Parece que los dogmas de la cultura libre empiezan a resquebrajarse y dejamos de ver la cultura a través de las estrechísimas miras del software (libre)... ¡¡¡bien bien bien!!!
Del software a la cultura libre La autora dialoga sobre el libro La tragedia del copyright (Virus) y sobre el debate de limitar el uso de contenidos libres con criterios éticos publicado en DIAGONAL 212. Me propongo analizar las diferencias situacionales entre las licencias libres, lo que hace que se agencien de distinta manera en sus entornos de aplicación. La cuestión no depende de la genialidad de Richard Stallman (creador de la General Public License, GPL) ni de Lawrence Lessig (de las Creative Commons, CC). La verdadera prueba de genialidad consiste en su adopción por parte de otros que las consideran útiles e idóneas. Mientras que el software libre ha hallado unmodelo de negocio apoyado en las GPL, las empresas culturales no alcanzana levantarunmodelo generalizable con las CC. Las formas de negocio para el software libre son diversas, pero comparten rasgos: en muchos casos hay una entidad sin ánimo de lucro que pilota el proyecto y vela por su neutralidad y sus fines sociales, en convivencia con asociaciones locales y una comunidad que puede extraer cierta renta. También hay empresas que lideran los desarrollos y tienen ahí sus líneas de negocio. En todos los casoshayunsoftwarebasedeuso público, y suelehaber servicios o desarrollos de pago. Intento abstraer un modelo semejante para las empresas que producen cultura libre, pero no lo encuentro. Coincido con el libro La tragedia del copyright en identificar iniciativas en fase de experimentación que surgen de un malestar existencial o político y de la precariedad laboral dominante en el sector. Alianzas asimétricas Tras los productos o serviciosde software libre vamos a encontrar comunidades complejas que forman verdaderos ecosistemas en los que lo grande y lo pequeño se reconocen comomutuamente valiosos, interdependientes y necesarios. Las tensiones y negociaciones son continuas, ya que el poder de negociación interna, hasta cierto punto, está distribuido y se reparten las opciones para conseguir renta. Para unos, la opción consistirá en ganarmil euros almes; para otros, 10.000, o mucho más. La desigualdad puede parecer inaceptable, pero el panorama es peor en el ámbito de la creación cultural libre. Sin duda, tras la producción de la cultura libre también hay empresas. Frente al entramado del copyright (una alianza de industrias culturales e informáticas, entidades de gestión de derechos y gobiernos que criminalizan la copia), el copyleft propone un ecosistema de agentesmuy diversos: empresas cuyo producto es el ancho de banda o los dispositivos de almacenamiento, otras que negocian con contenidos o datos personales, lobbies y activistas anticopyright,discográficas y productoras independientes, desarrollos técnicos para compartir (P2P), autores y prosumidores que practican la remezcla... Ciertamente, entre estos agentes también hay alianzas. Pero las alianzas que se pueden dar entre Google, la Fundación Creative Commons y empresas del procomún, por ejemplo, son demasiado monstruosas. Porque es cierto que los fuertes están interesados en que haya mucha cultura libre, pero sólo porque es el excipiente necesario para su negocio real: el mercadeo con los datos personales. No encontramos verdaderas alianzas con los débiles, sinomeras componendas para hacer frente a un enemigo común, al copyright. Una cuestión comunitaria La consecuencia es doble: que en la producción cultural no hay comunidades complejas que pongan en cooperación lo grande y lo pequeño y que los réditos económicos del copyleft son en la práctica acaparados por los fuertes (que venden lamentira de que si eres genial, como ellos, siempre podrás triunfar). La dificultad para distribuir los réditos es lo que justifica que las licencias CC pretendan proteger la cultura libre añadiendo una cláusula que no permite el uso comercial (NC), algo impensable para el software libre y que hace que, bajo un juicio estricto, no puedan ser consideradas libres. Eso de que si cualquiera puede usarmis fotos, ¿de qué voy a vivir yo, que soy fotógrafa? señala esta dificultad tan injusta. No imagino un modelo económico viable para, por ejemplo, una comunidad en la que grandes agencias y periodistas freelance o amateurs compartan un archivo gráfico procomún que dé oportunidades económicas para todos o distribuya de alguna manera los beneficios o las rentas. A mi entender, la diferencia grande consiste en que el software es un código y las producciones culturales no. Que el software sea código significa que su puesta en solfa todavía requieremucho conocimiento. Hace faltamás conocimiento para poner a funcionar un código informático que para utilizar una foto. Allí donde el conocimiento complejo debe ser realimentado y redistribuido, la comunidad es imprescindible. No hay software libre sin comunidad y la licencia es sólo un instrumento legal. No nos cansamos de decir que una de las formas de matar las comunidades es expropiarles su conocimiento o hacerlo inservible. Esto vale tanto para el software como para los indígenas que custodian saberes sobre las semillas o las comunidades demujeres que conservan y transmiten el autoconocimiento sobre los partos. Ejemplos como la Wikipedia, que opera almargen delmercado y no tiene competidores, no sirven demodelo para una producción cultural que aspire a salir de la precariedad. De ahí que siga abierta la cuestión de cómo dar fortaleza a la producción de la cultura libre. _______________________________________________ Cc-es mailing list [email protected] http://lists.ibiblio.org/mailman/listinfo/cc-es
