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| Sábado,
14 de octubre de 2006, actualizado a las 12:26 |
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LA
RESPONSABILIDAD DE LOS INTELECTUALES Cadáveres en el armario
JOSÉ-CARLOS MAINER
BABELIA -
14-10-2006
El intelectual -esto es, el escritor en cuanto catalizador
de ideas sociales- piensa y siente por todos: su tarea es anticiparse,
comprometerse, persuadirnos. Se equivoca muy a menudo porque opera en el
territorio salvaje de los intereses políticos a los que quisiera aplicar
categorías morales. Cuando ocurre así, no es fácil percibir que nos ha
engañado porque, en rigor, nos ha hecho partícipes de su propio engaño. Una
burilada y cáustica novela de Kazuo Ishiguro, Un artista del mundo
flotante (1986), lo ha descrito con sabia perversidad. Ono es un pintor
japonés que ha sobrevivido a 1945, tras haber llegado a ser el creador de
algunos de los iconos del militarismo fascista de su país. No entiende por
qué, a la fecha de los acontecimientos del relato, perjudique el porvenir
matrimonial de sus hijas, ni por qué le huyen sus vecinos y le aborrece su
mejor discípulo; a la postre, él no ha sido sino un patriota que amaba el
mundo antiguo ya desaparecido. Sólo entre líneas de su testimonio cortés y
perplejo, sentimos el aliento fétido de lo que trajo. Siempre nos
justificamos... Si bien se piensa, el discurso del intelectual-escritor es
una mezcla, en proporciones adecuadas, de la biografía que tejen sus
circunstancias y del destino que le esperaba en un momento del camino. Nos
cuenta cómo llegó ahí, cómo descubrió la verdad de las cosas, qué tragedia
nos puede reservar el futuro o qué horizonte de felicidad nos espera. Y nos
exhorta a seguir su camino, para lo que hay dos formas narrativas de
persuasión: el relato de la conversión (y su anejo, el relato de
descubrimiento) y el relato del arrepentimiento (con su
satélite, el relato de desencanto). Casi todas las autobiografías
políticas responden a la primera modalidad y, a su cabeza, la más odiosa de
todas, Mein Kampf, de Hitler: enseñan cómo se detecta el origen del
mal, cómo encontrar los culpables, cómo disponerse a la victoria del hombre
nuevo. En la literatura de los años treinta y cuarenta tuvo bastantes
epígonos españoles. Giménez Caballero diseminó por su obra los pasos de una
conversión que lo llevó desde el nacionalismo liberal a la abyecta sumisión
al líder. Y quizá la aportación más significativa de las letras falangistas
fueron relatos de esa naturaleza: tal era el subtítulo -Historia de una
conversión- de Javier Mariño, la novela de Gonzalo Torrente Ballester
acerca de cuyo verdadero significado su autor mintió tantas veces y
confundió a muchos exegetas de buena fe. Y tales fueron las olvidadas
etopeyas juveniles de otros conversos como Leoncio Pancorbo, de José
María Alfaro, o el irredimible Eugenio, de Rafael García Serrano, que
como el héroe de Camisa azul, de Felipe Ximénez de Sandoval, atufaban
a (homo)sexualidad reprimida y a miseria intelectual. Incluso algunos de los
mejores poemas del Dionisio Ridruejo de los Cuadernos de guerra
transparentan el modelo, teñido de dudas pero siempre empapado de anestésica
retórica.
Pero, en la trinchera opuesta, muchos poemas de Rafael Alberti, Juan
Gil Albert o de Arturo Serrano Plaja ilustraron otro modo de inmolación
intelectual, en forma de conversión: el camino de renuncias y solidaridad
que conducía al comunismo. Algo que, por modo más complejo y masoquista,
aparece también en la poesía de Blas de Otero, después de 1950. Prevaleció
luego, en cambio, el descubrimiento que es a modo de una
conversión más modesta, una revelación certera pero que puede quedar
en estado de inquietud o desazón dolorosos, sin más desarrollo: el chapuzón
en la vida popular, el hallazgo de la memoria de la Guerra Civil o el de la
visión del escándalo del chabolismo en las periferias urbanas compareció así
en obras -novelas y poemas- de la generación de nuestro medio siglo. A
menudo, el descubridor quiso verse como niño atónito (Cabeza rapada,
de Fernández Santos), o como burgués vagamente culpable (así los personajes
-tan sartrianos- de las primeras novelas de Juan Goytisolo): había acabado
el tiempo de los héroes, como sabían todos, y seguramente el de las
convicciones absolutas. Y sólo quedaban palabras en voz baja o clandestinas:
¿se ha reparado en la importancia -casi sacramental- de la conversación en
los relatos españoles de 1950-1965, así como en la paralela reflexión de los
poetas acerca de la idoneidad del testimonio verbal de tanta soledad y tanta
duda? (el lector curioso tomará nota de esto cuando relea El Jarama,
de Sánchez Ferlosio; Entre visillos, de Carmen Martín Gaite, pero
también Compañeros de viaje, de Jaime Gil de Biedma, y Áspero
mundo, de Ángel González).
El arrepentimiento es, en el fon do, el envés de la conversión:
escenifican lo mismo -la fuerza de una revelación, el profetismo que
sobreviene a quien la recibe- y provocan parecidos resultados. La ruptura
con el comunismo impregnó muchas novelas de Ramón J. Sender, tan ricas de
alegorías de la culpabilidad y de añoranzas de la inocencia: algunas
estropeadas por el maniqueísmo -Los cinco libros de Ariadna-, otras
por las derivas místicas -La esfera-, pero la mayoría ungidas por la
honda poesía -Crónica del alba- y por la fantasía risueña -El
verdugo afable-. La narración del desencanto por la militancia
izquierdista y la búsqueda de otros arrimos afectivos tiene entre nosotros
dos ciclos de referencia: el iniciado por Juan Goytisolo en Señas de
identidad y el de su hermano Luis, Antagonía, tan dispares y a su
vez complementarios.
Si un día, que lo dudo, se perdiera entre nosotros la memoria del
franquismo y sólo quedara el almíbar costumbrista de Cuéntame, o el
esteticismo palabrero de las últimas películas de Garci, las poderosas
novelas que se han citado nos recordarán que el ejercicio de la memoria no
es una variante del síndrome de Estocolmo, ni una amnistía sentimental.
Porque el franquismo ha sido experiencia poco propicia al exorcismo del
rechazo y a la manifestación del arrepentimiento. Fue (es) un cadáver en el
armario que acaba resultando familiar y que siempre es pegajoso. Otros
cadáveres en los armarios de la conciencia europea han sido más evacuables,
aunque la operación haya sido siempre compleja: el nazismo o el comunismo
han sido más eliminables que el fascismo italiano, y éste casi tan correoso
como el conflicto civil de la Colaboración y la Resistencia en Francia (el
ajuste de cuentas con las toxinas de la guerra fría en Estados Unidos y con
el huracán de Thatcher en el Reino Unido tampoco son fáciles de eliminar:
han dado y dan una espléndida literatura, síntoma de esa dificultad).
Pero el franquismo fue demasia do largo, contaminó toda nuestra
experiencia de las cosas y, aunque culturalmente fuera inhóspito, se hizo
costra de costumbre. Engendró una doble moral en algunos de sus funcionarios
más inteligentes y, de otro lado, propició el florecimiento de
posibilistas: con algunos de éstos y de aquéllos tenemos contraída
una deuda cultural considerable. Fue el espacio natural de sociabilidad y
compromiso para muchos, porque no había otro: bastantes miembros de la
generación de los cincuenta empezaron a escribir en las revistas del SEU
(Alcalá, La Jirafa, La Hora, Laye...) y compartieron las ideas
estatalistas, las "revoluciones pendientes", el fervor juvenilista, que
también eran una parte de la retórica oficial (otros lo hicieron en un
arrimadero no menos propicio: el activismo católico-social). Y hubo
numerosos espacios culturales de ambigüedad, cápsulas de respirabilidad, a
veces sugestivamente similares a las que tuvo el fascismo italiano a lo
largo del Ventennio, donde pudo sobrevivir la práctica vanguardista o
incubarse el poderoso neorrealismo, o el confuso mensaje popular del
strapaesismo. Algún día habrá que repasar sine ira et studio
el significado del ministerio Ruiz-Giménez (19511956), la ilusión estival de
la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, el mundo de los Teatros
Nacionales, la nómina cultural de Radio Nacional de España, o tantas otras
cosas...
En 1964, la propaganda franquista fue capaz de convertir la
celebración de su victoria en el lema de XXV Años de Paz, perversión
semántica de un político todavía en ejercicio -Fraga Iribarne- y que hoy
parecen dar por buena bastantes más de los que parecen. Fue el último
espejismo y alguien se sorprendería al saber quiénes escribieron aquel año a
favor de aquella idea. Pero el desahucio cultural del franquismo era
imparable ya en ese momento. Se anticipó a la desaparición de la dictadura y
lo sorprendente fue que la conciencia de su derrota no se expresó casi nunca
en forma de entusiasmo, sino en desencanto. Y, en cierto modo, del silencio
(y de la autocompasión) acerca de nosotros mismos (si el lector quiere nueva
bibliografía, pienso que la obra de Juan Marsé, desde Últimas tardes con
Teresa a Canciones de amor en Lolita's Club) y la de Manuel
Vázquez Montalbán, desde Una educación sentimental hasta Erec y
Enide, han expresado como muy pocas la contaminación del ambiente y la
consecuente dificultad de arrepentirse de uno mismo. Y es que la
subnormalidad logró que el remordimiento y el sarcasmo valieran por
el arrepentimiento (a veces es tan hipócrita...).
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