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Salut Marçal
 

VUELVE A LAS LIBRERÍAS EL BEST SELLER DE FÉLIX MAÍZ
Mola frente a Franco
Por Jaime Ignacio del Burgo
     Félix Maíz nació en Pamplona el 21 de agosto de 1900. Estudió Derecho e 
Ingeniero Industrial en las Universidades de Madrid, Salamanca y Oviedo. La 
muerte de su padre, contratista de obras, le obligó a suspender sus estudios 
para hacerse cargo del negocio familiar. En 1929 contrajo matrimonio con Primi 
Usoz Martínez, con la que tuvo dos hijos: Fernando y María Teresa. 


En la primavera de 1936 recibió la visita de un amigo suyo, el capitán Lastra, 
de la guarnición de Pamplona, a quien el general Emilio Mola, recién nombrado 
gobernador militar de Navarra, había encargado la búsqueda de una persona de 
absoluta confianza, bien introducido en la sociedad navarra y con amplia 
capacidad de movimientos. Maíz se entrevistó con Mola y aceptó convertirse en 
ayudante civil del general, tras compartir su proyecto de sublevación contra el 
régimen republicano. Su condición de hombre de negocios le permitía viajar con 
frecuencia sin levantar sospechas. 

Maíz, profundamente católico pero sin adscripción política alguna, acabó por 
ganarse la plena confianza del general. Le servía de conductor en sus viajes 
clandestinos, se ocupaba de su secretaría personal, organizaba su archivo y 
recibía sus confidencias y preocupaciones. Maíz estuvo, pues, pegado a Mola 
desde su llegada a Pamplona, en marzo de 1936, hasta la muerte del general en 
un misterioso "accidente" de aviación ocurrido el 3 de junio de 1937, tres 
semanas antes de la entrada victoriosa de sus tropas en Bilbao. Tras el 
fallecimiento del general, Maíz se reintegró a sus actividades privadas. 

En 1952 publicó Alzamiento en España, donde relató lo que pudo de la etapa 
preparatoria de la sublevación, ya que en ese momento nadie podía empañar la 
gloria de Franco como conductor del movimiento. A pesar de ello, Maíz deja 
constancia del papel desempeñado por Mola como "Director" de la conspiración 
contra el caos republicano. 

Tras el fallecimiento del general Franco, Maíz publicó, en 1976, un segundo 
libro, titulado Mola, aquel hombre, que durante varias semanas estuvo en el 
primer puesto de la lista de libros más vendidos. En él publica datos 
desconocidos hasta entonces. Tras su éxito editorial, decidió escribir un 
tercer libro, que describiera su vivencia personal junto a Mola desde el día 
del comienzo de la guerra hasta la muerte de éste. Apenas había acabado de 
escribir este tercer libro, que tituló Guerra y muerte del general Mola, cuando 
falleció, en Pamplona y el 19 de septiembre de 1980. El manuscrito quedó 
inédito hasta que, hace un par de años, su hija Teresa decidió rescatarlo del 
olvido e hizo gestiones para su publicación. 

Tras algún intento infructuoso, Teresa Maíz se entrevistó conmigo, hace un año 
aproximadamente. Me entregó el manuscrito de su padre y me pidió que le ayudara 
a publicarlo. Procedí a su lectura y me pareció un relato fascinante, aunque le 
sugerí –y aceptó– que se publicara con un título más representativo de su 
contenido: Mola frente a Franco. Me pidió entonces que le hiciera el favor de 
redactar el prólogo. Dudé al principio, y al final llegué a la conclusión de 
que, mejor que un prólogo, sería más útil insertar una "introducción 
histórica", a la que titulé "La España de la Guerra Civil", para una mejor 
comprensión por parte de las actuales generaciones del contenido de la obra. 

No es el de Maíz un libro de historia de la Guerra Civil, sino el testimonio de 
un personaje que estuvo a la sombra de Mola hasta el día de su muerte y que 
cuenta todo aquello que hizo, vio, oyó y leyó junto al general en aquellos 
trágicos momentos. Es la visión personal de un testigo y colaborador que no 
oculta su admiración por el general y que no comparte el giro de los 
acontecimientos, muy diferentes a los que se habían previsto en la fase de la 
conspiración. 

A estas alturas, muchos de los episodios que contiene el libro de Maíz –y que 
en 1980 permanecían todavía inéditos– han sido divulgados por los historiadores 
que se han ocupado de la Guerra Civil, pero el relato de los graves 
desencuentros de Mola con Franco le confiere un especial interés histórico. 

Los desencuentros con Franco

Mola había organizado un golpe militar relámpago para derribar al Gobierno y 
acabar con el caos existente. El poder lo asumiría un directorio militar 
provisional, presidido por el general Sanjurjo, que sería sustituido por un 
gobierno civil tan pronto como se restableciera el orden y pudiera consultarse 
al pueblo sobre la forma de gobierno. Hecho esto, el Ejército retornaría a los 
cuarteles. 

Pero la guerra de Mola fue un fracaso rotundo. Las cosas no salieron como 
preveía, y lo que iba a ser un golpe fulminante se convirtió en una larga y 
cruenta guerra civil. También fracasó en el terreno político, pues fue incapaz 
de impedir que el general Franco, además de la jefatura del Ejército, asumiera 
el poder civil como jefe del Estado (cuando sólo había sido nombrado jefe del 
Gobierno del Estado español) y Jefe Nacional del nuevo partido Falange Española 
Tradicionalista y de las JONS, para erigirse en "caudillo" de España vitalicio, 
al estilo del Führer alemán, Adolfo Hitler, y el Duce italiano, Benito 
Mussolini.

Maíz atribuye el fracaso de los planes de Mola al retraso de Franco en ponerse 
al frente del Ejército de Marruecos. No llegó hasta el día 19, cuando la cita 
era para el 17. En esos dos días el Gobierno republicano había conseguido el 
control de la escuadra y bloqueado los puertos de Ceuta y Melilla. Esto hizo 
que el paso de las tropas a la Península se demorase hasta la primera quincena 
de agosto. Para cuando las avanzadillas del ejército sublevado llegaron a las 
proximidades de la Ciudad Universitaria de Madrid, entraban en la capital las 
Brigadas Internacionales. Todos los intentos de tomar Madrid fueron 
infructuosos. 

El relato de Maíz de los desencuentros de Mola con Franco es apasionante. Mola 
muere el 3 de junio de 1937, sin ver la entrada victoriosa de sus tropas en 
Bilbao, que se produjo dieciséis días después. Es evidente que la toma de 
Bilbao lo hubiera convertido en un Zumalacárregui triunfante y hubiera 
robustecido su gran prestigio en la España nacional. Ello le hubiera permitido, 
quizás, hacer frente con éxito a la instauración de la dictadura de Franco. 
Eso, al menos, se desprende del relato de Maíz, aunque la apuesta por el 
Generalísimo de la Alemania de Hitler podría haber supuesto un grave obstáculo. 

Una de las aportaciones del libro es la confirmación de la indignación de Mola 
cuando tuvo conocimiento del bombardeo de Guernica por aparatos de la Legión 
Cóndor alemana. Exigió la apertura de una investigación sobre lo ocurrido, con 
gran enfado de los alemanes, que no llegó a buen término. 

El 2 de septiembre, víspera de su trágica muerte, Mola mantuvo una tensa 
conversación telefónica con Franco, a quien dijo antes de colgar: "Yo no paso 
por eso". No sabemos qué es lo que había colmado la paciencia del general. Mola 
anotaba sus impresiones en un diario, pero, según Maíz, fue sustraído, pocas 
horas después de que aquél muriera, de su despacho en Vitoria, cuya mesa fue 
descerrajada, por un grupo de militares enviados por el cuartel general de 
Franco. Su recuperación podría dar luz sobre los desencuentros de Mola con el 
Caudillo y sobre esas enigmáticas palabras. 

Maíz no cree en la versión oficial de que el accidente ocurrió por la niebla, 
entre otras cosas porque se demostró que aquel día el tiempo era excelente. 
Pero tampoco se inclina por ninguna hipótesis sobre la autoría del derribo del 
avión. 

La introducción histórica

Hago por último referencia a mi "introducción histórica", que abarca desde la 
caída de la monarquía de Alfonso XIII, el 14 de abril de 1931, hasta el 
comienzo de la Guerra Civil, el 19 de julio de 1936. Hay una especial 
referencia al papel desempeñado por el carlismo navarro, cuya participación 
permite a Mola resistir en el norte hasta la llegada del Ejército de África. En 
cualquier caso, resulta paradójico constatar cómo el carlismo entró finalmente 
victorioso en Madrid pero perdió la paz y acabó por diluirse en un régimen 
totalitario que en la práctica se situó en los antípodas de su pensamiento 
político.

En la descripción de la situación durante la II República he pretendido ser 
objetivo. Mi conclusión es que en aquella España convulsa, atormentada y 
caótica nadie luchaba por la democracia. Los unos porque defendían la religión, 
querían imponer el orden a toda costa –y algunos pretendían el mantenimiento de 
privilegios sociales irritantes–; los otros, porque, salvo unos pocos 
republicanos moderados, pretendían imponer la dictadura del proletariado. La 
sublevación de octubre de 1934, protagonizada por el Partido Socialista, contra 
el Gobierno de la República y el intento separatista de la Generalidad de 
Cataluña, presidida por Luis Companys, si no son el comienzo de la Guerra 
Civil, cuando menos constituyen el preludio de la tragedia que se avecinaba. 
Nadie defendía los principios y valores de la democracia liberal. Por otra 
parte, no ha de olvidarse el grave daño que a la convivencia hizo el laicismo 
furibundamente anticlerical de la II República, plasmado en la propia 
Constitución de 1931, que dio lugar a una sañuda persecución de la Iglesia.

Antes de entrar en el relato de los hechos históricos de la España de la Guerra 
Civil, dejo constancia de mi condena más radical y absoluta de los crímenes de 
la contienda y de la represión registrada durante la dictadura. Tuve el honor 
de redactar una resolución de la Comisión Constitucional del Congreso que 
obtuvo el voto unánime de todos los grupos parlamentarios (20 de noviembre de 
2002) y en la que se afirmaba: "Nadie puede sentirse legitimado, como ocurrió 
en el pasado, para utilizar la violencia con la finalidad de imponer sus 
convicciones políticas y establecer regímenes totalitarios contrarios a la 
libertad y a la dignidad de todos los ciudadanos, lo que merece la condena y 
repulsa de nuestra sociedad democrática". Asimismo, se hablaba del deber de 
nuestra sociedad democrática de "proceder al reconocimiento moral de todos los 
hombres y mujeres que fueron víctimas de la guerra civil, así como de cuantos 
padecieron más tarde la represión franquista". Y se añadía: "Cualquier 
iniciativa promovida por las familias de los afectados que se lleve a cabo en 
tal sentido, sobre todo en el ámbito local, deberá evitar que sirva para 
reavivar viejas heridas o remover el rescoldo de la guerra civil". 

En la introducción al libro de Maíz aludo también a los crímenes infames que se 
cometieron en Navarra, sobre todo durante los tres primeros meses de la guerra. 
La controversia sobre el número de fusilados no puede desviar la atención sobre 
la tremenda gravedad de los hechos, sin que quepa alegar que en el bando 
republicano también se cometieron atrocidades sin cuento, como el exterminio de 
casi 7.000 sacerdotes diocesanos, religiosos y religiosas, o la matanza de 
Paracuellos. "Los crímenes hechos en nombre de la revolución proletaria 
–escribo–, por muchos agravantes que tengan, son tan execrables como los 
fusilamientos de los adversarios políticos perpetrados por quienes decían 
luchar por Dios y por la Patria. ¿Qué locura se había apoderado del pueblo 
español para llegar a estos extremos?". Lo cierto es que los ideales 
revolucionarios de unos y el espíritu de Cruzada de otros quedaron manchados 
por crímenes execrables cuya constatación nos debe avergonzar como españoles. 

Al hilo, pues, del libro de Maíz, formulo una última consideración. La Guerra 
Civil fue un trágico fracaso colectivo del pueblo español. Decir que fue una 
rebelión de los fascistas contra los demócratas es simplificar las cosas y 
falsear la realidad, porque en la España de 1936 la democracia y los demócratas 
brillaban por su ausencia. Los voluntarios navarros no se sublevaron para 
instaurar la dictadura de Franco, sino para defender la religión y el orden. 
Del mismo modo, los milicianos del Frente Popular no luchaban por la 
democracia, sino por el triunfo del socialismo totalitario y marxista, con el 
que creían poder acabar con la injusticia social. Por eso los españoles de hoy 
debemos defender el gran valor de la Constitución de 1978, que representó el 
fin de las dos Españas y el comienzo de un nuevo régimen en el que todos los 
españoles tienen plena cabida, cualquiera que sea su concepción del mundo y el 
proyecto político que asuman, siempre que no traten de imponer sus ideas por 
medio de la violencia. 

La Constitución de 1978 fue el triunfo de la libertad y del espíritu de 
concordia. Por eso, la recuperación o conservación de la memoria histórica debe 
ser cosa de historiadores, no de políticos, y no debiera esgrimirse para 
reabrir el foso de la incomprensión y de la intolerancia. Aprendamos las 
lecciones de la historia, y neguémonos a repetirla. 


NOTA: Este texto es el discurso que ha pronunciado este viernes JAIME IGNACIO 
DEL BURGO durante la presentación de MOLA FRENTE A FRANCO, de Félix Maíz, que 
acaba de publicar la editorial Laocoonte. 


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