La excusa se llama Paracuellos del Jarama
                  

 
 
JOSÉ JAUME Paracuellos se ha convertido en el gran argumento de la derecha para 
oponerse a que se desentierren a los asesinados por los golpistas durante y 
después de la Guerra Civil, porque esa es otra: en la década de los cuarenta el 
general Franco despachó ante los pelotones de fusilamiento a miles y miles de 
desgraciados en farsas de consejos de guerra o simplemente prescindiendo de 
cualquier formalidad. Los asesinatos de Paracuellos son, para la derecha, la 
coartada perfecta: ellos no dicen nada sobre el asunto y los demás se quedan 
sin saber dónde están los huesos de sus padres y abuelos. La exhibición de 
cinismo es espeluznante.
Resulta que en Paracuellos del Jarama hay un cementerio en el que, al traspasar 
su umbral, puede leerse: "Cementerio de los Mártires de Paracuellos". Los allí 
salvajemente asesinados en 1936 -Santiago Carrillo podría explicar algunas 
cosas que sigue indecentemente callando- están identificados, han recibido 
sepultura y han sido honrados por sus familiares y por todos quienes han 
querido hacerlo a lo largo de décadas. La pregunta es muy sencilla: ¿por qué no 
puede hacerse lo mismo con los asesinados por los militares golpistas, los 
falangistas y demás escuadrones de la muerte? 
La iniciativa del juez Garzón no es la de perseguir a los asesinos -no creo que 
quede ninguno en este mundo- ni criminalizar a nadie sino algo mucho más 
íntimo: que los que llevan esperando toda la vida puedan, por fin, enterrar a 
sus muertos, después de averiguar dónde están, y que quienes sí lo saben, como 
los que se hallan en el despreciable mamotreto del Valle de los Caídos, tengan 
la alternativa, si lo desean, como hay casos, de sepultarlos junto a los suyos, 
porque esa es su inviolable voluntad.
Pero, a lo que se ve, la derecha no quiere permitirlo. Rajoy, cada vez más 
perdido, dice que hay que mirar al futuro y no reabrir heridas. No se entera de 
que está abierta y supura, que nunca cicatrizó y que no lo hará hasta que la 
postrera reparación se consume. Quienes insultan a Garzón y aseguran que su 
actuación obedece a un intento de desviar la atención de la crisis económica 
para ayudar al Gobierno, lo que de verdad temen es que la recuperación de la 
memoria explique a muchos, que siguen ignorando casi todo, lo que pasó y cómo 
sucedió. En ellos parece estar asentado un poso de mala conciencia que no 
consiguen disipar.
Entre las reacciones que ha suscitado el auto del juez Garzón destaca, como 
siempre, la de nuestros inefables obispos. La Iglesia católica se ha apresurado 
a quitarse del centro de atención. La cosa no va con ella. Seguro que no dará 
ninguna facilidad al juez para que pueda investigarse en sus archivos. Lo hizo 
todo para que se elevara a los altares a sus "mártires", también asesinados. 
Los ha glorificado. ¿Por qué no demuestra un poco de humanidad y colabora para 
que los otros muertos sean dignamente sepultados? 
Una última mentira que conviene desmontar: tanto el PP, con Rajoy al frente, 
como quienes se oponen a que se haga una simple reparación, señalan que la 
Constitución de 1978 consagró el olvido de tan trágica época. Mentira: la 
Constitución establece una reglas de juego. Nada más, y no es poco. Enterrar a 
los muertos -precepto que la Iglesia católica siempre ha exigido salvo con los 
republicanos de la Guerra Civil y la cruel posguerra- y conocer cuál ha sido 
nuestra historia no forma parte de ningún pacto. Sería una no ya 
irresponsabilidad sino una gran locura que así fuera.

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