Macolextianos,
  aqu� les env�o un art�culo reciente de Garc�a M�rquez sobre
Clinton.   Ah� les queda para que lo disfruten o sufran seg�n sea el
caso.  Yo personalmente le saqu� mucho gusto.

-- 
Fernando Guzman
[EMAIL PROTECTED]



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Tomado de El Clar�n de Buenos Aires, 24 de enero de 1999.

    
    CLINTON

    Por Gabriel Garc�a M�rquez
    
    Lo primero que llama la atenci�n de William Jefferson Clinton es su
    estatura. Lo segundo es un poder de seducci�n que infunde desde el
    primer saludo una confianza de viejo conocido. Lo tercero es el fulgor
    de su inteligencia, que permite hablarle de cualquier asunto, por
    espinoso que sea, siempre que se le sepa plantar. Sin embargo, alguien
    que no lo quiere me previno: "Lo peligroso de esas virtudes es que
    Clinton las usa para que crean que nada le interesa tanto como lo que
    uno le dice".
    
    Lo conoc� en una cena que el escritor William Styron ofreci� en su
    casa veraniega de Marthas Vineyard, en agosto de 1995. Clinton hab�a
    dicho en la primera campa�a presidencial que su libro favorito era
    Cien a�os de soledad.
    
    Yo dije, y se public� en su momento, que aquella frase me parec�a una
    simple camada para el electorado latino. El no lo pas� por alto: lo
    primero que me dijo despu�s de saludarme en Marthas Vineyard fue que
    su declaraci�n hab�a sido sincera.
    
    Carlos Fuentes y yo tenemos razones para pensar que aquella noche
    vivimos un buen cap�tulo de nuestras memorias. Clinton nos desarm�
    desde el principio con el inter�s, el respeto y el sentido del humor
    con que trat� cada una de nuestras palabras como si fueran oro en
    polvo. Su talante correspond�a a su aspecto. Ten�a el cabello cortado
    como un cepillo, la piel curtida y la salud casi insolente de un
    marinero en tierra, y llevaba una sudadera pueril con un crucigrama
    estampado en el pecho. Era, a sus cuarenta y nueve a�os, un
    sobreviviente glorioso de la generaci�n del 68, que hab�a fumado
    marihuana, cantaba de memoria a los Beatles y protestaba en las calles
    contra la guerra de Vietnam.
    
    La cena empez� a las ocho y termin� a la medianoche, con unos catorce
    invitados a la mesa, pero la conversaci�n se redujo poco a poco a una
    suerte de torneo literario entre el presidente y los tres escritores.
    
    El primer tema fue la inminente reuni�n de la Cumbre de las Am�ricas.
    Clinton quer�a que fuera en Miami, como lo fue en realidad. Carlos
    Fuentes pensaba que Nueva Orle�ns o Los Angeles ten�an m�s cr�ditos
    hist�ricos, y �l y yo los defendimos a fondos, hasta que se vio claro
    que el presidente no cambiar�a de idea porque contaba con Miami para
    la reelecci�n.
    
    "Olv�dese de los votos, se�or presidente", le dijo Carlos Fuentes.
    "Pierda Florida y g�nese la historia".
    
    La frase marc� el tono. Cuando hablamos del narcotr�fico el presidente
    oy� mi opini�n con o�dos ben�volos. "Los treinta millones de
    drogadictos de los Estados Unidos demuestran que las mafias
    norteamericanas son mucho m�s poderosas que las de Colombia y mucho
    m�s corruptas sus autoridades".
    
    Cuando le habl� de las relaciones con Cuba pareci� a�n m�s receptivo:
    "Si Fidel y usted pudieran sentarse a discutir cara a cara, no
    quedar�a ning�n problema pendiente".
    
    Cuando hicimos un repaso espectral de Am�rica latina supimos que su
    inter�s era mucho mayor de lo que supon�amos pero le faltaban datos
    esenciales.
    
    Cuando la charla amenaz� con volverse demasiado formal le preguntamos
    por su pel�cula favorita y contest� que era High Noon, de Fred
    Zinnermann, a quien hab�a condecorado d�as atr�s en Londres. Cuando le
    preguntamos qu� estaba leyendo lanz� un suspiro de alivio y mencion�
    un libro sobre las guerras econ�micas del futuro, cuyo t�tulo y autor
    no reconoc�. "Mejor lea El Quijote", le dije. "Ah� est� todo".
    
    La verdad es que ese libro �nico no se lee tanto como se dice, pero
    muy pocos admiten que no lo han le�do. Clinton demostr� con dos o tres
    frases que lo conoc�a muy bien.
    
    Entusiasmado, nos pregunt� por nuestros libros preferidos. Styron le
    contest� que el suyo era "Huckleberry Finn" de Mark Twain. Yo hubiera
    escogido "Edipo Rey" de S�focles, que es mi libro de cabecera desde
    los veinte a�os, pero prefer� "El conde de Montecristo", s�lo por
    razones t�cnicas que me cost� mucho explicar. Clinton dijo que el suyo
    eran "Las Meditaciones de Marco Aurelio", y Carlos Fuentes no vacil�
    por "Absal�n Absal�n", sin duda alguna la novela estelar de William
    Faulkner, aunque otros preferimos "Luz de Agosto", por gustos
    personales.
    
    Clinton, como homenaje a Faulkner, se puso entonces de pie y con
    largas zancadas alrededor de la mesa recit� de memoria el mon�logo de
    Benji, que son las p�ginas m�s asombrosas pero tambi�n las m�s
    herm�ticas de "El sonido y la furia".
    
    Faulkner nos llev� a preguntarnos una vez m�s sobre las afinidades
    entre los escritores del Caribe y la pl�yade de grandes novelistas del
    sur de los Estados Unidos. Nos parecieron m�s que l�gicas, si
    tom�bamos en cuenta que el Caribe no es en realidad un �rea
    geogr�fica, circunscrita al mar, sino un espacio hist�rico y cultural
    mucho m�s vasto, que abarcaba desde el norte del Brasil hasta la
    cuenca del Misisip�. Mark Twain, William Faulkner, John Steinbeck, y
    tantos otros, ser�an entonces tan caribes por derecho propio como
    Jorge Amado y Dereck Walcott. Clinton -nacido y formado en la sure�a
    Arkansas- celebr� la ocurrencia y proclam� con alegr�a su propia
    filiaci�n caribe.
    
    Entonces iban a ser las doce de la noche y tuvo que interrumpir la
    charla para contestar una llamada urgente de Gerry Adams, a quien
    autoriz� desde aquel momento para recaudar fondos y hacer campa�a en
    los Estados Unidos a favor de la paz en Irlanda del Norte. Este debi�
    de ser el final hist�rico para una noche inolvidable, pero Carlos
    Fuentes lo llev� m�s lejos cuando le pregunt� al presidente a qui�nes
    consideraba sus enemigos.  La respuesta fue inmediata y brutal: "Mi
    �nico enemigo es el fundamentalismo religioso de derecha".
    
    Dicho esto concluy� la cena. Las otras veces que lo vi, en privado o
    en p�blico, me dej� la misma impresi�n que la primera: Bill Clinton
    era todo lo contrario de la idea que los latinoamericanos tenemos
    sobre los presidentes de los Estados Unidos.
    
    Ahora bien: �ser�a justo que este raro ejemplar de la especie humana
    tuviera que malversar su destino hist�rico s�lo porque no encontr� un
    rinc�n seguro donde hacer el amor? Pues �se es el caso: el hombre con
    m�s poder sobre la Tierra no ha logrado consumar sus ardores secretos
    por el estorbo invisible de un servicio de seguridad que sirve mejor
    para impedir que para proteger.
    
    No hay cortinas en las ventanas de la oficina Oval ni un cerrojo de
    caridad en el ba�o reservado a las obras mayores del presidente. El
    florero que se ve a sus espaldas en las fotograf�as de su escritorio
    ha sido denunciado por la prensa como un escondite de micr�fonos para
    consagrar en documentos de Estado las audiencias. M�s triste, sin
    embargo, es que el presidente s�lo quiso hacer algo que el com�n de
    los hombres ha hecho a escondidas de sus mujeres desde el principio
    del mundo, y la estolidez puritana no s�lo impidi� que lo hiciera,
    sino que le neg� hasta el derecho de negarlo.
    
    La literatura de ficci�n la invent� Jon�s cuando convenci� a su mujer
    de que hab�a vuelto a su casa con tres d�as de retraso porque se lo
    hab�a tragado una ballena. Amparado en esa argucia at�vica, Clinton
    neg� ante la Justicia que hubiera tenido alguna relaci�n sexual con
    Monica Lewinsky, y lo neg� con la cabeza en alto, como todo infiel que
    se respete. A fin de cuentas, su drama personal es un asunto dom�stico
    entre �l y Hillary, y �sta lo ha respaldado ante el mundo con una
    dignidad hom�rica.
    
    Perfecto: una cosa es mentir para enga�ar y otra bien distinta es
    ocultar verdades para preservar esa instancia m�tica del ser humano
    que es su vida privada. Con todo derecho: nadie est� obligado a
    declarar contra s� mismo.
    
    De haber persistido en la negativa inicial, a Clinton lo habr�an
    procesado de todos modos -pues de eso se trataba-, pero es mucho m�s
    digno ser perjuro en defensa del fuero interno que ser absuelto contra
    el amor.
    
    Por desgracia, con la misma determinaci�n con que neg� la culpa la
    admiti� m�s tarde, y sigui� admiti�ndola por todos los medios
    impresos, visuales y hablados hasta la humillaci�n. Error mortal de un
    amante inconcluso cuya vida secreta no pasar� a la historia por haber
    hecho mal el amor sino por haberlo vuelto todav�a menos eterno de lo
    que suele ser. Lleg� hasta el escarnio de someterse al sexo oral
    mientras hablaba por tel�fono con un senador. Se suplant� a s� mismo
    con un cigarro fr�gido. Apel� a toda clase de artificios elusivos para
    burlar a natura, pero cuanto m�s lo intentaba m�s motivos contra �l
    encontraban sus inquisidores, pues el puritanismo es un vicio
    insaciable que se alimenta de su propia mierda.
    
    Ha sido una vasta y siniestra confabulaci�n de fan�ticos para la
    destrucci�n personal de un adversario pol�tico cuya grandeza no pod�an
    soportar. Y el m�todo fue la utilizaci�n criminal de la Justicia por
    un fiscal fundamentalista llamado Kenneth Starr, cuyos interrogatorios
    encarnizados y salaces parec�an excitarlo hasta el orgasmo.
    
    El Bill Clinton que encontramos hace cuatro meses en la cena de gala
    que ofreci� al presidente Andr�s Pastrana en la Casa Blanca, era un
    hombre distinto. Ya no era el universitario desprejuiciado de Marthas
    Vineyard, sino un convicto enflaquecido e incierto, que no lograba
    disimular con una sonrisa profesional el mismo cansancio org�nico que
    destruye a los aviones: la fatiga del metal.
    
    D�as antes, en una cena de periodistas con la se�ora Katharine Graham,
    la dama de oro del Washington Post, alguien hab�a dicho que a juzgar
    por el juicio de Clinton los Estados Unidos segu�an siendo el pa�s de
    Nathaniel Hawthorne. Aquella noche en la Casa Blanca lo entend� en
    carne viva.  Se refer�an al gran novelista norteamericano del siglo
    anterior, que denunci� en su obra los horrores del fundamentalismo en
    la Nueva Inglaterra, donde quemaron vivas a las brujas de Salem. Su
    novela capital, "La letra escarlata", es el drama de Hester Prynne,
    una joven casada que tuvo un hijo secreto de un hombre que no era el
    suyo.
    
    Un Kenneth Starr de la �poca le impuso el castigo de llevar de por
    vida una camisa de penitente con la letra A del c�digo puritano con el
    color y el olor de la sangre. Un agente del orden la segu�a a todas
    partes con un tambor batiente para que los transe�ntes se apartaran a
    su paso.
    
    El desenlace, por cierto, podr�a quitarle el sue�o al fiscal Starr,
    pues el padre clandestino de la hija de Hester result� ser el ministro
    del culto que la martiriz� hasta la muerte. La t�cnica y la moral del
    procedimiento fueron en esencia las mismas. Cuando los enemigos de
    Clinton no encontraron m�ritos para juzgarlo por lo que quer�an, lo
    acosaron con interrogatorios minados, hasta que lo pillaron por aqu� y
    por all� en trampas secundarias.  Entonces lo forzaron a acusarse en
    p�blico a s� mismo, y a arrepentirse incluso de lo que no hab�a hecho,
    en vivo y en directo, a trav�s de una tecnolog�a de la informaci�n
    universal que no es m�s que la versi�n trimilenaria de los tambores
    persecutorios de Hester Prynne. Por las preguntas del fiscal,
    capciosas y concupiscentes, hasta los ni�os de pecho se entreraron de
    las mentiras que sus padres les contaban para que no supieran c�mo los
    hab�an hecho.
    
    Vencido por la fatiga del metal, Clinton lleg� hasta la locura
    imperdonable de castigar a sangre y fuego a un enemigo inventado a
    cinco mil trescientas noventa y siete millas n�uticas de la Casa
    Blanca, solo para desviar la atenci�n de su desgracia personal. Tony
    Morrison, premio Nobel de Literatura y gran escritora de este siglo
    agonizante, lo resumi� en una plumada genial: "Lo trataron como a un
    presidente negro".

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