
| EDITORIAL PRENSA
ASTURIANA |
Director: Isidoro
Nicieza |
| El sitio de Unamuno, 70 años
después | |
LUIS ARIAS
ARGÜELLES-MERES Cuando me creáis más muerto /
retemblaré en vuestras manos. / Aquí os dejo mi alma-libro, /
hombre-mundo verdadero. / Cuando vibres todo entero / soy yo,
lector, que en ti vibro.
(Unamuno)
¡Ésta es mi
Atlántida! ¡Ésta es mi Ínsula Barataria! Aquí me vistan en larga
estantigua, en procesión de almas doloridas, todos los que en los
largos siglos sufrieron la pasión trágica de mi España; aquí vienen,
aves consoladoras a la par que agoreras, las almas de todos aquéllos
que sufren persecución por su Justicia, por su espíritu de Justicia
y verdad, las almas de todos aquéllos que sucumbieron al poder
infernal del Santo Oficio de la Inquisición. (Unamuno)
Energúmeno de las letras hispanas, según Ortega. Don
Quijotesco Unamuno, al decir de Machado. Fue la disonancia y la
disidencia. La voz que elevó más la protesta entre los intelectuales
españoles contra la dictadura de Primo de Rivera, lo que le costó un
destierro, muy fecundo literariamente. Así, los libros «Paisajes del
alma» y «La agonía del Cristianismo». Disonante su decir poético que
rompía ritmos y rimas. Y, a pesar de eso, acaso el rector salmantino
haya sido, ante todo y sobre todo, un poeta, como bien sugirió Luis
Cernuda. Pocos hombres de su tierra arremetieron tanto contra
Sabino Arana: «Aquel ingenuo, aquel hombre abnegado llegó a decir en
un momento: "Si un maqueto está ahogándose y te pide ayuda,
contéstale 'Eztakit erderaz' ('No sé castellano')". Y él apenas
sabía otra cosa, porque su lengua materna, la que aprendió de su
madre, era el castellano».
Se cumplen hoy setenta años de
uno de los episodios más deplorables de la historia contemporánea de
España, como fue su incidente con Millán Astray, aquel 12 de octubre
de 1936. Un militar dando mueras a la inteligencia y vivas a la
muerte, frente a un Unamuno anciano, pero lúcido, que, ni siquiera
en un momento así, se calló. Se cuenta que lo sacaron de allí y que
los tres meses de vida que le quedaron hasta la Nochevieja del 36,
en que falleció, fueron un silencio agónico, contrario al sentido
que don Miguel le daba a la vida y al propio término agonía como
lucha.
Alguien escribía recientemente sobre él
adscribiéndolo con reservas a eso que se ha dado en llamar la
«tercera España». No, don Miguel era al tiempo la España entera y,
sobre todo, como en su momento escribió: «Yo, Miguel de Unamuno,
como cualquier hombre que aspire a conciencia plena, soy especie
única».
Desde el advenimiento de la República, el
intelectual más heterodoxo de la España de las décadas anteriores se
fue distanciando del nuevo Estado. En su momento, llegó a manifestar
su simpatía por los que se sublevaron, hasta que llegó aquel militar
que lo hirió en sus más sagradas convicciones. Se cuenta que, entre
los asistentes a aquel acto en el Rectorado salmantino, estaba
Pemán. Por mucho que se pretenda forzar la historia, la España de
Unamuno y la de Pemán se oponían entre sí. Pudiera decirse que se
repelían.
Una vida entre guerras, entre las carlistadas
últimas y la guerra civil española, que acaso, como se apuntó, fue,
entre otras, una de las últimas derivas de aquel delirio
decimonónico tan fraticida.
¿Se imagina alguien a Unamuno
callado en la España franquista, de haber vivido más años? ¿Se
imagina alguien a Unamuno complaciente con las derivas de la extrema
izquierda de entonces? ¿Se imagina alguien a Unamuno enmudecido?
Tras su muerte, sobrevino en España «una era de atroz
silencio», como vaticinó Ortega. La España franquista venció, pero
no convenció como clamó Unamuno en su Rectorado. Vivió y escribió
siempre «contra esto y aquello» y «contra éstos y aquéllos».
En todo caso, la independencia de criterio, la libertad de
expresión hecha clamor, el individualismo convertido en himno, y así
un largo etcétera, emplazan a Unamuno a ser una figura sin sitio,
sin acomodo posible. Lo que no puede ni debe llevarnos a olvidar que
si sobre algo se manifestó siempre entusiasta fue sobre el
liberalismo nacido en las Cortes de Cádiz, nada que ver con el
liberalismo económico, al que también combatió. Primer gran
existencialista de la Europa del siglo XX, según señaló Gabriel
Marcel. Hombre «con ideas de lechuzo», tal y como lo definió Blas de
Otero, negando un ascendiente innegable. ¿Qué vino tras Unamuno?
El silencio de la dictadura. El dolor del exilio. ¿Qué vino después?
¿Qué hay ahora en los ámbitos frecuentados por don Miguel?
Oigámosle: «Los bárbaros exigen que cada uno de nosotros se aliste
en sus bárbaras mesnadas; pero una vez que se ha instalado uno en
una de ellas le hacen allí imposible toda vida de libertad. Exigen
que se barbarice».
En cierta ocasión le dijeron: «Don
Miguel, aquí tiene usted a los cinco jabalíes de la Cámara». Cuentan
que Unamuno respondió: «Imposible, los jabalíes van solos o en
pareja; los que van en piara son los cerdos».
El sitio de
Unamuno es la soledad, título de un ensayo suyo, en el que su prosa
alcanza el lirismo más sublime y logrado. La soledad del liberalismo
español, tan olvidado, tan ultrajado, tan manoseado por sus enemigos
más acérrimos. El sitio de Unamuno es la heterodoxia. Frente a él,
don Marcelino. Con don Miguel, el Quijote que, a golpes de lirismo
conmovido y conmovedor, forjó y se inventó más allá de Cervantes. Su
figura está donde señaló Ortega a su muerte: «más allá de cualquier
horizonte conocido».
Repárese en que es el único gran
maestro de las letras hispanas contemporáneas que jamás tuvo
discípulos. Y, hablando de paradojas, tan queridas por don Miguel,
su «sitio» pudiera estar retemblando en la Sociedad El Sitio, de su
amado Bilbao, templo por excelencia del liberalismo
español.
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