cuarto de un solar de Centro Habana, Armando Eloy integró a empujones la
vanguardia de reclutas llevados a la fuerza a la UMAP (Unidades
Militares de Ayuda a la Producción). Dio el primer rebote en un campamento
cerca de un ingenio azucarero llamado Violeta, en la provincia de Camagüey, a
más de 400 kilómetros de la pista del cabaret. Allí, de completo uniforme, las
manos llagadas, rodeado de cercas de alambre y guardias armados, se pasó nueve
meses. En los surcos de caña y en las espinas de los marabuzales dejó enterrado
al artista. Cuando lo liberaron, un viejo amigo de la gastronomía le
consiguió trabajo de cajero en un restaurante más o menos chino llamado El
Dragón de San José. Con la voz ya cuarteada por el aguardiente y el tabaco
negro, metido con tenazas en una chaqueta de lamé azul pastel, Armando Eloy
cantaba a cappella algunos sábados para sus amigos y para su sastre que trataba
de pararse a aplaudir cuando el artista miraba al infinito y le decía al puño
sin micrófono: adioooos felicidaaaaa, casi no te no te conociiiiií. En el
mismo cuarto del solar esperó la jubilación y le dijo adiós a
Manolón, que amaneció muerto el segundo domingo de diciembre de 1998.
Armando Eloy ya no canta. Jura que se le han olvidado todas las letras de las
canciones y que, en vez de música, lo que tiene en la cabeza es una confusión,
una bulla muy grande que no le deja dormir. Se consuela un poco cuando escribe
unos párrafos largos en una prosa plana con una ortografía donde reina la b de
burro y no se han presentado nunca los signos de puntuación. Duerme en una
colombina con patas de hierro y bastidor de alambre. Sobre la cabeza tiene, al
lado del resguardo, una foto de él y Manolón en el Prado. Junto a los santos y
la virgen de la Caridad del Cobre, el cartel que lo anunciaba en 1964 en el
club El Escondite: «Armando Eloy. La revelación del año». Todo en letras
mayúsculas. Asegura que tiene una vejez perra y que por eso le acompaña ahora
un perro sato y medio ciego que se llama Trompo. Lo que él le dice en las
cartas a su sobrino -un tipo medio amargado que vive exiliado
en Santo Domingo- es que no entiende por qué le hicieron eso. Por qué ahora
dicen que no ha pasado nada y que nunca persiguieron a nadie. Qué ganaron los
del Gobierno con matarlo en vida. Qué falta le hacía al socialismo que Armando
Eloy dejara de cantar y de ser feliz.
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