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El arma que necesita Colombia Carlos Alberto Montaner Cuatro meses antes de terminar su mandato el presidente Andr�s Pastrana ha rectificado. Mejor tarde que nunca. Me alegro por �l, porque lo aprecio en el terreno personal y me mortificaba verlo equivocarse en la b�squeda de una paz imposible, pero m�s lo celebro por los colombianos. Al fin marchan en la direcci�n correcta, lo que no quiere decir que no ser� terriblemente dolorosa. Si uno tiene c�ncer todas las terapias son devastadoras. Y los colombianos est�n luchando contra un c�ncer social que se verifica en un dato pasmoso: es el pa�s del planeta que reporta m�s hechos violentos: 71 por cada cien mil habitantes. Sud�frica, que es un espantoso matadero, s�lo exhibe la mitad: 34. Rusia, que se ha vuelto un pueblo del Far West en la �poca de Billy the Kid, apenas 30. Un poco menos, por cierto, de los 31 de M�xico y algo m�s de los 28 que arroja el peligroso manicomio del se�or Ch�vez en Venezuela. El charco de sangre que ahoga a los colombianos -treinta mil asesinatos al a�o, tres mil secuestros- tiene varios afluyentes: la narcoguerrilla comunista es el principal. Las FARC y el ELN son sus principales representantes, y mal har�a el gobierno en tratar de encontrar muchas diferencias entre los dos grupos. Cualquiera que se tome el trabajo de leer los papeles de los �elenos� encuentra un dato poco esperanzador: s�lo los dividen de las FARC algunas cuestiones t�cticas de poca monta, y, supongo, los l�gicos personalismos que surgen entre grupos que compiten por el poder. A estas dos categor�as sigue, en n�mero de actos violentos, la delincuencia pura sin connotaciones ideol�gicas. Gentes que no pretenden cambiar el destino de Colombia sino cambiar una billetera de bolsillo, o hacerse de un autom�vil, aunque para ello tengan que degollar a un ni�o a la salida del colegio. Pero las vinculaciones de esta canalla con la narcoguerrilla son amplias: a veces les venden los secuestrados por un m�dico precio. A uno de estos desdichados que cambi� de due�o lo conoc� hace algunos a�os: lo tuvieron encadenado a un �rbol de la selva durante seis meses hasta que su familia reuni� el dinero para comprar lo que le restaba de vida. En tercer lugar quedan los paramilitares. Duros y sanguinarios, tienen a los narcoguerrilleros como a sus peores enemigos, pero no vacilan en eliminar a los sospechosos. Lo que los diferencia de las narcoguerrillas es que carecen de proyecto pol�tico. No quieren tomar el poder para instalar una sociedad parida por la utop�a marxista. Lo que quieren es matar comunistas o cualquier ser humano que se les parezca. Por �ltimo, est�n los barones de la droga. Unas veces junto a la narcoguerrilla, otras del brazo de los paramilitares, y siempre servidos por la delincuencia de rompe y rasga. Una deleznable gentuza Para ganar esa guerra los colombianos van a tener que adaptar la legislaci�n a la realidad del pa�s. Colombia, por lo visto, no es el cant�n de Basilea. De la misma manera que Estados Unidos examina la posibilidad de juzgar a los terroristas de Al Qaeda en tribunales militares, probablemente los colombianos se ver�n obligados a hacer algo similar. No tiene sentido recurrir a la pena de muerte -bastantes cad�veres ya tiene que soportar el pa�s-, pero s� encerrar r�pidamente en c�rceles seguras y por largos periodos a los violentos de cualquier bando. Y eso lo puede hacer el ej�rcito mucho mejor que un poder judicial como el colombiano, lento, indefenso, corrompido, atemorizado, y, en ciertas instancias, penetrado por los enemigos de la democracia. Es verdad que las organizaciones que defienden los Derechos Humanos protestar�an por la militarizaci�n de los tribunales para este tipo de delito, pero siempre se puede explicar que en medio de una guerra a muerte hay que tomar medidas especiales. Europa no acab� con la pirater�a ni con la trata de esclavos por dulces medios jur�dicos, sino ahorcando a los delincuentes en los m�stiles de los barcos. En Colombia no hay que poner en pr�ctica medidas tan dr�sticas. Se trata de hacer la mayor cantidad posible de justicia que permiten las circunstancias extremas del pa�s. Lo que resulta intolerable es que el 95 por ciento de los delitos violentos cometidos en Colombia queden impunes. Ah� no hay un estado de derecho sino un estado de sitio. En Colombia, ganar la guerra significa restituir el imperio de la ley en el pa�s. Significa que los violentos y los delincuentes de todas las trincheras vuelvan a temerle a la autoridad. Una autoridad que no tiene que ser cruel, ni debe torturar, ni debe excederse de las normas legales. Pero las normas legales tienen que ser suficientes para enfrentar el reto de los asesinos. No es moralmente justo mandar a los soldaditos a morir por la patria y simult�neamente negarles el respaldo de la patria en el terreno institucional. A lo mejor el �ltimo y mejor legado de Andr�s Pastrana es la vertebraci�n de una legislaci�n de urgencia que acompa�e a las tropas al campo de batalla. Ya deja -todo hay que decirlo- un ej�rcito mucho mejor preparado que el que encontr�. Saldr�a por una puerta m�s grande si ahora le desata las manos a los jueces. Necesitan esa arma desesperadamente. |
