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El ocaso de la unipolaridad y el renacimiento de la globalización

Eduardo Gudynas

ALAI AMLATINA, 30/07/2007, Montevideo.- Los defensores de la actual
globalización están cambiando sus argumentos. Ahora reconocen que los
procesos globales actuales generan desigualdad pero achacan los efectos
negativos al haber quedado bajo una única potencial mundial. Los mismos
ideólogos que antes consideraban que Estados Unidos, era el motor de la
mundialización, ahora sostienen que sería el culpable de un mundo
unipolar que impide una globalización balanceada. Bajo esas ideas, la
globalización actual en sí misma no tendría ninguna arista negativa,
sino que simplemente ha sido desvirtuada por la ausencia de otras
superpotencias globales.

Las evidencias sobre los impactos de la globalización son tan
abrumadoras que parecería inevitable un profundo cambio en el manejo de
los procesos globales. Pero apenas se admite que Estados Unidos
“estropeó” la globalización, tal como sostiene Steven Weber, director
del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de
California. En un análisis que publicó recientemente en la revista
Foreign Policy, junto a otros autores señala que las “malas noticias
para el siglo XXI es que la globalización tiene un lado oscuro
significativo”.

Weber considera que las ideas convencionales de la globalización son en
sí mismas muy buenas, pero advierte que proponer que sea guiada por una
superpotencia, es un camino errado. La predominancia del poder de
Estados Unidos “tiene muchos beneficios, pero la gestión de la
globalización no es uno de ellos”. “Los efectos negativos de la
globalización desde 1990 no son el resultado de la globalización en sí
misma. Son el lado oscuro de la predominancia de Estados Unidos” – dice
Weber.

Este es un ejemplo del cambio de visión en los centros globales sobre el
papel de Washington. Hasta hace poco se defendía a Estados Unidos como
motor global, policía internacional y hegemón benévolo. Influyentes
neoconservadores, como Michael Mandelbaum, no solo rechazaban que fuese
calificado como un imperio, sino que reclamaban acentuar su papel de
gobernante mundial y exigía que las demás naciones industrializadas lo
apoyaran todavía más.

Es evidente que esos razonamientos son de una superficialidad asombrosa.
Nunca se aclaran los verdaderos significados de un gobierno mundial
sentado en Washington (¿quién puede defender con seriedad que el
Congreso de Estados Unidos sirva a la representación de los demás
pueblos del planeta?). Tampoco se exploran contradicciones evidentes
tales como el uso de la fuerza militar, o el rechazo de los compromisos
globales sobre la pobreza, la paz o el ambiente.

La alternativa de una globalización multipolar también era resistida por
los neoconservadores. Por ejemplo, Niall Ferguson, de la Hoover
Institution, sostiene que “la alternativa a una única superpotencia no
es una utopía multilateral, sino la pesadilla anárquica de una Edad
Oscura”. Los neoconservadores consideran que no hay alternativa a la
unipolaridad, ya que se caería en una “apolaridad”. Por lo tanto
defienden el papel de Washington como gendarme global para evitar esa
anarquía global, donde los puertos de la economía global “serán los
blancos de saqueadores y piratas”, según Ferguson. Es un escenario de
caos y terrorismo planetario, donde este analista llega a advertir desde
Foreign Policy, que en América Latina, “ciudadanos miserablemente pobres
buscarán consuelo en la cristianidad evangélica importada por las
órdenes religiosas de Estados Unidos”.

Pero los errores y consecuencias negativas del rol de Washington han
escalado tales niveles que la idea de la unipolaridad es insostenible.
Reconocer ese problema es un paso adelante, pera esas críticas avanzan
muy poco. No ponen bajo cuestión las relaciones asimétricas de poder de
los grandes sobre los pequeños, ni la base económica y cultural de la
globalización actual. Apenas se cuestiona que el poder esté en manos de
un único país, y se postula como solución pasar a tener un grupo selecto
de superpotencias que mantenga la presión para las aperturas comerciales
y la liberalización de los flujos de capital. Sueñan con un nuevo club
del gobierno mundial que debería sumar a Inglaterra, Francia o Japón.

Se reitera así la fe en la globalización actual, y se achacan los
problemas actuales a sus aplicaciones ineficaces y defectuosas. Se
escucha que la liberalización de los mercados y los flujos de bienes,
servicios y capital no está mal en sí misma, sino que todo se ha
distorsionado por una distribución asimétrica del poder.

Las críticas a Estados Unidos tienen muchos ecos en el sur, en especial
por conocer en carne propia algunas de sus expresiones, por ejemplo en
el plano militar o comercial. Pero la perspectiva crítica no puede
quedar únicamente en ese plano, ya que suplantar a Washington por
Bruselas, no significará ninguna mejora para América Latina, sino existe
simultáneamente un cambio radical en cómo se entienden los procesos
globales.

Algunos países del sur son tentados a ingresar al club selecto de
líderes globales en un mediano plazo. Especialmente se coquetea con
Brasil, India, Sudáfrica y China. Pero más allá de esa presencia, de
todas maneras persiste una globalización asimétrica, donde hay grandes
potencias que deben “guiar”, “orientar” y “conducir” los procesos
globales, y que las demás naciones deberán seguir y acatar. El
multilateralismo estalla bajo esas ideas.

La solución no está en contrabalancear esos tratados con otros con la
Unión Europea, sino que se debe poner en cuestión los fundamentos de
relaciones internacionales basadas en jerarquías y dependencias, donde
los “grandes” conducen a los “pequeños”. La multipolaridad no es una
solución suficiente para una globalización unipolar, ya que es todo el
entramado global el que debe ser rediseñado. Esta es una cuestión de la
mayor importancia, por ejemplo, en las negociaciones de la Comunidad
Andina con Bruselas, así como en las consecuencias que podría tener el
acuerdo de “socio estratégico” que los europeos le han otorgado a Brasil.

Además, esta es una problemática que también debe considerarse en la
integración dentro de América Latina. Si ensayos como la Unión
Suramericana, apelarán a los mismos mecanismos de jerarquías y tamaños
económicos, donde los más “grandes” supuestamente deben guiar a los más
“pequeños”, terminaremos reproduciendo dentro del continente las mismas
asimetrías y consecuencias negativas que hoy observamos a escala planetaria.

- E. Gudynas es investigador en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología,
Equidad – América Latina), en Montevideo (Uruguay).

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