> A mi entender, la diferencia grande consiste en que el software es un
> código y las producciones culturales no. Que el software sea código
> significa que su puesta en solfa todavía requieremucho conocimiento. Hace
> faltamás conocimiento para poner a funcionar un código informático que
> para utilizar una foto. Allí donde el conocimiento complejo debe ser
> realimentado y redistribuido, la comunidad es imprescindible. No hay
> software libre sin comunidad y la licencia es “sólo” un instrumento legal.

Creo que este párrafo —parece el núcleo del texto en tanto trata de identificar 
la causa del mal funcionamiento del ecosistema cultural libre—  no es correcto. 
Un error frecuente a la hora de hacer esa traslación del ecosistema FLOSS a la 
cultura: ignorar las consecuencias de un hecho fundamental, que el software se 
construye con un lenguaje formal y el producto cultural con un lenguaje 
natural. Las implicaciones de esto son enormes porque un lenguaje natural se 
cimenta sobre la función simbólica, proceso emergente de una relación compleja 
–en el sentido que se le da desde las ciencias de la complejidad—en el que 
interviene el conjunto de la sociedad.

Así, por ejemplo, afirmar que no hace falta conocimiento para hacer una foto, 
puede ser cierto —basta con apretar un botón—, pero hacer una foto que produzca 
sentido, ya es otra historia. La dimensión del sentido es otra variable. No es 
lo mismo un sentido efímero e intrascendente que aquel otro con capacidad de 
construcción subjetiva. Por ejemplo, una buena fotografía que es capaz de 
expresar algo que está latente en el imaginario colectivo tendrá mucho éxito 
porque está involucrando a gran parte de la comunidad en un proceso de 
subjetivación. Pero hacer esa foto requiere de una sintonización sofisticada 
entre las distintas subjetividades individuales y colectivas.

Una vez aclarado esto, habría que explicar lo que en el texto de Padilla se 
presenta como un fracaso, la falta de consolidación de un tejido mercantil que 
soporte la creación cultural —resumiendo—, afirmación que se apoya en otra 
serie de equívocos. El primero es la diferencia entre cultura e industria 
cultural y el segundo es la propia definición de cultura, que tiene distintas 
acepciones. Tanto "cultura", en sus distintas acepciones, como "industria 
cultural" se meten en el mismo saco al hablar de cultura libre, y así resulta 
frustrante cualquier tentativa de descripción del modelo.

Hablando de modelos de negocio hay que hablar, necesariamente, de industria 
cultural, y lo que tenemos aquí es que la industria cultural que podría ser 
compatible con los presupuestos de la libertad sería aquella cuyo modelo de 
negocio se cimentara sobre bienes escasos en una economía de ideas —en lugar de 
generar escasez artificialmente—: Economía de la atención, acceso y tiempo 
real. Recordando aquí lo que Padilla identifica como un éxito de la industria 
del software, la posibilidad de generar alianzas asimétricas entre grandes y 
pequeños, cabría preguntarse si es posible, en el contexto de las economías 
antes mencionadas, un monopolio de facto como el de Google y, más allá, si 
existiera esta imposibilidad, si es necesariamente una condición negativa —en 
mi opinión no. Es la consecuencia directa de un modelo de producción cultural 
distribuido.

El debate, en lo económico ha de darse ahí, pero la precariedad laboral de la 
industria cultural hay que buscarla, sobre todo, en lo político. La industria 
cultural, como un potente constructor subjetivo, es objeto del interés del 
poder, y la precarización es la forma más efectiva de control que podemos 
encontrar. Faltaría, para completar este argumento, pensar en los mecanismos 
políticos de precarización que están operando.

Saludos
aitor

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