El País, 10/09/200
TRIBUNA: FRANCISCO ESPINOSA MAESTRE
De fosas y desaparecidos
El objetivo del movimiento por la memoria no es castigar a los 
responsables de la represión de la dictadura sino identificar a las 
víctimas, facilitar la información a sus familiares y permitir su digna 
sepultura

FRANCISCO ESPINOSA MAESTRE

La solicitud de información sobre desaparecidos realizada recientemente 
por el juez Garzón a diversas instituciones y organismos cierra de 
alguna forma un largo proceso iniciado hace tres décadas. Se entiende 
que unos y otros acordaran entonces no reproducir la guerra civil en el 
período de transición a la democracia, pero no se entiende que al mismo 
tiempo no decidieran proteger la documentación existente, ponerla en 
manos de profesionales y abrirla a la investigación y a la consulta en 
los plazos legales. Especialmente todo lo relativo a la represión del 
régimen franquista.

Más bien se hizo lo contrario: destruir documentos, no prestar el 
cuidado necesario a los que sobrevivieron y poner todo tipo de trabas a 
la investigación. Por defecto, primaba la restricción. Y esto fue así en 
los ochenta y en los noventa en todo lo relativo a la cuestión clave del 
pasado de la España actual: la represión franquista. No debía salir a la 
luz que bajo la "guerra civil fratricida" se ocultaba un brutal plan de 
exterminio aplicado allí donde triunfó el golpe de Estado del 18 de 
julio de 1936, es decir, en más de medio país. Costó mucho trabajo 
acceder a las fuentes primarias que nos dieron la primera información 
sobre las víctimas del fascismo español. Bien sabemos esto los que 
tuvimos que recorrer decenas de juzgados para sacar los nombres de los 
que llegaron a ser inscritos en los Libros de Defunciones a lo largo de 
seis décadas.

Luego vinieron las exploraciones en otros fondos: la Causa General, el 
Archivo de la Guerra Civil de Salamanca, otros archivos militares, los 
archivos municipales... y, ya a fines de los noventa, los fondos 
judiciales militares. Todo muy lentamente y no precisamente en las 
condiciones deseables.

Fruto de este laborioso proceso investigador, realizado en todo momento 
contra corriente y sin ayuda oficial alguna en la mayoría de los casos, 
son las numerosas revelaciones que han ido apareciendo desde entonces y 
que permiten en la actualidad tener una idea aceptable aunque incompleta 
del proceso represivo. De ahí procede la cifra cercana a las 130.000 
personas que refleja el informe, realizado por quien esto escribe, 
encargado por la dirección jurídica de las diligencias en curso y 
entregado al juez Garzón.

Sin embargo, la urgencia mediática dificulta los matices y produce 
simplificaciones de todo tipo. Por ejemplo, en esas 130.000 víctimas se 
incluyen tanto los asesinados por los bandos ilegales como por las 
farsas de los consejos de guerra. Son muchos menos estos últimos pero 
así quedó rastro de su muerte. Lo cierto es que las dificultades de 
investigación, la diversidad de fuentes y las limitaciones y problemas 
han sido tantos que estos listados sólo constituyen una base de partida 
que debe ser depurada (repeticiones, fechas erróneas, casos dudosos...) 
y, sobre todo, completada. Es lógico que así sea dada la manera en que 
ha habido que hacerlo.

El problema es que esas 130.000 personas son sólo lo que hemos podido 
sacar a la luz en tres décadas. Pero sabemos que las víctimas fueron 
muchas más. Sin embargo, los métodos de investigación que hemos usado 
parecen ya agotados. Ahora hace falta pasar a otra fase. En este 
sentido, la iniciativa del juez Garzón de solicitar información a 
diversas instancias es muy interesante pero no parece muy aventurado 
afirmar que de ahí no va a sacar mucho. Hay, sin embargo, otras 
posibilidades que deben tenerse en cuenta. El rastro de la represión hay 
que buscarlo en tres direcciones, ninguna de las cuales parece que a 
estas alturas vaya a poner pega alguna a ofrecer la información que se 
le solicite:

El Ejército. Los militares golpistas fueron los máximos responsables y 
organizadores de la represión. La documentación generada por este 
proceso estuvo primero en los Gobiernos Militares de cada provincia y 
luego pasó a las Capitanías Generales (también habría que mirar en los 
llamados Archivos Intermedios). Igualmente habría que tener en cuenta 
los llamados Archivos de los Tribunales Militares Territoriales 
(antiguas Auditorías de Guerra), cuya consulta y aprovechamiento, no 
siempre posible, resulta muy compleja. Se trata de una documentación 
fundamental, que debería pasar cuanto antes al Archivo de Salamanca (el 
nuevo Centro Documental de la Memoria Histórica) y puesta de inmediato 
en manos del Cuerpo Facultativo de Archiveros del Estado.

La Guardia Civil. Esta institución fue, junto con los militares 
sublevados y los grupos paramilitares, el brazo ejecutor de la represión 
en cada localidad a través de las Comandancias Militares locales, en 
contacto constante con los Gobiernos Militares respectivos. La 
documentación que pudo generarse quedó tras la guerra en los puestos de 
la Guardia Civil, de donde más tarde pasó a las Comandancias de Zona. 
Luego se le pierde el rastro.

La Policía. La represión fue canalizada desde el primer momento a través 
de las Delegaciones Militares Gubernativas de Orden Público, cuyos 
archivos pasaron tras la guerra a las Jefaturas Provinciales de Policía, 
en cuyo poder estuvieron hasta los años ochenta (hasta 1984 en el caso 
de Sevilla).

Así que no basta con preguntar a Defensa, a la Dirección General de la 
Guardia Civil y a la Jefatura Nacional de Policía si tienen 
documentación sobre las víctimas de la represión. Y no basta porque 
nosotros sabemos que la tuvieron. Así lo demuestran numerosos 
documentos. Y tal como marcan las leyes, Ejército, Guardia Civil y 
Policía tienen la obligación de poner a disposición de la sociedad toda 
la documentación que posean sobre aquellos hechos ocurridos hace siete 
décadas. No cabe plantear que no la tengan. Su obligación es tenerla e 
informar detalladamente sobre su contenido, características, vicisitudes 
y ubicación.

El objetivo de este llamado movimiento por la memoria no es descubrir ni 
mucho menos castigar a los responsables de los crímenes cometidos, ni 
tampoco montar otra Causa General, ahora de signo contrario. En realidad 
se persiguen tres fines: identificar a todas las personas desaparecidas 
a consecuencia de la represión franquista, facilitar a sus familiares el 
acceso a la información que exista sobre sus avatares y paradero y 
permitirles que les den digna sepultura.

Con ello se cerraría de veras un proceso abierto por el golpe militar de 
julio de 1936 y que aún sigue pendiente por las peculiaridades del 
proceso de transición, por las políticas de olvido de los años 
posteriores y por la actitud cerrada de una derecha que, pese a ser 
democrática, no acaba de romper amarras con el pasado franquista. 
Resulta inconcebible que, siguiendo con la práctica habitual de la 
dictadura, haya quien niegue a los familiares de las víctimas el derecho 
a saber qué fue de ellas y la posibilidad de celebrar por fin los ritos 
negados y aplazados por el terror.

La Ley de Memoria, sin desarrollar aún, parece ya cosa antigua. De 
hecho, la iniciativa del juez Garzón la supera notablemente. En este 
sentido, llama la atención que el Gobierno, tan remiso a afrontar estos 
problemas, apoye ahora públicamente la providencia de Garzón. Algo no 
cuadra: no parece muy lógico que quienes han aprobado una Ley de Memoria 
tan timorata y raquítica ahora estén a favor de la petición de 
información exhaustiva sobre las víctimas de la represión.

El Gobierno debe asumir de una vez que las fosas y los desaparecidos del 
franquismo, como en su momento las víctimas del terror en zona 
republicana, son cosa del Estado y no de las humildes asociaciones de 
familiares que luchan hace años para que se dé solución a ese 
escandaloso vacío. Parece que ya es tiempo de que se alcance un acuerdo 
general para solucionar un problema que dura mucho.



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