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- INTRODUCCI�N Los ciudadanos y
ciudadanas de la Comunidad Aut�noma Vasca hemos sido convocados a emitir
nuestro voto el pr�ximo 13 de mayo. En un sistema democr�tico las elecciones
son un momento importante para ejercer con especial intensidad nuestra responsabilidad
c�vica mediante la designaci�n de nuestros leg�timos representantes. La actual coyuntura confiere a estos
comicios una importancia singular. Reconocemos con alegr�a los avances
econ�micos, culturales y sociales que se han logrado en los pasados a�os. Pero
comprobamos, al mismo tiempo, con preocupaci�n que la situaci�n de nuestra
sociedad es grave y delicada en alto grado. En tales circunstancias, ante la
pr�xima cita electoral, nos parece necesario ofrecer a nuestras comunidades
diocesanas ya todos aquellos que quieran escuchamos, una palabra extra�da de la
doctrina social cat�lica, exenta de toda pretensi�n de partidismo e inspirada
�nicamente en el deseo de contribuir al bien com�n. A partir de los resultados electorales, se constituir� el
nuevo Parlamento y se formar� el nuevo Gobierno auton�mico. Su cometido y su
raz�n de ser consiste �nicamente en procurar el bien com�n. [Cfr. "Pacem in terris",
n. 54]. Seg�n la doctrina de la Iglesia, el bien com�n "abarca todo
un conjunto de condiciones que permitan a los ciudadanos el desarrollo pleno y
sin trabas de su propia realizaci�n". ["Mater et magistrum", n. 65]. Afecta, pues, a toda la
persona y a todas las personas de nuestra comunidad. Porque afecta a toda la persona engloba "tanto la prosperidad
material como los bienes del esp�ritu". ["Pacem in terris ", n. 57]. Por ello, el Gobierno
resultante de las elecciones habr� de procurar, al mismo tiempo, entre otros
bienes, la prosperidad econ�mica, la justicia laboral, las pensiones dignas y
suficientes, la competente atenci�n sanitaria, la educaci�n en valores para las
j�venes generaciones, la mejora de la condici�n de la mujer, la protecci�n de
la familia, la pol�tica cultural y ling��stica abierta, la solidaridad con
pueblos pobres y la acogida de sus emigrantes, y, por encima de todo, la
defensa eficaz de la vida humana en toda su trayectoria, desde el primer
instante hasta el �ltimo aliento de su existencia. Porque el bien com�n se extiende a todas y cada una de las
personas, el gobierno a su servicio habr� de velar no s�lo por los intereses de
la mayor�a que lo apoya, sino tambi�n por las justas aspiraciones de las
minor�as. Habr� que respetar y hacer respetar, por tanto, la leg�tima
pluralidad de la sociedad a la que sirve.
I. LA SITUACI�N Los requisitos del bien com�n son v�lidos para todas las
latitudes y momentos. Deben inspirar toda la vida c�vica. Pero necesitan ser
rele�dos y actualizados en cada situaci�n diferente. Nos proponemos evocar
escuetamente los rasgos m�s salientes de nuestra actual coyuntura. 1.- El deseo de una paz justa y estable
es un anhelo compartido por la inmensa mayor�a de este pueblo. Pero los
desencuentros a la hora de concebirla y de procurarla son profundos y preocupantes.
Tales desencuentros han ido derivando en rudos enfrentamientos entre las
diferentes formaciones pol�ticas. Los diversos partidos han mantenido sus
posiciones pr�cticamente intactas. El intercambio se ha producido, con
frecuencia, a trav�s de mutuas descalificaciones en los medios de comunicaci�n
social. Esta praxis recorta notablemente las posibilidades de un di�logo
constructivo postelectoral. Especialmente en una sociedad en la que las
opciones y sensibilidades pol�ticas dividen a este peque�o pa�s pr�cticamente
en dos mitades, agudizar y mantener el enfrentamiento no es un camino para la
paz. 2.- La renovada violencia
terrorista tras catorce meses de ilusi�n ha recrudecido notablemente este
enfrentamiento y ha obstaculizado las posibilidades de aproximaci�n. La cadena
larga de asesinatos vulnera algo intangible que es el quicio de toda
convivencia digna de este nombre: el respeto absoluto a la vida humana. Sigue
sembrando el miedo en muchos ciudadanos que viven amenazados simplemente por
expresar sus convicciones pol�ticas o por cumplir sus deberes c�vicos. Lesiona
el criterio b�sico de la democracia: la libertad para exponer y promover
pac�ficamente las propias ideas. Un n�cleo m�s o menos amplio de personas y
grupos afines a ETA practican la violencia callejera con apoyo expl�cito y
cobertura eficaz a sus acciones. Esta sociedad soporta peor cada d�a tales
actuaciones violentas. Se consolida en ella la firme convicci�n de que las
reales diferencias pol�ticas existentes pueden y deben encauzarse por v�as
estrictamente pac�ficas y democr�ticas.
3.- Aunque, seg�n nuestra opini�n, la cohesi�n de nuestra sociedad es,
por fortuna, m�s s�lida de lo que parece, el clima de ruda y persistente
confrontaci�n pol�tica aireado desmesuradamente cada d�a en bastantes medios de
comunicaci�n y agudizado hasta el extremo por los estragos de la violencia,
puede acabar produciendo una notable fractura social cuyos primeros atisbos
empiezan a despuntar en algunos momentos tensos de nuestra vida c�vica. Esta
brecha en la sociedad ser�a un mal tan grave, dif�cilmente resta�able y cargado
de graves consecuencias para el futuro. La historia testifica que las heridas
hondas de la sociedad tardan d�cadas en cicatrizar. La divisi�n social produce
resentimientos de larga duraci�n. Evitar esta escisi�n ha de ser un empe�o fundamental
del Gobierno resultante y de la sociedad entera. 4. El dolor producido por la crudeza del momento presente y
la preocupaci�n por su suerte futura afectan a una mayor�a notable de nuestra
sociedad, hasta el punto de alcanzar el volumen de un clamor popular que aboga
en�rgicamente por el final de tanto sufrimiento y enfrentamiento. Este pueblo
anhela un futuro en el que se armonicen identidad y solidaridad, libertad y
concordia, prosperidad y justicia social, pluralidad y cohesi�n, defensa eficaz
de la vida y libertad de sus miembros, y respeto efectivo de los derechos
b�sicos de todos los individuos y de todos los grupos de la sociedad. Todos estos factores tienen especial
incidencia en nuestra situaci�n presente. Quienes acudamos a la cita electoral
del 13 de mayo habremos de emitir nuestro voto con el prop�sito de contribuir a
atajar estos males y obtener los bienes deseados. II. LA CLAVE Estos bienes est�n contenidos, junto con otros
muchos, en el rico concepto b�blico y teol�gico de paz, que engloba el
bienestar y la prosperidad material y espiritual, as� del individuo como de la
sociedad. Para la fe cristiana la paz es otro nombre de la salvaci�n que el
Padre, "Dios de la paz", ofrece y realiza por medio de Cristo,
"nuestra paz", y actualiza por el Esp�ritu Santo. [2 Cor 13, 11; Ef 2, 14; Rm 14, 17]. A nosotros nos corresponde
recibir de Dios esta paz y transmitirla, siendo "constructores de la
paz" en esta tierra. [Mt 5, 9]. Ella ser� siempre "imagen y efecto de
la paz de Cristo que procede de Dios Padre". [Concilio Vaticano II,
Gaudium et spes, n. 78]. Tendr� siempre un coeficiente de fragilidad, debido a
la debilidad humana tendente al ego�smo, al dominio y a la desuni�n. No ser�
nunca, por tanto, "algo del todo realizado, sino un perpetuo quehacer".
Siempre es obra de la justicia y "tambi�n fruto del amor, que sobrepasa
todo lo que la justicia puede realizar". [Ibid]. De la amplitud del concepto cristiano de paz extraemos ahora
solamente un pu�ado de rasgos que estimamos de mayor utilidad iluminadora y
orientadora para el momento presente. En este concepto, le�do a la luz de
nuestras actuales circunstancias, nos inspirarnos al proponer a los cristianos
como criterio moral clave el lema elegido para nuestro "Encuentro
Oracional por la Paz", celebrado en Armentia en el mes de enero de este
mismo a�os: "Entre todos PAZ para todos". Dicho lema es una clave
ut�pica en el sentido riguroso y positivo de esta palabra: no marca una meta
que pueda alcanzarse plenamente; pero se�ala una direcci�n en la que es preciso
avanzar constantemente. 1. Paz La
paz verdadera no puede ser, en modo alguno, fruto de la imposici�n de un grupo
sobre el resto de la sociedad. No llega todav�a a implantarse del todo por el
mero triunfo democr�tico de cualquier opci�n pol�tica sobre las dem�s. Se
consolida sobre tierra firme cuando todos los grupos de ciudadanos tienen
conciencia viva de pertenecer a esta comunidad, voluntad clara de convivir y
colaborar en su servicio y disposici�n a las renuncias necesarias para una verdadera
integraci�n. Supone como premisa b�sica e irrenunciable la defensa absoluta de
la vida y el respeto a todos los derechos humanos. Se realiza en el
reconocimiento te�rico y pr�ctico de los valores de "la verdad, la
justicia, el amor y la libertad". ["Pacem in terris", n. 163]. Se va asegurando en la
medida en que las leg�timas aspiraciones y sensibilidades pol�ticas existentes
en la comunidad van aproxim�ndose a una concertaci�n. Se abre, en fin, a una
reconciliaci�n en la que se entrelazan la generosidad de perdonar y la humildad
de pedir perd�n. Las elecciones de
mayo deben ser, en su preparaci�n, en su realizaci�n y en sus consecuencias, un
paso decidido hacia esta paz. 2. Entre todos y para todos a) Entre todos Todos
los ciudadanos estamos invitados y moralmente obligados a ser art�fices de la
paz. No s�lo los pol�ticos y los gobernantes, la escuela y la prensa, los
grupos sociales y la comunidad cristiana. Nadie debe excluirse, ni excluir, ni
ser excluido de la edificaci�n de la casa com�n, mientras de ver�s busque
construir, no destruir. Todos somos necesarios en esta tarea gran tarea con
nuestras diferencias, tensiones e incluso contraposiciones. Con tal que
convirtamos nuestras lanzas en podaderas y nuestras espadas en rejas para arar.
[Cfr. Is 2, 1-4]. Tenemos ahora en nuestras manos una herramienta constructiva:
el voto. Utilic�mosla. b) Para
todos Todos los ciudadanos somos tambi�n, en principio, beneficiarios de la
paz. En la casa com�n hemos de caber, apret�ndonos, todos aquellos que por la palabra
o los hechos no se autoexcluyan de un proyecto compartido. Lejos de empecinarse
en cualquier proyecto excluyente, este pa�s necesita, sea cual sea la f�rmula
de gobierno por la que opte tras las elecciones, un proyecto integrador. La paz
verdadera y plena ha de tener la ambici�n de acabar ganando para su causa
incluso a los m�s recalcitrantes. Tiende a ser, por su propia din�mica, una paz
para todos. Si las pr�ximas elecciones nos disponen a buscar la paz entre todos
y para todos, ser�n un hito se�alado en este caminar doloroso que est�
suponiendo para nuestro pueblo un verdadero calvario. III. LA CAMPA�A ELECTORAL
La finalidad de una campa�a consiste, en principio, en ofrecer a los electores
la informaci�n y reflexi�n que les ayude a una elecci�n responsable. En la
pr�ctica, toda campa�a es tiempo de confrontaci�n de proyectos. Por esta raz�n,
se carga muy frecuentemente de pasionalidad y genera o acent�a un grado de
animosidad entre las diversas opciones pol�ticas. 1. Los partidos Los electores convocados a las urnas
necesitamos escuchar de los partidos programas realistas que ofrezcan v�as de
soluci�n a cada uno de los principales problemas de esta sociedad, evocados a
lo largo de esta carta. Tenemos derecho a o�r de los pol�ticos mensajes veraces,
respetuosos con las instituciones nacidas de la voluntad popular. A ellos
corresponde confirmar y corroborar ante el pueblo la nobleza de la actividad
pol�tica, que se dignifica a s� misma cuando la contienda electoral discurre
por los caminos de la lealtad y el respeto para con los adversarios, y cuando,
lejos de dificultar futuros entendimientos, el tono de la campa�a favorece la
aproximaci�n de los partidos tras la liza electoral. Con todo, los ecos de la precampa�a nos hacen temer que esta
campa�a vaya a ser especialmente virulenta. El apasionamiento puesto al
servicio de los intereses electorales es especialmente virulenta. El
apasionamiento puede conducir a las diversas formaciones pol�ticas a ofrecer
mensajes enga�osos, a utilizar el miedo como arma electoral, a envolver en la
misma valoraci�n condenatoria lo leg�timo con lo inaceptable, a descalificar y
calumniar a los adversarios, a utilizar de forma partidista los medios de
comunicaci�n social p�blicos. Una campa�a dise�ada o realizada en estos par�metros
ser�a �ticamente censurable, no s�lo porque se asentar�a en la mentira y en la
manipulaci�n, sino porque ahondar�a m�s la brecha social, haciendo as� m�s
dif�cil el objetivo de una paz construida entre todos y destinada para todos. 2. Los medios de comunicaci�n social En
este punto los medios de comunicaci�n social pueden y deben jugar un papel
socialmente saludable. Pueden contribuir en grado notable a la limpieza y
serenidad de la campa�a contrastando rigurosamente las noticias, ofreciendo un eco
moderado a aquellas que sean socialmente disolventes, aportando reflexiones y
comentarios mesurados sobre los programas en liza, invitando a los partidos a
una confrontaci�n civilizada, ayudando a la ciudadan�a a mantener la calma,
cultivando continuamente la cohesi�n social. Pero pueden tambi�n atizar los �nimos subrayando
desmedidamente los episodios agresivos, enzarzando a los protagonistas
pol�ticos, haci�ndose eco acr�tico de los partidos afines y resonancia
hipercr�tica de los partidos adversarios, acentuando el nerviosismo y la
pasionalidad de los electores, anteponiendo las propias opciones ideol�gicas y
ventajas econ�micas a la verdad, la justicia y la concordia. El trabajo de los MCS ha de orientarse
desde la campa�a a preparar el "d�a despu�s" de las elecciones, en el
que sean menos dif�ciles y m�s viables aquellas f�rmulas pol�ticas que mejor
preparen la paz. IV. PARTICIPAR Muchos electores se sienten especialmente
motivados para participar en la hora crucial de las votaciones, Algunos pueden todav�a
sentirse tentados a abstenerse por la decepci�n, la indiferencia, la pasividad,
la comodidad, la perplejidad, el temor a complicaciones, la presi�n social.
Aunque no negamos que en algunos casos la abstenci�n pueda ser razonable, las
razones para que lo que fuera en esta coyuntura deber�an tener un peso notable.
Participar mediante la emisi�n de nuestro voto parece el comportamiento m�s
coherente con los dictados de la �tica pol�tica. "Todos los ciudadanos
deben recordar -dice el Concilio Vaticano II- que tienen el derecho y el deber
de utilizar el sufragio libre para promover el bien com�n". [Concilio
Vaticano II, Gaudium et spes, n.75].
Votar a una u otra formaci�n pol�tica no debe constituir simplemente una
costumbre mec�nica, heredada. El voto libre y responsable es, ante todo, aquel
que se emite tras el examen cuidadoso de los programas que se proponen, de los
partidos que los presentan y de las personas que se comprometen a llevarlos
adelante. La libertad interior y
subjetiva del voto reclama imperiosamente la libertad exterior y objetiva.
Ser�a una grave falta moral coaccionar violenta o sinuosamente la libertad de
voto de cualquier ciudadano. Unas elecciones son tanto m�s limpias cuanto mejor
garantizan esta libertad personal.
V. MANTENER LA ESPERANZA No podernos negar que nuestra sociedad ha
llegado a una situaci�n muy preocupante. Pero no queremos olvidar que la
esperanza y la cohesi�n de los pueblos alberga recursos escondidos que no se
agotan f�cilmente. Con los ojos de la fe los creyentes percibimos en este fondo
sano, solidario, esperanzado, de muchos ciudadanos un fermento discreto y
eficiente, depositado por la resurrecci�n del Se�or. En la hora presente
pedimos con insistencia al Esp�ritu que active este fermento en las entra�as de
nuestro pueblo. Estamos seguros de ser acompa�ados por una inmensa muchedumbre
de creyentes en esta ardiente plegaria. Santa Mar�a de la Paz, a quien nuestro
pueblo cristiano venera con filial cari�o especialmente en Est�baliz, Ar�nzazu
y Bego�a nos ayudar� a responder fielmente al triple encargo que Juan Pablo II
encomendaba a la inmensa muchedumbre reunida en Armentia: "Sed amigos de
la paz, orantes por la paz, constructores de la paz." Bilbao, San Sebasti�n y Vitoria 19 de
abril de 2001+ Ricardo, Obispo de Bilbao * Juan Mar�a, Obispo de San Sebasti�n
* Miguel, Obispo de Vitoria * Carmelo, Obispo Auxiliar de Bilbao |
