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| Sábado,
14 de octubre de 2006, actualizado a las 12:32 |
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LA
RESPONSABILIDAD DE LOS INTELECTUALES Por los cuatro costados
ANDRÉS
TRAPIELLO BABELIA - 14-10-2006
Se ha visto ya que son insuficientes tres Españas para explicar lo que
sucedió entonces. Tal vez nos sean precisas cuatro, como poco. En 1954 Juan
Ramón Jiménez se niega a saludar en Puerto Rico, donde vive, al escritor
Segundo Serrano Poncela, implicado en las matanzas de Paracuellos: "No he
dejado mi país", explica, "para acabar dándole la mano a un asesino". Ambos
están en el exilio, pero desde luego no forman parte de la misma España.
Azorín u Ortega no fueron asesinos, pero tampoco podremos asegurar que
ellos, beneficiarios del régimen en cierto modo, y JRJ estaban en una España
común. Cuatro Españas son al menos necesarias para desentrañarla: la España
revolucionaria, no siempre democrática, de anarquistas, comunistas,
trotskistas y socialistas radicales; la España contrarrevolucionaria,
antidemócrata y reaccionaria de los fascistas, el clero, la milicia y la
oligarquía; la España de izquierda democrática que pese a no ser
revolucionaria corrió la misma suerte que ésta, y la España que pese a ser
de derechas, no dejó de ser democrática, y se mantuvo más o menos al margen
del franquismo. Naturalmente ninguna de estas cuatro Españas tenía el mismo
tamaño ni el mismo peso en todo momento, y encontramos representantes de
todas ellas en el exilio y en el interior, lo cual viene a complicar la
comprensión del problema. Pocos escritores de la España fascista se
arrepintieron, desde luego. Claro que no sabemos qué límites le ponemos a
esa palabra: ¿cuánto hace falta para arrepentirse? ¿Vale lo mismo un
arrepentimiento de 1944 que otro de 1974 o de 1980? Tampoco hubo muchos que,
habiendo sido comunistas, se arrepintieran de su pasado estalinista.
Alberti, por ejemplo, premio Lenin, al venirse abajo el bloque socialista,
lo dijo con melancolía: "Siempre llevaré a la URSS en mi corazón". Al frente
de Fundación, Hermandad y Destino, escribió Sánchez Mazas de su puño
y letra con una arrogancia delirante: "Ni me arrepiento ni me olvido. 1957".
Stalin murió en 1953 (y sólo diez años después Neruda inició su tímido
mutis), y 1953 fue el año en que Antonio Tovar, a la sazón rector de la
Universidad de Salamanca, o sea, un hombre hecho y derecho, recibía
honoris causa a su caudillo, pero también por esos mismos años
escritores del régimen, como Sánchez Mazas o Panero, facilitaban el regreso
de exiliados como Bergamín o Gaya. Es imposible explicar lo que ocurrió en
un bando, sin tener en cuenta al otro. Y más cuando hablamos de cuatro
costados. "Por los cuatro costados" podría titularse una historia de la
preguerra, de la guerra, de la posguerra, esa historia en la que no es fácil
encontrar a muchos que admitan sus errores y complicidades (y de crímenes ya
ni hablamos).
A estas alturas, por ejemplo, todavía hay miles de españoles que se
resisten a condenar el régimen de Franco y otros miles que se niegan a
hablar de las checas mientras no queden solventadas las afrentas que se les
hicieron. Cuando Tovar o Laín se apartaron de la Victoria que se lo dio
todo, habían pasado ya muchos años. De ese todo, a unos el régimen les
incautó algo y otros no devolvieron nada, como si pensaran: que nos quiten
lo bailado. Por lo mismo, algunos escritores republicanos le deben mucho a
la derrota. Y al revés, están aquellos a los que la literatura les debe
mucho, pese al exilio, pese al régimen, como Cernuda o Aub, como los
Villalonga o Francisco Pino. Los mejores de una parte, Foxá, Ruano, Sánchez
Mazas, Panero o D'Ors, murieron mucho antes de que se vislumbrara el final
del régimen. Incluso después, algunos como García Serrano, hicieron del
fascismo la sustancia literaria de sus libros. De hecho, ni siquiera es
razonable meter en el mismo saco la subliteratura de éste y la de, por
ejemplo, los admirables Torrente Ballester o Josep Pla, los vesánicos
engrudos de Giménez Caballero y las fabulaciones de Cunqueiro, los versos de
Pemán y los de Manuel Machado, y así hasta el infinito: ni eran todos de la
misma derecha ni su literatura vale lo mismo. No es sencillo, desde luego,
dilucidar todo eso, unas veces por exceso de palabras interesadas y otras,
por ausencia de las necesarias (y cómo se echan en falta las de un Ferlosio,
pongamos por caso, para ayudarnos a desenredar esa madeja que en buena
medida empezó a hilarse, y enredarse, en la casa paterna).
Nadie ha dicho nunca que haya que medir a todo el mundo por el mismo
rasero, porque ni todos tenían manchadas las manos de sangre ni todos fueron
pésimos escritores a los que salvó la política. Y eso vale para la izquierda
y la derecha. Tampoco se trata, ni mucho menos, de aplicar dos pesos y dos
medidas, como a menudo vemos que sucede de modo indecoroso. La complejidad
de esto pasa por la singularidad de cada persona, de cada obra, de cada
circunstancia. Echa uno de menos los matices y asusta un poco ver que quiere
volverse al sistema del blanco y negro, otra vez a las dos Españas, cuando
puede decirse que hubo entonces tantas como españoles. Y como en este caso
hablamos de literatura, recordemos: reconocer sus errores políticos y asumir
sus responsabilidades fue un gesto valeroso y expuesto que tampoco hizo de
Ridruejo un escritor mejor. Foxá o Sánchez Mazas, para los que ni siquiera
fueron errores, no son peores escritores por ello.
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