
| EDITORIAL PRENSA
ASTURIANA |
Director: Isidoro
Nicieza |
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JOSÉ MARÍA RUILÓPEZ Las madres y los hijos se parecen en que para los
hijos de aquéllas o para los padres de éstos ninguno tiene
defectos. Los niños que maltrataron durante dos años a un
compañero de clase y que lo grabaron en vídeo para sus padres deben
ser modélicos, pero para los demás son lo que usted está pensando.
La malicia infantil no tiene un límite conocido. Y la culpa no está
sólo en una idiosincrasia propia del ser humano, sino en lo que ven
en casa, y al decir en casa no me refiero sólo al ejemplo de sus
padres, sino a esas cuidadoras electrónicas que se llama TV,
ordenador, cine, juegos, «gameboy», «playstation», y todo ese
entorno informático que transmite violencia sin fin a los
menores.
Se ha trasladado la violencia de los
profesores de la época franquista y años posteriores a los niños. Me
cuentan que un fraile de La Salle, en El Entrego, el colegio llamado
de los «baberos», dejó el amargo rastro de una rotura de un dedo a
un alumno de una paliza, un reventón de tímpano de una bofetada a
otro y un largo etcétera de agresiones impunes. Toda esta violencia
y otra ya conocida de esa época, permitida por un sistema basado en
la represión y el silencio, con unos padres desconocedores
conscientes de la inocencia de sus hijos y contaminados de esa misma
represión ambiental, se ha trasladado a los alumnos. Por una parte,
la falta absoluta de disciplina y orden. Unos términos apropiados
por la derecha que la izquierda no ha querido acoger como fundamento
de una convivencia pacífica y civilizada en las aulas, considerando
que eran posturas radicales y reminiscencias de un sistema caduco.
Todo ello convirtió a los pupitres en verdaderas trincheras de
ataque y defensa, donde los profesores no llegan a ser ni árbitros
ni partícipes. Son espectadores pasivos y aburridos, desautorizados
y anegados de desánimo. El alumnado campa a sus anchas en los
colegios, que ya son el territorio donde se puede hacer de todo
impunemente, llegando incluso a agredir a los propios profesores,
que callan temerosos del director que predica la discreción para no
desprestigiar al centro, o para no entrar en conflicto con los
padres, muchas veces equivocados, que creen primero a los hijos que
a los docentes. En este panorama de violencia estudiantil,
fracaso escolar, debilidad educativa, carencia de conocimientos
básicos, una igualdad entre sexos donde las chicas ya han superado
en casi todo (lo malo) a los varones. Donde el alumno se ha
convertido en un agresor dominado por su idiosincrasia indómita.
Donde los pacíficos son las víctimas propicias de aquellos que
siempre hubo en los colegios: verdaderos matones que de pequeños van
a mayores con la misma conducta. No hay más que ver los desmanes
urbanos de Barcelona hace unos días. Las revueltas del «botellón» en
diversos lugares. En todo esto no hay reivindicaciones políticas,
sino simplemente ganas de destruir. Lo decía hace un poco un
psicólogo. Lo tienen todo ya hecho, ahora les toca destruir para
volver a empezar. Será el devenir humano.
Un panorama donde
los profesores no imponen orden porque nadie apoya con leyes su
postura. Donde algunos padres fueron los matones de antaño, y ahora
quieren ser la reencarnación de sus retoños. Y donde la
Administración da la espalda poniendo cara de «yo no fui», hay que
preguntarse, ¿quién va a poner el cascabel al gato para iniciar,
siquiera, un camino de normalidad en los colegios? Se están
fraguando complejos de inferioridad, traumas psicológicos, fracasos
escolares, futuros jóvenes violentos de ambos sexos, bajas laborales
del profesorado por depresión, y todo un complejo, pero conocido,
desequilibrio educativo al que nadie pone freno ni en el ámbito
nacional, ni autonómico, ni municipal. Y todavía no han llegado los
conflictos raciales de las nuevas generaciones de
inmigrantes.
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