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| Sábado,
14 de octubre de 2006, actualizado a las 12:30 |
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LA
RESPONSABILIDAD DE LOS INTELECTUALES Entre el miedo y la impunidad
MIGUEL ÁNGEL VILLENA BABELIA -
14-10-2006
Durante la represión de la posguerra miles de intelectuales sólo pudieron
emprender tres caminos: el de los paredones de fusilamiento, el de los
barrotes de la cárcel o el del viaje hacia el exilio. Por ello, algunos que
se han ocupado en su obra de la historia reciente de España, como el
cineasta Jaime Chávarri (Madrid, 1943), comenta con sorna y lucidez
que "en realidad el franquismo contó con el apoyo de pocos intelectuales". A
juicio del director de El desencanto o Las bicicletas son para el
verano, dos de las películas más relevantes de la transición, "es cierto
que aquellos que colaboraron con la dictadura nunca se arrepintieron ni
pidieron disculpas ni nadie les exigió cuentas por su conducta". "Ahora
bien", añade, "haber evolucionado en la dictadura a posiciones demócraticas
como hizo Dionisio Ridruejo, el ejemplo más conocido, ya representaba un
signo de arrepentimiento. De todos modos, el miedo fue lo que más definió el
franquismo y las disidencias intelectuales se podían pagar caras". Hace
unos días en las páginas de este periódico el escritor gallego Suso de
Toro (Santiago, 1956) afirmaba con rotundidad en una tribuna de opinión:
"Pero no ha habido en España un solo caso de autocrítica verdadera. Ni de
arrepentimiento. Y, si aceptamos que el golpe militar y el franquismo fueron
un error histórico terrible, deberíamos esperar algún gesto como el de
Grass. Pero ningún franquista se ha arrepentido, no. Ni siquiera Dionisio
Ridruejo fue capaz de asumir la culpa, indudable en su caso". Es cierto que
algunos intelectuales se desmarcaron del franquismo, pero fueron muy pocos
en una lista que quizá podría reducirse a Ridruejo y Laín Entralgo. Otros se
mantuvieron siempre fieles a su pasado como Pemán o Luca de Tena. También
los hubo que transitaron por la democracia sin que apenas se recordara su
pasado de servicios a la dictadura, como los casos de Camilo José Cela o de
Gonzalo Torrente Ballester.
"Hubo de todo", opina el periodista Pedro Altares (Madrid,
1935), que fuera director de Cuadernos para el Diálogo, una de las
revistas que más favoreció la reconciliación democrática en los años sesenta
y setenta y que mejor reflejó aquella época. "No obstante", prosigue
Altares, "cabría subrayar que en la transición y más tarde en la democracia
nadie ha pedido cuentas a los colaboracionistas y eso que fue algo positivo,
tres décadas después de la muerte del dictador, ha provocado que los
franquistas se hayan crecido e intenten reescribir la historia a su antojo y
en su beneficio. Ahora parece como si nunca hubiera existido un golpe
militar contra un Gobierno legal y legítimo en 1936 o como si la represión
no se hubiera prolongado hasta la ejecución de Salvador Puig Antich en 1974
o hasta las sentencias de muerte del otoño de 1975".
Son muchos los que, como Altares o De Toro, creen que hubo un exceso
de impunidad en la restauración democrática hasta el punto de que parecía un
toque de mal gusto o de revanchismo fuera de lugar recordar que Cela, más
tarde Premio Nobel, fue censor durante la posguerra o que Torrente Ballester
ejerció como entusiasta falangista y como ideólogo de la dictadura. "La
verdad", resume Altares, "apunta a que los antifranquistas renunciamos a
muchas cosas por aquello del miedo a hurgar en el pasado o a rescatar el
odio".
El escritor Rafael Chirbes (Tabernes de Valldigna, Valencia,
1949), que ha utilizado con frecuencia en su narrativa los conflictos con el
pasado, como en la novela Los viejos amigos, llega más lejos en sus
opiniones cuando sostiene: "La transición convirtió en héroes a
colaboradores de la dictadura. No podemos olvidar que Cela fue nombrado
senador y que Torrente Ballester fue elogiado una y otra vez". Chirbes se
alinea claramente entre aquellos intelectuales que piensan que la
restauración democrática significó un pacto por el olvido que incluyó por
supuesto que no se pidieran responsabilidades como ocurrió a la salida de
las dictaduras en Argentina o en Chile. "El gran acuerdo de la transición",
señala Chirbes, "pasó por no remover el pasado".
Junto al miedo, la impunidad aparece como la sensación más citada al
analizar el papel de la cultura bajo la dictadura. De cualquier modo, la
larguísima duración del régimen de Franco -que se mantuvo 39 años en el
poder frente a los 12 de Hitler en Alemania o a los 23 de Mussolini en
Italia- difuminó el papel jugado por profesores, escritores, abogados o
periodistas que apoyaron el sistema autoritario. Después, cuando llegó el
momento de redactar la Constitución de 1978, las generaciones que habían
protagonizado la guerra eran ancianas y los jóvenes que dirigieron la
transición, con Adolfo Suárez y Felipe González a la cabeza, eran
partidarios de hacer tabla rasa del pasado. Y el miedo a que saliera mal la
transición, a que se frustara el pacto,propició la impunidad.
El sociólogo Enrique Gil Calvo (Huesca, 1946), que ha
estudiado diversas facetas de la sociedad española en sus libros, parte de
una fecha muy anterior a 1975 para explicar la ausencia de catarsis en la
intelectualidad española. "Cuando termina la Segunda Guerra Mundial",
comenta este profesor de la Autónoma de Madrid, "los demócratas ganan en
Alemania, en Francia o en Italia, se celebra el juicio de Núremberg o se
procede a depuraciones. Por el contrario, los fascistas españoles se
permiten el lujo de ir con la cabeza bien alta y sólo se ven obligados a
dejar de presumir de las barbaridades que han cometido. Es decir, se
convierte en una verdad privada la identidad de los fusiladores o los
colaboracionistas, pero nunca se comenta ni reconoce en público. Es la doble
moral típica de este país. Cuando llega la transición, se produce un pacto
que yo creo que era contra natura que decreta una amnesia colectiva,
un olvido histórico. Como consecuencia de esta doble moral los intelectuales
que habían apoyado a Franco deciden guardar silencio sobre sus
responsabilidades con la dictadura a cambio de convertirse en demócratas".
En opinión de Gil Calvo, esta filosofía de la doble moral es muy
característica de países católicos como España o Italia y por ello no caben
esos gestos morales de reconocimiento público de culpa como el del escritor
alemán y premio Nobel, Günter Grass. Incluso algunos historiadores apuntan a
que una buena parte de la sociedad española fue cómplice del franquismo,
aquella famosa mayoría silenciosa de la que se hablaba a principios de los
setenta. Sea como sea, la forma en que se asimila el pasado determina la
forma de vivir el presente y de encarar el futuro. En esa línea, Suso de
Toro escribía en el artículo citado, Una ración de cebollas, en
alusión al título del libro de Grass: "Pero éste es un país sin culpa, nadie
la ha reconocido. Quizá debiéramos hacerlo todos, porque cada generación
ejerce un magisterio sobre las que le siguen y si estuvimos equivocados, o
así lo creemos ahora, deberíamos decirlo".
De cualquier manera, lo que parece indiscutible es que este país se
pelea continuamente por los fantasmas de un pasado turbulento, complejo y,
desgraciadamente, poco estudiado.
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