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El genocidio franquista 
Nada tiene esto de revancha. Es un puro y simple acto de humanidad y de 
justicia 
Antonio Elorza (El País, 23-09-2008) 
             
           
      ANTONIO ELORZA 23/09/2008 



      Jaime Mayor Oreja calificó la Guerra Civil de "lo peor de nuestra 
historia". Su propósito era mostrar la inconveniencia de todo intento de 
ahondar en las responsabilidades que acompañaron a la tragedia. Sería tanto 
como reabrir heridas mal cicatrizadas y poner en peligro la reconciliación 
alcanzada gracias al ejercicio de olvido que acompañó a la transición. El 
argumento tiene un punto de razón: después de un pasado tan traumático, 
cualquier ejercicio de recuperación de la memoria histórica ha de ser llevado a 
cabo pensando en primer término en una mejor convivencia futura. Y es 
precisamente esto último lo que justifica una actitud opuesta a la preconizada 
por nuestros conservadores. Los españoles tienen derecho a un conocimiento 
preciso de lo ocurrido en los años treinta y, como ha sucedido en tantos otros 
países, Alemania, Francia o Italia, a exigir siquiera simbólicamente 
responsabilidades a los culpables.



      Por esas mismas experiencias sabemos que no es tarea sencilla. Una labor 
incompleta ha favorecido en Italia la supervivencia política de un fascismo 
reformado. En Alemania la rigurosa condena del nazismo y el reconocimiento 
pleno del Holocausto, hasta el punto de seguir prohibida hasta hoy la reedición 
de Mein Kampf, tuvieron como contrapartida la débil voluntad para aplicar 
justicia a los criminales. Tampoco fue fácil en Francia superar el trauma de 
que tantos, incluido el luego resistente Mitterrand, se apuntaran tras la 
derrota de 1940 al Maréchal, nous voilà!. Tal vez la reconstrucción de la 
verdadera biografía del presidente socialista a partir del libro de Pierre Péan 
en 1994 tuvo un saludable efecto al mostrar que también en el vértice de la 
izquierda las cosas distaban de haber sido de blanco sobre negro, y que detrás 
de la emotiva ceremonia de la rosa roja depositada al ganar las presidenciales 
en la tumba del resistente asesinado Jean Moulin se encontraban su duradera 
amistad con René Bousquet, verdugo de judíos en 1942, y el respeto mal 
disimulado hacia Pétain.



      Es de desear que en España la ponderada Ley de la Memoria Histórica y la 
reciente iniciativa procesal del juez Garzón contribuyan a un ejercicio similar 
de esclarecimiento. "Una nación no puede olvidar su pasado", declaró Jacques 
Chirac al poner en marcha hace una década los procedimientos para devolver los 
bienes secuestrados a los judíos. El reconocimiento y la reparación de los 
daños sufridos por las víctimas son en este sentido prioritarios, más aun 
cuando en nuestro caso, tras sufrir la muerte, los republicanos asesinados 
fueron en tan gran número condenados a la humillación adicional de la fosa 
común. Sigue siendo al respecto válida la apreciación del romántico Ugo Foscolo 
en su poema De los sepulcros, al presentar el enterramiento digno de los restos 
como signo de la transformación de "las humanas fieras" en seres "piadosos 
hacia sí mismos y hacia los demás".



      Nuestras fieras humanas del bando vencedor de la guerra incumplieron 
conscientemente ese deber y toca ahora por fin a las instituciones democráticas 
asumirlo, dando además satisfacción a los descendientes de las víctimas. Nada 
tiene esto de revancha. Es un puro y simple acto de humanidad y de justicia.



      En la dinámica que Garzón intenta poner en marcha, el establecimiento de 
un censo fiable de los asesinados podría llevar a la determinación de 
responsabilidades retrospectivas, sirviéndose del único camino que soslaya la 
prescripción: la figura del genocidio. La cuestión es sí la misma conviene a 
los sublevados del 17 al 20 de julio de 1936. El creador del término fue en 
1944 Rafael Lemkin, jurista judeopolaco, en su libro El dominio del Eje en la 
Europa ocupada, para calificar la novedad de la destrucción programada de una 
nación o de un grupo étnico. Franco escaparía gracias a esta acepción 
restrictiva. En 1946, el campo de aplicación se amplia a los grupos religiosos 
y este límite es respetado en 1948 en la Convención dedicada al tema, por el 
veto inglés a incluir el genocidio político.



      Los dos componentes del concepto, la voluntad programada de 
aniquilamiento y la designación de un sujeto pasivo identificable, permiten sin 
embargo su aplicación al campo político. Los cientos de miles de "gente del 17 
de abril" ejecutada por los jemeres rojos, o de enemigos del pueblo fusilados 
en la gran purga de Stalin en 1936-38, comparten con los miles de rojos 
exterminados en España el hecho de haber sido víctimas de un proyecto 
deliberado de aniquilamiento y de constituir un grupo humano bien delimitado. 
Fueron gentes del Frente Popular, masones, personas conocidas por su laicismo, 
sindicalistas: en una palabra, esa izquierda sobre la cual Francisco Franco, en 
conversación de noviembre de 1935 con el embajador francés Jean Herbette, 
declaró la necesidad de ejecutar "una operación quirúrgica", la amputación de 
la parte perniciosa de la sociedad española. Genocidio político y también 
cultural, de destrucción de las élites que proporcionaban en la izquierda 
inspiración cultural y cohesión social. Los textos de Mola o de Queipo 
refrendan ese propósito, comparable al expresado por Hitler contra judíos y 
comunistas. Y bien que la pusieron en práctica. La mejor prueba de que la 
acción de exterminio era consciente lo tenemos en su sañuda prolongación en los 
años de la posguerra. "Vencido y desarmado el Ejército rojo", tocaba borrar el 
rastro de la República mediante la eliminación de todo aquel que hubiera sido 
un cuadro o líder de opinión. No hubo piedad ni humanidad. Calificación de 
genocidio bien ganada.



      Ahora bien, tal valoración, asociada al hecho de que el "alzamiento" fue 
una insurrección contra el régimen legalmente constituido, no debe ocultar que 
si entramos en el terreno de las responsabilidades también hubo "humanas 
fieras" en el sector republicano, unas individuales, otras organizadas. De modo 
especial, en la CNT-FAI y en el PCE/Internacional Comunista la comisión de 
actos conscientes de barbarie se encuentra suficientemente probada, por 
contraste con la nobleza de figuras como Manuel Azaña o Joan Peirò. Los 
demócratas de hoy no deben cerrar los ojos ante las "patrullas de control" 
anarquistas en Barcelona, Paracuellos o el entorno político de la mejor 
conocida muerte de Andreu Nin. Hubo terror libertario y terror estaliniano.



      La excepcional longevidad de Santiago Carrillo debiera permitir el 
esclarecimiento de episodios capitales, de los que fue observador privilegiado. 
El hecho de que en sus frecuentes relatos nunca mencione al mandamás delegado 
de Moscú, el siniestro Victorio Codovila, ni a la NKVD, indica que habla pero 
no cuenta. Y ya que en las entrevistas, por ejemplo una muy reciente a la SER, 
insta a la recuperación de la memoria histórica, tiene el deber moral de contar 
lo que realmente pasó. No lo hará.



      Volvamos a la aspiración última de Goethe: "Luz, más luz".
     

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