Creo que el triunfo de la opción de las y los jóvenes estudiantes junto al 
pueblo venezolano ha sido y sigue siendo objeto de malas interpretaciones o 
perversiones de parte de los de un lado y los del otro. Mi  respetado Alejandro 
Armengol, periodista cubano, publica en el Herald de hoy esta columna que creo 
pone las cosas en su lugar.  Saludos,
   
  Melvin
   
     El No a la intolerancia       
  
La negativa a los cambios constitucionales propuestos por el presidente 
venezolano Hugo Chávez se celebró en las emisoras radiales afines a la “línea 
dura” del exilio cubano en Miami. Sin embargo, es el resultado de una actitud 
ajena por completo a lo que se escucha a diario en éstas. Más aún, resulta un 
logro difícil de asimilar por ese sector de la comunidad proveniente de la 
isla, que al tiempo que es el más vocinglero y activo a la hora de manifestar 
su rechazo al gobierno de Caracas, resulta también el más despistado a la hora 
de plantearse tácticas efectivas para influir en un proceso de cambio. Podrán 
sumarse al carro de la victoria, como otras veces han hecho, pero sus 
conclusiones son pueriles: crear la esperanza en un efecto dominó que 
finalmente traerá el fin de Fidel Castro. La vieja ilusión que una y otra vez 
reaparece con nuevos ropajes. ¿En cuantas naciones —Unión Soviética, los países 
de Europa del Este y ahora Venezuela— fijar la mirada sin comprender lo
 que ocurre en Cuba?
No hablo de las muestras de triunfalismo pasajeras ni del afán de anotarse un 
punto tras una cadena de fracasos. Incapaces de influir en lo más mínimo en la 
situación en la isla, la radio de esta ciudad —y quienes apuestan por 
soluciones extremas— han preferido dejar de lado la menor reflexión sobre lo 
ocurrido en Venezuela, apresurarse a demostrar su entusiasmo por un triunfo que 
tiene poco que ver con ellos, sus estrategias y puntos de vista.
Es una lástima, porque lo ocurrido en Caracas encierra más de una lección para 
participantes y observadores.
Ante todo, es un triunfo de la moderación. Esta palabra no se ha escuchado, 
pese a que define el proceso. Moderación por parte de Chávez, que decidió 
someter al voto popular sus propuestas y aceptó su derrota. Moderación también 
por parte de la oposición, que decidió dar a conocer su opinión a través del 
canal establecido por la propia constitución creada bajo el mandato chavista. 
Moderación en las calles y durante una votación que se caracterizó por 
transcurrir sin mayores incidentes violentos.
Lo más importante de lo ocurrido en Venezuela es que el desarrollo del proceso 
electoral ocurrido el domingo 2 de diciembre estableció de forma transparente 
es que la opción de la violencia queda fuera, hoy es anacrónica en 
Latinoamérica. No es válida para Chávez ni para sus opositores. La aceptación 
de que ni el golpe ni el autogolpe de Estado es un camino a seguir.
Cualquier análisis de lo sucedido debe partir del reconocimiento de que en 
Venezuela se llevó a cabo un proceso de votación democrático, que el mandatario 
fortaleció su imagen internacional y que lo ocurrido contribuye a darle validez 
a su mandato, tanto en su país como en el exterior. Hay que decirlo sin miedo a 
ser catalogado de chavista y sin por ello dejar de mantener una actitud crítica 
hacia el gobierno de Caracas. De lo contrario, se cae en una burda 
demonización, pecado del que por otra parte tampoco es ajeno el gobernante 
venezolano.
Llama la atención, en este sentido, la falta de pudor de algunos llamados 
portavoces del exilio cubano más radical de Miami —republicanos y admiradores 
del presidente George W. Bush— que cuestionan el comportamiento de Chávez el 
domingo, y los resultados de la votación, sin detenerse a pensar por un minuto 
que su techo no sólo es de vidrio sino está lleno de agujeros.
La especulación sobre las cifras pasa a un plano secundario ante la necesidad 
de admitir que los procesos de izquierda por los que atraviesa Latinoamérica en 
la actualidad no son similares a las situaciones de la guerra fría. Hablar de 
una “América Latina anacrónica, demagógica, inculta y bárbara”, como hace Mario 
Vargas Llosa en un artículo publicado en el diario español El País, el 18 de 
noviembre, al referirse a los gobiernos de Chávez, Daniel Ortega y Evo Morales, 
es un enfoque tan simplista, que sólo deja a las claras que quien lo escribe se 
niega a reconocer los errores y fracasos de una tendencia neoliberal que se 
intentó imponer a todo un continente. Si la sangre se derramó inútilmente 
cuando se trató de imponer el socialismo por la fuerza, el sudor y la miseria a 
consecuencia de las políticas neoliberales sólo sirvieron en la mayoría de los 
casos para enriquecer a unos pocos. Hoy Latinoamérica rechaza en las urnas que 
se trate de perpetuar cualquiera de los dos
 sistemas, y hay que saludar este logro. El continente ha cambiado, y el 
escritor se empecina en caracterizarlo como si las situaciones descritas en sus 
mejores novelas hubieran quedado detenidas por la virtud de sus palabras.
Pero no basta con señalar la falta de honestidad al criticar votaciones ajenas 
y alabar sin tregua a un presidente norteamericano que fue designado —ante la 
ausencia de un resultado claro en las urnas— por un Tribunal Supremo, compuesto 
en buena medida por magistrados afines, durante un primer mandato. Se debe 
agregar que igual o mayor pudor deberían mostrar algunos de esos mismos 
exiliados cubanos —que tratan de imponer modelos democráticos en cualquier 
lugar del mundo que no sea Miami—, cuando ven en Chávez sólo al militar 
golpista y siguen alabando a Fulgencio Batista. Hay que limpiarse la boca de 
cualquier inmundicia batistiana, antes de poder hablar de democracia con un 
mínimo de vergüenza.
Una y otra vez leemos y oímos en esta ciudad que la popularidad o los triunfos 
electorales de gobernantes como Chávez, Ortega, Morales y Rafael Correa no los 
convierte en gobernantes demócratas, y siempre la antipatía hacia ellos impide 
analizar con un mínimo de objetividad la gestión que realizan. Al igual que 
ocurre a la hora de señalar a los terroristas, algunos de los cuales en Miami 
se transmutan en “patriotas”, se incurre en una selección ideológica: todos los 
izquierdistas son antidemocráticos, sólo que hay algunos más antidemocráticos 
que otros.
El triunfo del “No” en Venezuela trasciende los resultados electorales del 
domingo y llevará a un replanteo, tanto en las filas chavistas como 
antichavistas, de las tácticas y medios utilizados para influir en el proceso 
que se lleva a cabo en esta nación latinoamericana. Pero algunas de sus 
lecciones más inmediatas —en buena medida condicionadas por el aquí y ahora— 
pueden ayudar a enfrentar con una visión más objetiva lo que ocurre en Cuba. Un 
logro de la oposición venezolana obtenido gracias a las acciones de quienes 
viven en el país, no en el exilio, y de acuerdo a las reglas del juego 
establecidas por el gobierno, no por elementos foráneo ni presiones 
extranjeras. Una victoria que se debe en gran parte a una juventud que hasta 
hace poco no entraba en los cálculos de los políticos opuestos a Chávez.
Por varios años, una parte del exilio venezolano vio al cubano como un modelo. 
Fue precisamente ese sector del exilio venezolano el que hasta pocos días antes 
del domingo se negaba a participar en la consulta, que incluso hizo llamados a 
la abstención. El triunfo del 2 de diciembre no les pertenece. La victoria es 
de Venezuela, no de Miami. De la oposición democrática en el país. Si algo 
fracasó el domingo fue la intolerancia. No reconocerlo es empeñarse en la 
derrota, en Caracas o en La Habana.



       
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