Hola, les remito la version entera del articulo que habia mencionado
anteriormente, esta en el www de numero.

LA CONVIVENCIA EN UN PA�S DESBARATADO
�
Entrevista a Antonio Morales Riveira por Guillermo Solarte Lindo
Fotograf�as de Le�n Dar�o Pel�ez
�UN PA�S DESBARATADO? EL PA�S NUNCA HA ESTADO ARMADO, Y MUCHO MENOS
CONSTRUIDO. Hist�ricamente, Colombia nunca se organiz� como pa�s. Ni
siquiera desde los inicios de la �nacionalidad� colombiana, cuando la
invasi�n occidental de Crist�bal Col�n y el proceso poste-rior de
conquista, ni desde la formaci�n misma de los n�cleos sociales que exist�an
antes de la llega-da de los espa�oles y que recibieron el mazazo
ideol�gico, �tico y est�tico de la Conquista y de la violaci�n de su
existencia. El pa�s, incluso desde el punto de vista de la organizaci�n
social precolombina, no se form� como tal, no se arm� como Estado y por eso
jam�s se gener� naci�n de ning�n tipo.
En lo que hoy se llama Colombia, nunca se consolid� una madeja de
relaciones sociales y de conductas y normatividades que permitieran pensar
en un conjunto nacional. A diferencia de algunos pa�ses de Am�rica
precolombina �como M�xico e incluso Per��, donde exist�a una organizaci�n y
se originaron y fortalecieron estados, u otros que se consolidaron gracias
a las migraciones e influencias de las estructuras racionalistas europeas
con una clara concepci�n de naci�n, y en consecuencia de Estado �como
Argentina y Chile�, en Colombia esto nunca se dio. Se supuso
hist�ricamente, a trav�s de la Conquista, la Colonia, la Independencia y la
Rep�blica, que hab�a una armaz�n nacional, pero �sta nunca ha existido: ni
�tnica, ni cultural, ni econ�mica, ni social, ni pol�tica, ni mucho menos
�tica. 
En consecuencia se impuso la percepci�n del Estado colombiano contempor�neo
como un conjunto, pero jam�s hubo una influencia objetiva, una mano
hist�rica que creara una estructura nacional; por eso el desbarajuste del
que hoy nos quejamos es, simplemente, la progresi�n de una no construcci�n.
Tenemos un pa�s apenas zurcido, jam�s tejido. Y su �nico pegamento ha sido
�en las mejores ocasiones� la suma de las babas propias de los excesos
ret�ricos o leguleyos. Este pa�s no construido, mucho menos ha sido
pensado, dise�ado o planeado. 
El proceso hist�rico colombiano, con caracter�sticas raciales y culturales
diferentes, es similar al que se gener� tras la unificaci�n de Italia en el
siglo XIX, y que hoy revienta con el problema de la Liga Lombarda y toda la
gente del norte opuesta a la del sur. Aqu� tambi�n se hizo con babas una
naci�n, como en Italia, como en Yugoslavia, como en todos los lugares y
zonas geopol�ticas del mundo donde se trat� de edificar naciones a punta de
guerras y auto-ritarismos, forzando los destinos hist�ricos de los pueblos
por medio de la conciliaci�n de lo naturalmente irreconciliable. Tanto como
cruzar micos con papayas o pedirle peras al olmo. Igual en Colombia, donde
se superpusieron de una manera incoherente razas e ideas, donde se unieron
regiones de suyo aut�nomas, donde se entremezclaron pa�ses y culturas
siempre al vaiv�n de las guerras, siempre al ritmo de las destrucciones. 
FRAGMENTOS DE UNA IDEA DE NACI�N 
La ausencia de convivencia o la nula tolerancia del pa�s de hoy se produce
como resultado de un proceso hist�rico en el cual se unieron cosas que no
eran juntables. Los procesos hist�ricos comunes a toda Latinoam�rica, en
Colombia se exacerbaron. Aqu� se hizo a la brava la mezcla sincr�tica del
cristianismo con la cosmovisi�n precolombina: la suma atroz de la culpa
judeocristiana con el pensamiento animista y naturalista del universo
m�gico religioso del precolombino. Por otra parte, se efectu� la mixtura de
grupos �tnicos que deber�an haber tenido, en un momento dado, cierta
autonom�a. Se invadieron las�
autonom�as naturales, incluso las individuales. El resultado hist�rico, que
se refleja en todos los actos contempor�neos, es que el individuo se siente
violado y act�a �nica y exclusivamente como individuo, o sea, es
intolerante y no convive. No reconoce una colectividad forzada, impuesta, y
como ser colectivo se ve subyugado; por consiguiente, reacciona d�ndole
preponderancia a su individualismo. Y lo hace, desde luego, con violencia
individual o colectiva. 
Ese ego�smo infinito del individualismo colombiano, que es el pan
cotidiano, se nota hasta en problemas psicomotores, como los excesos que se
producen en el tr�fico de la ciudad. Alguien que no ha sido educado en el
respeto f�sico de los espacios, frente a la obligaci�n de respetar con su
auto una l�nea que divide dos carriles, tender� siempre a meterse en el
carril que no le corresponde, quebrantando el orden colectivo y exaltando
un supuesto orden individual que equivale al caos social. Y lo hace porque
no es capaz de mantener esa linealidad que los europeos s� guardan
culturalmente, como naci�n, basados �tr�gicamente tambi�n� en su triste
legado hist�rico de acci�n y reacci�n, de crimen y castigo, de culpa y
purga del pecado. 
Lo que hacemos en la calle o en la guerra es, de alg�n modo, el rechazo del
inconsciente colectivo a la imposici�n de esas mixturas culturales que se
alcanzaron a punta de cruces y espadas. Es el rechazo a la autoridad que
pretendi� aplicarle a la gente una inyecci�n de orden para hacer una
�naci�n�, y no lo logr� porque quienes impusieron la legalidad y el
supuesto orden, nunca entendieron la psicolog�a y la organizaci�n social de
las masas y de los individuos mestizos. 
LA COMPLEJIDAD DE LA VIOLENCIA 
Habr�a que revaluar el t�rmino de violencia pol�tica y, de alguna manera,
ampliarlo, pues no solamente el hecho del asesinato con un prop�sito
pol�tico es un crimen pol�tico. La violencia pol�tica, en un sentido m�s
amplio, es tambi�n el subproducto social de todas las barbaridades
hist�ricas y de todos los sojuzgamientos propios de la llamada violencia
cotidiana, am�n de la violencia clasista, la de la opresi�n y la inequidad.
La delincuencia com�n tambi�n es �quiz�s a la inversa� violencia pol�tica.
Eso no es nuevo para nadie, ni siquiera para quienes demonizan todas las
expresiones libres, en medio de un manique�smo simplista y torpe de
disparos, de autodefensas y de opciones m�s retardatarias como el
neoliberalismo, que no es m�s sino una forma velada y de moda de la suma
del viejo colonialismo con el contrabando de hoy, id�ntico al de antes, que
fuera la gran expresi�n de la econom�a en los primeros a�os de la Rep�blica
y que hemos heredado en forma de narcotr�fico. 
Nuestros 25.000 muertos al a�o, as� se deban a la estrellada de un bus que
ten�a mal los frenos, o de una l�nea en la v�a no respetada, obedecen a una
conducta pol�tica impuesta por los poderosos, de una seudocultura pol�tica.
La hist�rica, la de siempre: la de la ventaja, la del clientelismo, la del
beneficio individual. Porque si el ejercicio de la pol�tica es corrupto, el
dolo est� impl�cito en la v�lvula del bus a la que le faltaba un poco de
l�quido; porque as� es m�s barato, como lo ense�an los mercachifles de la
macroeconom�a. En consecuencia, los 30 muertos del bus que se va a un
abismo son producto de una conducta igualmente equ�voca; de una violencia
no s�lo pol�tica sino instituida por las �pol�ticas� y no reconocida como
violencia y conflicto social, por una depravaci�n hist�rica de quienes
�organizan� la sociedad. 
IDENTIDAD EN LA ANARQU�A 
Curiosamente, la identidad se da cuando el colombiano o el bogotano se
ponen en sinton�a con lo suyo, que es la anarqu�a psicomotriz cultural;
ah�, en medio de la anarquizaci�n de todo, parad�jicamente se produce una
cierta organizaci�n. Es en ese momento cuando el conductor respeta la
�cebra� en el sem�foro. Hoy, de manera espont�nea, mucha gente cede el paso
y construye leyes intuitivas y �leg�timas� para organizar lo que el Estado
es incapaz de manejar: la calle, la gente, los asociados con sus deberes y
derechos. 
Cuando el colombiano se reconoce en el desorden y vive del desorden,
empieza a organizarse. �En qu� medida? De repente la gente empieza a
construir espacios de tolerancia y convive, mal que bien, ante la absoluta
inexistencia del Estado como figura paterna, autoritaria. Entonces es
parad�jico que a trav�s del desorden, la gente encuentre la semilla para
poder organizarse. Si hay algo notorio en la Colombia de hoy es que ante la
desaparici�n del Estado, la gente se organiza por encima de su ausencia,
ll�mese guerrilla, paramilitares, ONG o sociedad civil. Y esto se expresa,
m�s all� de los conceptos, en la simple cotidianidad, en la sobrevivencia. 
LA LEY: UN JUEGO SIN FIN 
Cuando se habla de la Constituci�n uno piensa en la ley. Las legislaciones
colombianas se han pensado y construido, a lo largo de los siglos, para que
no perduren. �sta es una perversidad del alma de los legisladores, puesto
que la ley deber�a permanecer como pauta de conducta a trav�s de la cual se
corrige y se convive. En otras sociedades sucede lo contrario; los gringos
tienen una Constituci�n de diez art�culos y esa regla subsiste gracias a un
r�gimen policial. Aqu� parece que cada ley tiene dentro de s� la semilla de
su propia autodestrucci�n para posibilitar que se d� el santanderismo, la
continuidad tonta de leyes que no sirven y que generan otras que no
perdurar�n, para que s�lo se reproduzca est�pidamente la necesidad de m�s
leyes y m�s legisladores, siempre dentro del universo de la ineficacia, la
garant�a de supervivencia de lo que Gait�n llamaba �los mismos con las
mismas�. Esa es la ma�a del poder. Para perpetuarse tiene que traicionar su
propio invento: la ley. �Y c�mo? Haci�ndola imperdurable. Los poderosos se
perpet�an en este pa�s reformando siempre la ley para quitarle
perdurabilidad, y en ese juego de malhacer leyes todo el pa�s, con ellos a
la cabeza, perece, hist�ricamente hablando. 
Si la ley desde un principio estuviera relativamente bien hecha, ellos no
podr�an seguir legislando s�lo para el d�a a d�a. Tan as� es que por
ejemplo en un tema como la extradici�n, que nos agobia nacional e
internacionalmente, los constituyentes de 1991 s�lo legislaron para la
coyuntura. Hab�a narcoterrorismo y decidieron olvidarse de la extradici�n,
sabiendo que cinco o seis a�os despu�s iba a armarse un rollo internacional
o un rollo interno tan fuerte, que iban a tener que revisar esa decisi�n.
Una ley contradice la ley de hace quince a�os y la extradici�n es un claro
ejemplo contempor�neo de c�mo legislar para el presente. Hacen
constituciones para la coyuntura, y �qu� pasa despu�s? Se inventan las
posibilidades de reformar a trav�s del Congreso para quitarle las v�sceras
a la Constituci�n, para poder volver a hacer otra ley que tampoco perdure.
�C�mo quieren entonces que el ciudadano se acoja a una ley de pacotilla?
�Que respete una normatividad variable, f�til e inaprensible? Y lo peor es
que en ese juego siempre ganan ellos, los del poder, y pierden los que en
apariencia s� est�n sujetos a la ley, los ciudadanos del mont�n que la
rechazan consciente o inconscientemente y son castigados por ella o por las
leyes privadas, ilegales. Esas que hoy ejercen con barbarie los �paras� que
dicen representar la legitimidad, y las propias fuerzas de esa
�legitimidad�. Por esta raz�n no creo que la ley, por encima de la
conciencia individual y colectiva, sea la �nica posibilidad de organizaci�n
social. Quienes manejan las leyes, hasta la de la oferta y la demanda,
siempre est�n aliados, y les favorece que �stas no perduren, aunque sepan
que la impunidad original de la ley es su no perdurabilidad. Y esa es una
ra�z definitiva de la violencia. Tan as� es que se hizo una gran ley, la
Independencia, que en su conjunto �con todo lo que implicaba� era una ley
civilista, una conquista que nos permit�a vernos, existir y actuar en una
sociedad soberana y nacional. Y no pas� nada. Esa ley original, como todas,
nunca se cumpli�. 
LA PERIFERIA PARA EL CENTRO 
�
El lastre hist�rico de no vivir en armon�a con la geograf�a vertical
diversa que tenemos en el coraz�n y en el entendimiento, se debe al triunfo
del centralismo. Es la victoria de Nari�o, por una parte, y m�s tarde de
Bol�var y Santander. Haciendo un poco de ficci�n hist�rica, uno puede
preguntarse qu� habr�a pasado si a trav�s de una ley de car�cter federal se
hubieran respetado la diversidad cultural, las regiones y las econom�as en
Colombia. Cualquier intento contempor�neo serio para reestructurar el pa�s
y sacarlo de la guerra debe pasar por el planteamiento de la
institucionalizaci�n de las autonom�as regionales, en una especie de
prefederalismo, que ser� la �nica medida que permita legalizar lo que hoy
es un hecho: el dominio territorial por parte de unos grupos armados que
han consolidado su influencia en todos los niveles, sobre vastas �reas de
la geograf�a nacional. Las famosas reformas constitucionales hacia la paz
deben considerar, antes que nada, el federalismo como nuevo dise�o
pol�tico, de tal modo que esas fuerzas aut�nomas sean convocadas por un
Estado, ese s� de verdad nacional, que sea como un alter ego de las
regiones, libres, pero vinculadas a la naci�n. Esa es la �nica f�rmula
realista para que la guerrilla, los �paras� y dem�s factores de violencia
que no piensan dejar las armas sino reinsertarse armados en la sociedad,
como ya lo han planteado, hagan parte de fuerzas policiales o militares
regionales que le deban obediencia a un Estado central pero no centralista.
Fuerzas que dependan de un ej�rcito nacional, pero que simult�neamente
garanticen la validez y la permanencia del concepto de organizaci�n federal
de la vida civil y militar. Y que garanticen, en una especie de paz armada,
los logros mismos de la paz en materia pol�tica, social y econ�mica. A eso
no hay que tenerle miedo, y esa, en �ltimas, puede ser la verdadera
reinserci�n de todos los alzados en armas. 
Con un ej�rcito nacional ineficiente ideol�gica y operati-vamente, una
guerrilla fuerte, el problema de la tierra dividido en tenencia y
territorialidad �origen hist�rico de todo el derrame de sangre en
Colombia�, unos �paras� que tambi�n est�n en el problema de tenencia y
territorialidad y que desplazan, se encuentra otra posibilidad muy f�cil de
balcanizaci�n. El remedio podr�a ser una rep�blica federal que no s�lo
propusiera soluciones contempor�neas, sino que finalmente enderezara un
equ�voco hist�rico: haber pegado con babas una naci�n que s�lo exist�a en
el delirio de unos iluminados que nunca miraron la historia, que no se
dieron cuenta de la inmensa diversidad cultural y que forzaron un esquema
centralista y excluyente, causante de todas las guerras y de todas las
injusticias. 
LA GUERRA DE LOS FANTASMAS 
Los gringos tienen un inter�s estrat�gico de car�cter geopol�tico. Luchan
contra el narcotr�fico porque les afecta sus intereses econ�micos
seudo�ticos, y como polic�as del mundo mantienen el prohibicionismo
mientras les convenga. Adem�s, el expansionismo norteamericano y la
concepci�n imperial siguen ah� y m�s que nunca ahora que empiezan a darse
los primeros s�ntomas de sus deseos de �vietnamizar� el caso colombiano.
Adem�s la �variable� Colombia, en t�rminos de la pol�tica del Departamento
de Estado para Am�rica Latina, seguir� siendo la misma: una pol�tica en la
que prima lo econ�mico, lo estrat�gico, lo militar y lo neocolonial o
neoliberal, como lo quieran llamar. Me parece que en la Colombia de hoy, no
en la de 1900 y de la p�rdida del canal de Panam�, sino en la de hoy, los
gringos no se la pueden jugar como quisieran. Esta argamasa que es la
sociedad nacional, este sancocho del que hablaba Jaime Bateman, es un
intangible desde el punto de vista de la estrategia imperial. Este pa�s es
un lugar inmanejable. Aunque el ser colectivo colombiano no es naci�n ni es
nada, s� es profundamente l�cido, inteligente, imaginativo y tiene una
concepci�n antiautoritaria que tendr�a que confrontarse, y de hecho ocurre,
con la m�xima autoridad del planeta. No les ser�a muy f�cil tener de verdad
una capacidad de manejo sobre este pa�s, as� sea a trav�s de los sapos
nacionales que les hacen el juego. La respuesta de Colombia, aunque suene
rom�ntico, ser�a profundamente creativa, profundamente l�cida. 
Por otra parte, el poder pol�tico y econ�mico todav�a es fiel int�rprete de
sus propias necesidades que, en �ltimas, coinciden con las de los Estados
Unidos; por ejemplo, todo el proceso de la apertura, de ese reino del
contrabando que nos instal� C�sar Gaviria y del cuento de la globalizaci�n
�otro proceso devastador para el pa�s y en general para el Sur� coincide
perfectamente con los intereses de los comerciantes norteamericanos. Y los
gringos, como sociedad imperial, no son nada m�s ni nada menos que eso:
comerciantes. Igual de �tumbadores� a los de ac�, y por eso se identifican
con sus modelos neoliberales. Este siempre ha sido un pa�s de comerciantes
y de leguleyos, cuyos intereses coinciden con los de los Estados Unidos. 
Ese cord�n umbilical que hay entre los Estados Unidos y el poder pol�tico y
econ�mico en Colombia, sigue evolucionando. En cambio, si se rompiera
verdaderamente el equilibrio de la �democracia� colombiana en s� misma y en
su relaci�n con los gringos la cosa se tornar�a dif�cil e incluso podr�a
pensarse que los Estados Unidos adoptar�an otro tipo de acciones, a su
juicio mucho m�s eficaces, para volver a organizar su �Banana Republic�.
Por ejemplo, si se produjera ese proceso de balcanizaci�n, es decir, si
ocurrieran decisiones pol�ticas definitivas en este pa�s, si se
consolidaran tendencias y reformas en los pr�ximos diez a�os, los gringos
s� se jugar�an una salida militar: pellizcar�an un pedazo de territorio y
dejar�an otro intacto. Eso suceder�a as� si la guerrilla tumbara una puerta
descomunal y verdaderamente pusiera en jaque al pa�s. 
TENSIONES EN LAS EXTREMIDADES 
Lo m�s extremo es el equilibrio de la guerra. Dentro de una pavorosa �tica
social el pa�s se ha acostumbrado a que existe una guerra equilibrada, que
produce unas estad�sticas de horror y unos porcentajes de sangre
�asumibles� para la sociedad. Es extremo que nos hayamos acostumbrado a
250.000 muertos en los �ltimos a�os y que nos parezca que la guerra es
manejable, mientras sea estable. Eso es lo que un proceso de paz deber�a
romper, no el extremo de la polarizaci�n de las fuerzas mismas del
conflicto y de su capacidad de avance o de retroceso. Hay que romper el
hilo conductor de la existencia de una guerra permanente, de una guerra que
no va ni viene, que desafortunadamente no tiene en tantos a�os, cerca de
40, un ganador a la vista. Es terrible, pero aqu� lo �nico estable y
perdurable es la guerra. Esa s� ha sido en las �ltimas d�cadas la verdadera
norma y en ella s� perduran las leyes, pero las de la guerra, las que nos
gobiernan en lo social y en lo pol�tico. 
La pelea es por la territorialidad. Finalmente los violentos tratan de
conservar lo que creen suficiente para el abastecimiento de su gente y para
su crecimiento. Por eso la guerra en Colombia no es de ganadores ni
vencedores y, por tanto, perdura, volvi�ndola m�s tr�gica porque se trata
de conservar zonas invadidas a veces por el uno o por el otro. Esa
posibilidad de entrecruzarse en territorios y en dominios f�sicos de la
tierra es la que hace perdurar una guerra boba que tan s�lo garantiza un
cierto equilibrio, incluso econ�mico y de relaciones de producci�n entre
quienes se van acomodando, entre ellos el ej�rcito y la sociedad misma, que
poco a poco se vuelve inmune a la guerra, hipnotizada. �Qui�n se beneficia
de esa estabilidad de la guerra? Pelecha el ej�rcito porque crece, porque
le dan m�s recursos; pelechan los �paras�, la guerrilla y hasta los
procesos de paz. Lo m�s inmoral de una guerra es que sea estable. 
PRIVADOS DEL EJ�RCITO 
El ej�rcito nunca fue nacional, sino m�s bien un ej�rcito construido para
el servicio de un sector o de unos sectores, pero siempre con un concepto
particular, privado y no p�blico, mucho menos nacional; de ah� la facilidad
con que varios de sus miembros y algunos due�os de la propiedad tomaron la
decisi�n, no hace mucho tiempo, de privatizar la guerra con ej�rcitos a
sueldo como los paramilitares o las autodefensas. En ese sentido el general
Manuel Jos� Bonett tiene una an�cdota reveladora: �Cuando era subteniente
en Ci�naga (Magdalena), me ordenaron acabar con los liberales; cuando fui
coronel, me ordenaron matar a los comunistas�. �Qui�nes? Los due�os del
ej�rcito colombiano, que son los mismos due�os de la econom�a y de la
pol�tica; entonces que no se rasguen las vestiduras. El m�s privado de los
ej�rcitos es el colombiano. Los �paras� son privados, pero el ej�rcito
colombiano lo es mucho m�s. Es muy dif�cil que un ej�rcito que jam�s ha
sido nacional, se vuelque en sentido figurado sobre la naci�n real y no
sobre la naci�n parcial que ha sustentado.�
�ltimamente ha pasado otra cosa fundamental en el conflicto armado en los
campos. Hace unos a�os, en la �poca de la violencia anterior, el problema
era la tenencia de la tierra, el campesino que pretend�a la reforma agraria
y el otro que no se la otorgaba, pero en los �ltimos tiempos ese polo de
conflicto b�lico se desplaz� hacia la concepci�n de la territorialidad que
sobrepasa el problema de la tenencia de la tierra. En el manejo de las
grandes �reas rurales lo menos importante es la propiedad privada de la
tierra, que era por lo que se peleaba hace 50 a�os; lo importante ahora es
el dominio econ�mico de inmensas extensiones. �Por qu� lo menos importante
es poseer la tierra? Porque se tienen armas de territorialidad
absolutamente asombrosas como la capacidad de desplazamiento, y a trav�s
del desplazamiento no se necesita poseer las propiedades. Por la ausencia
del desplazado, �stas simplemente son de las fuerzas de ocupaci�n. El mayor
negocio en el campo en los �ltimos a�os es el desplazamiento, y m�s en el
caso de los paramilitares. La guerrilla tambi�n juega a la territorialidad:
por su intenci�n pol�tica, por su deseo de reformas o quiz�s por un
supuesto deseo de toma del poder. Los �paras� juegan porque si salen 300
campesinos de Mutat�, simplemente quedan 25.000 hect�reas, y si se puede
sembrar coca, �perfecto! 
En los �ltimos cinco a�os se ha dado una transformaci�n evidente del
fen�meno paramilitar. Fue una bola de nieve que se les sali� de las manos a
sus creadores, esto es, al ej�rcito y a los narcos, apoyados por los
ganaderos y por los agricultores. Sin embargo, Carlos Casta�o est�
totalmente identificado con los deseos igualitarios de las Farc y el ELN,
pero no con su modo de actuar. �Los paramilitares hoy son refor-mistas!
Son, en este momento, una guerrilla de �derecha revolucionaria� que pone en
pr�ctica el concepto de la territorialidad para hacer una reforma agraria,
no por la tenencia de la tierra, sino por el dominio territorial mismo,
geopol�tico y estrat�gico, desde luego al servicio de quien les paga; esa
es su gran flaqueza moral, adem�s de la inmensa cobard�a de asesinar a la
poblaci�n civil. 
Pero volviendo al cambalache de la tenencia de la tierra, enfrentada al
nuevo proceso de territorialidad, ya no son de alguna manera los individuos
los que hacen las guerras. Los individuos sumados, los de antes, los que
quer�an una tierrita... ahora son unas masas flotantes en lo ideol�gico y
lo econ�mico, que se van moviendo por el pa�s poseyendo dominio territorial
y en consecuencia poder pol�tico, militar y econ�mico. 
La guerrilla pide unas mesas de di�logo que conduzcan a otra Asamblea
Constituyente para renovar de nuevo ese mito colombiano, el de la Carta
Magna: todo el mundo quiere pasar a la historia reformando ese libro. Pero
a mi juicio la guerrilla colombiana sigue siendo un movimiento armado que,
como todos, ejerce de manera est�pida la violencia, que est� metido en una
guerra sin salida, pero que evidentemente no es una banda armada
terrorista, ni una banda de narcotraficantes. Se trata de organizaciones
pol�tico-militares que mantienen unos preceptos ideol�gicos de justicia
social, de reforma social. Ya se bajaron hace rato del cuento de la
dictadura del proletariado y de la construcci�n del socialismo, de la
utop�a marxista-leninista, pero mantienen una estructura �tica y pol�tica
que les da legitimidad ideol�gica. 
�QUI�NES, PARA NEGOCIAR QU�? 
En medio del posible di�logo con los alzados en armas se va a ventilar el
problema del costo-beneficio, dentro del pragmatismo y la autosuficiencia
de la burgues�a colombiana y de la guerrilla. Hoy el presidente de Fedegan,
Jorge Visbal Martelo, puede decir: �Bueno, mi costo es de 10%; la
embarramos hist�ricamente, doy el 10% de justicia social�. Y ese negocio,
como es obvio, se producir� dentro de la guerra. Cada cual querr� presionar
m�s, desear� regatear, como hace uno cuando va a la tienda o a un
sanandresito a comprar algo. Exactamente lo mismo: tanto de reformas
sociales, tanto de bienestar familiar, tal modificaci�n del Seguro Social
para cubrimiento del 40% en salud. Eso es lo que inicialmente van a
negociar, pero la unidad del Estado tambi�n la van a tener que negociar. 
Un aspecto fundamental, la cohesi�n del Estado por medio de las fuerzas
militares, ser� el punto definitivo de una negociaci�n. M�s all� del
dinero, de las reformas, de la reinserci�n, de los mismos procesos
inherentes a la paz, el problema es qu� hacer con las fuerzas armadas del
pa�s. De alguna manera las propias fuerzas militares lo �nico que no
dejar�an tocar ser�a su integridad, y todo depende de quien est� al frente
del Estado, de quien est� aport�ndoles la ideolog�a a los militares en el
momento en que se produzca la negociaci�n. Ese es el gran problema, porque
la guerrilla seguramente pedir� la reestructuraci�n de las fuerzas armadas.
Ah� vendr�n las grandes dificultades, cuando en el negocio se metan con la
almendra, con esa instituci�n �rom�ntica� que es el ej�rcito de la patria,
que en el fondo no es otra cosa que la seguridad del Estado y de quien lo
soporta. 
En ese instante se empezar� la discusi�n sobre el concepto de Estado que se
quiere. �Centralista? �Federalista? �Con autonom�as regionales?
�Neoliberal? �Social? La primera discusi�n y el �ltimo acuerdo ser�n sobre
qu� pasar� con las fuerzas armadas, las leg�timas y la guerrilla; eso lo
tienen que negociar paralelamente a todo lo dem�s. No obstante, lo que
marcar� la pauta ser� el negocio de las armas de la guerrilla y del
ej�rcito, en un sentido pol�tico. �Qui�n deber�a estar en la paz? Ah� s�
toca ser casi matem�tico, sumar el todo nacional. Y cuando digo sumar todo,
no es solamente convocar a la mesa y a los procesos de paz al Estado, los
bandos y las organizaciones que tienen un puesto ganado y una cierta
legitimidad: ONG, derechos humanos, campesinos, sino a lo que
coloquialmente podr�a definirse como todo el �combo�. Mucho m�s all� de lo
que hoy llaman �sociedad civil�, que poco a poco comienza a dejar de ser
una expresi�n libre de la colectividad porque ya ese concepto lo empiezan a
manipular los medios, los gremios y los pol�ticos para apropiarse de esa
sociedad civil y convencernos una vez m�s de que ellos dizque son Colombia,
para volver a atracar al pueblo y robarle su representaci�n. Todo el pa�s,
es decir 40 millones de personas, debe estar representado para cohesionar
la gran masa de la paz. Es un problema hist�rico de exclusi�n el que hay
que vencer. La gran estrategia, el gran trabajo de la gente que piensa en
este pa�s y que produce ideas, deber�a ser la generaci�n de mecanismos para
aglutinar una expresi�n que nunca se ha dado, una expresi�n hist�ricamente
oculta e invisible, la de los millones de colombianos que son en �ltimas
las v�ctimas de la violencia, los que se mueren. Ellos tienen que
expresarse por encima de la guerrilla, del poder, de los due�os de la
producci�n, de la Iglesia y del ej�rcito. Todos los colombianos deben ser
aceptados en el proceso de paz y en la construcci�n de un nuevo Estado y un
nuevo pa�s, para ver si al fin somos naci�n.�
Versi�n de la entrevista a Antonio Morales Riveira, tomada del libro No
pasa nada. Una mirada a la guerra, de Guillermo Solarte Lindo, editado por
Tercer Mundo y el Instituto Interamericano de Cooperaci�n para la
Agricultura, IICA, 1998.
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