Una joya, realmente. Gracias

 

  _____  

De: [EMAIL PROTECTED] [mailto:[EMAIL PROTECTED] En
nombre de melvin saenz
Enviado el: lunes, 16 de julio de 2007 14:12
Para: Gabby Alvarez; lista pln
Asunto: Re: [pln] para cambiar de tema

 

Hola Gabby: los Valdés, el viejo Bebo y Chucho el grande no han publicado
aun su grabación a duo, lo que entiendo tendrá lugar en el segundo semestre
de este año. En una película del 2000, llamada Estudio 54, producida por dos
estudiosos del jazz, Nat Chediak y Fernando Trueba, fue incluida una
grabación que los Valdés hicieron del tema clásico y emblemático del Maestro
Ernesto Lecuona "La Comparsa", que te incluyo en este mensaje. Esta obra es,
tal vez, la más representativa de la música para piano compuesta en la isla
de Cuba y refleja, como la que más, el mayor aporte de la pianística cubana
desde Ignacio Cervantes: la fuerza en la composición e interpretación de las
notas graves con la mano derecha, que logra así incorporar el compás
ancestral de la percusión afrocubana.

 

Otra cosa: cada vez que veo la película, me conmueve la forma en que Chucho
mira a su Padre y Maestro Bebo: hay una mezcla de admiración y amor
irrepetible. Sencillamente se trata de un padre y su hijo jugando. ¡Genios!


 

http://www.youtube.com/watch?v=ZYEZbBAIvlU

 

Melvin

Gabby Alvarez <[EMAIL PROTECTED]> escribió:

Verdad que demasiado, lo leí anoche en la madrugada, Melvin sabes si han
grabado juntos y como se llaman los CD, saludos

melvin saenz <[EMAIL PROTECTED]> escribió: 

Bebo y Chucho Valdés. Lazos de sangre 


CARLOS GALILEA 


 

EL PAIS SEMANAL - 12-07-2007 

Alguna vez pensé que no volveríamos a vernos y ahora tenemos la oportunidad
de estar juntos y poder grabar lo que hacíamos en casa. Quizá sea una
recompensa a todos aquellos años de incertidumbre". Quien habla es Jesús,
Chucho, Valdés, uno de los más grandes pianistas del mundo. Para él, la gira
y la grabación con Bebo significa algo muy especial. "Siempre traté de que
mi papá se sintiera orgulloso de mí, porque era mi maestro, el músico que yo
más he admirado".

El 26 de octubre de 1960, en La Habana, Bebo Valdés embarcó en un avión con
destino a México. Con él iban el cantante Rolando Laserie y su mujer. No se
lo dijo a su familia hasta el día de la partida. Y Chucho no fue a
despedirle al aeropuerto: "Tenía la corazonada de que no lo iba a volver a
ver". Han pasado casi 47 años, pero a Chucho le brillan los ojos al
recordarlo. "Lo viví con gran dolor. La vida cambió para mí. Tenía 19 años y
tuve que hacer de papá, de hermano mayor y de todo. Me obligué a ser un
hombre ya. Le juré a mi mamá que nunca la iba a abandonar. Y hasta hoy estoy
al lado de ella. Me dijo: 'Chucho, nunca me dejes'. Y yo he cumplido y voy a
cumplir con ella". 

Tampoco le fue fácil a Bebo dejar a sus cinco hijos. "Me dijeron las
autoridades: 'si no te gusta, vete". Ya no le permitían entrar en Radio
Progreso porque no estaba afiliado al partido. Y un día llegó a su casa y le
estaba esperando uno de sus músicos con un fusil al hombro. Éste le espetó:
"¿Te integras o no?". "Era el que no está con nosotros está en contra. No
había término medio. Entonces decidí irme. Sabía que posiblemente no
volvería. Cuando llegamos a México, Rolando y yo nos dijimos 'ni vertical ni
horizontal' hasta que aquello no cambie". 

Hace dos años que Bebo Valdés ha cambiado la fría Estocolmo, en la que vivió
las últimas décadas, por Arroyo de la Miel, municipio de Benalmádena. Ahí,
en una planta baja con patio, reside ahora uno de los grandes músicos de la
historia de Cuba. La idea era pasar los inviernos en la Costa del Sol y los
veranos en Suecia, pero Rosemarie, su mujer, no parece muy dispuesta a
renunciar al clima malagueño. En la pequeña sala de estar, Bebo y Chucho
Valdés han estado preparando el repertorio del disco que graban con Fernando
Trueba. Los dos hombretones -Bebo mide 1,84 metros, y Chucho, 1,94 metros-
se sientan de cara a la pared: el padre, ante un piano vertical, y el hijo,
frente a uno digital. Para los ensayos de la gira española, iniciada en
Canarias, el auditorio Alfredo Kraus ha puesto dos pianos de cola a su
disposición en Las Palmas. Chucho va acariciando las teclas mientras mira
tocar a Bebo. Cierra los ojos y sigue a su padre en Tres palabras o La bien
pagá con esas manotas que le ha regalado la genética. Hay un nuevo Valdés en
la plaza: Julián, su hijo de ocho meses, al que Chucho coge en brazos cada
poco, y que se abalanza sobre el teclado con entusiasmo. 

Desde que viajó a Estocolmo, en diciembre de 1999, Fernando Trueba no sale
de la vida del cubano octogenario. Entonces, Bebo se había jubilado -después
de haberse pasado 14 años olvidado tocando el piano en un hotel- y cobraba
una pensión del Estado sueco. "Lo considero un ángel que me enseña el
camino. Fernando me ha dado mucha vida. Los zapatos que llevo me los regaló
él. En Los Ángeles me llevó a comprar estos zapatos con una plantilla
especial, y ya no me duelen los pies". 

Dice Trueba que Bebo conserva una inocencia casi infantil. Él los reunió en
la película Calle 54 con La comparsa, de Lecuona. "Cuando llegó el momento,
tenía tantas ganas de oírlo, pero tantas ganas de oírlo a él, que me pasé el
tiempo escuchándolo", cuenta Chucho. Según Bebo, ese día fue tan grande la
emoción, que le dio su primer ataque cerebral: "Comiendo con él me quedé
ciego. No veía. Él me agarró y querían meterme en un taxi, pero les dije que
esperaran dos minutos, que se me iba a pasar. Y todo lo que era negro empezó
a aclararse". 

Bebo luce una pulsera que le ha regalado Chucho. Es un símbolo de Babalú
Ayê, oricha de la religión yoruba que en el catolicismo equivale a San
Lázaro. Y aún lleva colgada la medalla con la Virgen que le regalaron unos
gitanos. Ambos nacieron el 9 de octubre -Bebo, en 1918, y Chucho, en 1941-.
Ese día también es el cumpleaños de uno de los ocho hijos de Chucho. Bebo
tiene siete, "y entre quince y veinte nietos", aventura él. "Y cuatro
bisnietos", añade Chucho, que ya ha sido cuatro veces abuelo. 

En su casa de La Habana se solían sentar al piano. Uno a cada lado. Y se
cambiaban de sitio. Bebo le ponía a tocar el bajo y Chucho tocaba la parte
de los metales. O viceversa. Una tarde, antes de que Bebo se fuera a
trabajar al Sevilla, estaban viendo la televisión y le dijo: "Vístete, que
vas a tocar esta noche". 

-Se me puso cara de susto, ¡muchacho! (Bebo ríe como un niño travieso). 

-Le dije a él: "Ahora te espera la Universidad de la calle". 

-La primera vez que me dijo "vístete y vete...". ¡Ño! Y él sentado de lo más
tranquilo. No, Bebo, tú estás loco. 

-Cuéntale lo de Matanzas? (Bebo se ríe). 

-Había una pareja de españoles que iban a bailar El sombrero de tres picos,
de Falla. Cuando llegamos, el piano estaba medio tono bajo. Yo estaba
tocando a primera vista unas cosas que casi no podía con ellas y me dice el
director: "¿Qué, tú quieres que en la orquesta transporte todo el mundo por
tu culpa?". Tuve que tocar por arriba de las negras. Terminé llorando, pero
terminé. 

Cuando Chucho tenía 16 o 17 años, Bebo le colocó como pianista de su
orquesta. En el primer ensayo devoraba las 52 teclas blancas y las 36
negras. "Imagínate tú, que la orquesta terminó y yo seguí tocando. Tocaba y
tocaba y, ¡bam!, cerró la orquesta, y yo seguí. Y dice Chocolate [el
trompetista Armenteros]: '¡oye, Bebo!, tienes que ponerle freno al Caballito
[a Bebo le decían Caballón], que está desbocado". 

Con tres años, Chucho ya se encaramaba al piano. "El piano era un juguete
para mí. Oía una melodía por la radio y me la aprendía inmediatamente. Me
acuerdo que mi tía me llevó al cine a ver una película. Por la mañana me
levanté con una melodía pegada en la cabeza que no recordaba dónde la había
escuchado. Me pongo a tocarla y sale todo el mundo corriendo de la cocina.
Era la música de Casablanca". Bebo empezó a tocar con siete u ocho años.
"Para él poder estudiar fue muy duro porque no tenía ni piano. Por eso yo
digo que él me da raya y salida, como decimos en el billar, de aquí a Japón.
Imagínate tú, que pasó mucho trabajo y que tenía que ir a pie a estudiar. Si
ya yo nazco con un piano, con mi papá que me puede dar clases, con un
maestro que viene a la casa y con el plato caliente de comida para almorzar
y cenar, no es lo mismo". La madre de Bebo, Caridad Amaro, se ganó cinco
pesos en una lotería y le pudo por fin comprar un piano: "Costó tres pesos,
pero estaba en el comején de arriba abajo y se cayó". "Se derrumbó",
corrobora Chucho (ríen los dos). 

Por el domicilio de los Valdés, en el barrio de Santa Amalia, pasaban
músicos como Ernesto Lecuona, Osvaldo Farrés, Portillo de la Luz, Bola de
Nieve, Celia Cruz... -ella no salía de allá, dice Bebo- Chucho recuerda
cuando oyó por primera vez Novia mía. "Estaban sentados en el portal, porque
esa gente venía con la guitarra, y yo atrás con el piano, y José Antonio
[Méndez] cantaba: 'novia mía, desde el primer y fiel abrazo...". "¡Qué
lindo! Y los arreglos, gratis", se ríe Bebo. Y Chucho: "Y la parte del piano
también, porque tú sabes que en ese tiempo...". 

Bebo Valdés entró en Tropicana en 1948. Un pianista que tocara allí tenía
que saber música suramericana, zarzuela, jazz, el repertorio cubano... A
finales de los cincuenta, Chucho estaba en todos los ensayos. "Andábamos
todo el día juntos. Iba conmigo a todas partes (Bebo baja la voz), hasta a
buscar hembras". Bebo Valdés grabó un disco en español de Nat King Cole -yo
fui el que le enseñé, aunque nunca aprendió a decir cachito, decía
cachirou-, y en 1959, dirigía la orquesta Sabor de Cuba, con Chucho al
piano. Los cantantes eran nada más y nada menos que Pío Leyva, Fernando
Álvarez y Rolando Laserie. 

El piano es una extensión de ambos. "Si me lo quitan es como matarme",
confiesa Bebo. "Cuando no tenía piano en Cuba, me quedaba en la escuela al
cierre hasta que los guardas me agarraban y me botaban de allí". "Hay
pianistas que tocan muchas notas y son genios", explica Chucho. "Ejemplo,
Art Tatum. Hay otros que no tocan muchas notas y también son genios, como
Monk. Yo, en la teoría de mucho y poco no creo. Me preocupa más la
originalidad. La improvisación es como una conversación. Hay momentos que
tienes que hablar despacio. Y si te emocionas, pues hablas más fuerte y
hasta puedes hablar muy rápido. Estoy en contra del que toca para el
aplauso, para impresionar. Hay dos tipos de virtuosismo. El del poder de
síntesis lo tiene Bill Evans, el gran poeta; el del poder de tocar un millón
de notas, todas con swing, y dentro del tiempo, Oscar Peterson". 

Para rodar el documental 'Old Man Bebo', Carlos Carcas ha seguido a Bebo
Valdés durante siete años. Y se pasó nueve meses montando las 200 horas de
material a partir de viejas fotos, entrevistas con hijos, hermanos y amigos,
filmaciones añejas... "Vi un retrato mío de 1948 y no me conocí", asegura
Bebo. Y Chucho, bajando la voz: "Hay otra foto que yo traje en la que él
está con una tremenda mulata abrazado. Y le dije: 'mira, hmmm". Bebo se ríe:
"Bueno, de eso ha pasado ya una tonga de años". "Desde que él y el hermano
tenían 13 o 14, yo me levantaba por la mañana cuando estaban dormidos, y
para joderlos, tiraba de la sábana. Y veía que había semen... Que los
muchachos (con la mano, Bebo hace el gesto de masturbarse). Hablé con unas
amigas mías que tenían el lugar para eso, y les dije: 'yo lo pago por
adelantado, pero tienen que tener los dos esto que ya tú sabes (simula
ponerse un preservativo)'. Un domingo me los llevé y los puse con ésta -a
Chucho- y con ésta -a Raúl-. Y de ahí, los domingos les daba cinco pesos a
cada uno y ya iban solos. Es lo único que podía hacer un padre por un hijo
¿no?". Chucho agacha la cabeza tapándose la cara con la palma de la mano. 

Se reencontraron en 1978 en Nueva York, en una cafetería de la Séptima
Avenida. "Yo sabía desde hacía una semana que Bebo estaría allí. Muchas
emociones. Iba a verle después de 18 años, a conocer a Bill Evans en persona
y era el debut de Irakere en Estados Unidos, en el Festival de Jazz de
Newport". Bebo se dejó sus buenos dólares en el concierto del Carnegie Hall,
invitó a todo el mundo. "En el camerino, un tipo que me dijo: 'usted ve cómo
Cuba hace a los músicos...'. Y me fui". "Deja la política, túmbala", le pide
Chucho. 

Chucho Valdés tocó con el grupo Irakere en Estados Unidos gracias a las
medidas del presidente Carter. Ya no pudo volver a hacerlo, por las
prohibiciones, hasta 1987. "Hazte idea que esa prohibición hubiera existido
en la década de cuarenta. No se hubieran encontrado Mario [Bauzá], Machito y
Chano Pozo con Parker y Gillespie, el bebop con la cosa afrocubana. Cuando
tú prohíbes el arte estás parando el desarrollo de la cultura". En Estados
Unidos le tratan de maravilla. Le admira gente del cine como Jack Nicholson,
Sidney Pollack, Whoopi Goldberg... "Tengo una foto peleando con Mohamed Alí.
En el 96 yo estaba trabajando en un club de Nueva York y él supo que era mi
cumpleaños. Me invitó a comer en un restaurante. Me regaló la trusa [calzón]
y los guantes". 

Irakere, el grupo que Chucho creó en 1973, ha dejado su impronta en el jazz
latino y la música cubana bailable. Como ya hiciera Bebo con su orquesta del
batanga, usaba la polirritmia de los tambores batá, legado de los yorubas
que llegaron como esclavos a Cuba. "Ha sido una escuela de cuatro
generaciones. La favorita mía fue la primera con Paquito [D'Rivera],
Sandoval [Arturo], Varona y Averhoff. La sección de metales más importante y
más violenta que yo haya escuchado. Tenía que vivir con el lápiz en la mano
y tratando de complicar más las cosas para ver si me daban un descanso. La
gente decía: 'es que en Irakere los arreglos son muy complicados'. ¡Claro!
¿Qué le puedo escribir a Arturo? ¿Qué le voy a escribir a Paquito? Podían
tocar cualquier cosa haciendo chistes". 

En 1990, cuando Bebo supo que su hija Mayra Caridad iba a actuar en un club
de París, cogió un avión en Estocolmo. "Cachita estaba cantando y al
presentarme en la sala se echa a llorar. Subo al escenario y le doy un
abrazo, pero no se le quitaba. Yo la dejé de cuatro años en Cuba. Me dijo:
'acompáñame en un número'. Toqué y llantos y más llantos", recuerda. "La
otra hija, Miriam, tenía una hija que yo sabía que estaba en estado y quería
verlas. Fui hasta Blois, donde vivía la nieta. Nunca la había visto. A las
siete de la tarde le entran los dolores y una hora después nace la niña. Mi
bisnieta. Hay una foto en el hospital en la que estoy con ella en brazos, mi
hija a un lado y mi nieta al otro. Cuatro generaciones. Eso no se me va a
olvidar jamás". 

Mientras el mambo recorría el mundo, el batanga de Bebo resultó un fracaso.
Le duele todavía. "Porque me costó mucho trabajo hacerlo y muy poco
desbaratarlo". Fue a los cabildos a escuchar los tambores rituales. Tomó uno
de los ritmos sagrados y le cambió algunas cosas. El fracaso, curiosamente,
empezó con éxito. Los dueños de la Cadena Azul de radio contrataron a la
orquesta del batanga para tocar los domingos. Había colas de una cuadra y
media para entrar en el estudio de la calle Prado. "Se llenaba el auditorio,
1.200 personas, pero nadie [se refiere a patrocinadores] compró eso y se
acabó". 

Chucho Valdés, que acaba de grabar discos con Charles Aznavour y Pablo
Milanés ?"acompañar es más difícil que tocar solo. El pianista tiene que
servirle la mesa al cantante para que se sienta bien"?, dio su primer
recital en 1993 en Montreal. "Las piernas me temblaban. Yo tocaba con
Irakere y no estaba acostumbrado. Y menos en un festival con Herbie Hancock,
Chick Corea, Jarrett? Busqué mi identidad en el tumbao cubano y en hacer
versiones. Ahí me di cuenta de que sí podía hacerlo". Años más tarde,
también en Montreal, lo programaron en la iglesia de la Santísima Trinidad,
templo de concertistas clásicos. "La directora me dijo: 'mira, si no te
aplauden, no te asustes, y si se va la mitad de la gente, tampoco porque
ayer tocó un pianista de jazz muy importante y se fue casi todo el mundo'.
Yo pensé: '¿qué voy a hacer ahora?'. Primero toqué Les feuilles mortes al
estilo barroco y cuando terminé con un preludio de Bach el público se puso
en pie y empezó a gritar. Entonces le metí tumbaos a Debussy. Hice lo que me
dio la gana". 

En Nueva York, este pianista torrencial ha grabado discos como Live at
Village Vanguard ?en cuarteto? y Solo en el Lincoln Center: "Estaba todo
vendido hacía semanas y hubo reventa con tiques a 500 dólares". "Cada vez
que yo tocaba en Nueva York había un señor mayor que estaba sentado allí. En
2000 me cita Blue Note para hacer un disco. Y en las oficinas estaba ese
señor. Me dice: 'quiero que grabes un disco de piano clásico'. Era Max
Wilcox, el representante que le grabó a Arthur Rubinstein los últimos 17
años de su carrera. Mandó buscar un Steinway que había en Washington y a un
ruso que era el mecánico del piano. Yo lo probé y estaba maravilloso, pero
el ruso dijo que no estaba bueno. Esperé cinco horas a que terminara de
cuadrar el piano. Y cuando le puse la mano era increíble. Nunca oí sonar un
piano así, nunca", confiesa. 

En 'Old Man Bebo' dice: "Nadie como yo sabe del talento de Bebo". "El Bebo
que yo conozco, que no es el que ustedes conocieron, que es maravilloso, es
el Bebo que se sentaba en la cocina y terminaba arreglo tras arreglo a una
velocidad y con una calidad fuera de serie; el Bebo pianista de la lectura
increíble de una partitura a primera vista; el Bebo genial director de
orquesta, de la mano segura. Ése es mi héroe. Yo me aprendí todos los solos
de piano de todos sus temas de tanto escucharlo. Y todavía me los sé. La
cadencia que tiene tocando es irrepetible". Bebo opina -"y no como padre"-
que Chucho es hoy el pianista más completo de todos porque puede tocar
cualquier cosa. "La técnica que tiene, eso es para regalarlo". "Aprendí lo
que me enseñó el señor [Chucho mira a Bebo sentado al otro lado de la mesa].
Si salí bueno, malo o regular, échenle la culpa a él" [se ríe]. 

En Suecia, hace veinte años, un médico le comunicó a Bebo que por un
problema de vértebras no volvería a tocar. "Sólo muerto", le dijo (se ríe al
recordarlo). A veces le duele la espalda, y hace siete veranos sufrió una
trombosis, pero asegura que va a tocar hasta el día que se muera. "Me quité
una vez y a los tres días estaba loco. Yo no puedo estar encerrado en casa,
mirando, ésa no es mi vida. Empecé muy temprano, así que cuando me vaya, que
sea tocando el piano. Y de golpe, pum, y fuera". 

Bebo y Chucho Valdés actúan el día 21 en Tarragona (Auditori Camp de Mart);
22 y 23, en Barcelona (Teatre Grec); 26 en Madrid (Conde Duque); 28 en La
Granja de San Ildefonso (patio de la Herradura) (Segovia); 3 de agosto, en
Zaragoza (plaza de toros), y 6 de agosto, en Sos del Rey Católico. El
documental 'Old Man Bebo' se estrenará en los festivales en otoño. 


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