Colext/Macondo
Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior
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Am�rica Latina: tres crisis y un funeral

Carlos Alberto Montaner

La inestabilidad pol�tica y las crisis econ�micas frecuentes son los rasgos
m�s caracter�sticos de Am�rica Latina. As� ha sido desde el surgimiento de
las rep�blicas en el primer cuarto del siglo XIX. Las razones hist�ricas de
este fen�meno intento explicarlas en un libro reciente, "Las ra�ces torcidas
de Am�rica Latina", y hallo que una de las m�s graves y persistentes es el
permanente desencuentro entre sociedad y Estado que padecen las naciones de
nuestra cultura. Los pueblos no se sienten reflejados ni defendidos por las
instituciones del Estado. Casi siempre con raz�n, perciben a los gobiernos
como adversarios, como explotadores, generalmente como corruptos y
tramposos, y, por lo tanto, las personas limitan su lealtad al �mbito de la
familia y los amigos. No hay una clara noci�n de las responsabilidades como
ciudadanos porque el Estado, sencillamente, ha fallado sistem�ticamente.

El caso m�s reciente es el de Argentina, pero hace un par de a�os fue Brasil
el que se vio obligado a devaluar su moneda en un cien por ciento como
consecuencia de la incapacidad administrativa del Estado. Y hace cinco, el
gobierno del presidente mexicano Ernesto Zedillo -un economista competente,
por cierto- tuvo que pedirle al vecino norteamericano y socio en el Tratado
de Libre Comercio (TLC) un pr�stamo de varias decenas de miles de millones
de d�lares para poder hacerle frente a sus obligaciones internacionales.
Ma�ana ser� Venezuela el pa�s que, de la mano de Hugo Ch�vez, se precipitar�
en una terrible cat�strofe, de la que va dando muestras, aunque
probablemente ser� menor que la que le espera a Colombia si el  pr�ximo
gobierno -las elecciones son en mayo- contin�a impotente ante las masacres y
los secuestros perpetrados por las narcoguerrillas comunistas y por sus
enemigos de extrema derecha y no logra ganar la guerra que, final y
razonablemente ha aceptado librar el gobierno de Pastrana. Acerqu�monos, uno
a uno, aunque a grandes rasgos, a cuatro de los problemas m�s urgentes del
continente. Hay m�s, pero estos son los que parecen m�s graves e inmediatos.

Argentina y los gobiernos despilfarradores

La explicaci�n m�s reiterada del reciente desastre argentino es que el pa�s
ten�a una deuda externa muy alta -ciento cincuenta mil millones de d�lares-
que generaba unos intereses impagables. No es cierto. Cuando se tiene un PIB
de trescientos cincuenta mil millones de d�lares -la mitad del espa�ol- el
monto proporcional de la deuda no era excesivo. El problema estaba en otra
parte: en el aumento irresponsable del gasto p�blico y en la utilizaci�n del
cr�dito externo y del producto de las privatizaciones para financiarlo.

No es verdad que el caso argentino ha demostrado el fracaso de las medidas
liberales, o "neoliberales", etiqueta hoy absolutamente negativa. Argentina
hizo lo correcto cuando privatiz� las ruinosas empresas estatales y cuando
cre� una caja de conversi�n o "currency board" para dotar de credibilidad a
su desprestigiada moneda nacional. Lo que all� fracas�, otra vez, fue la
propuesta keynesiana de activar la econom�a mediante un alto nivel de gasto
p�blico y un creciente d�ficit fiscal. En 1991, cuando comienza la reforma,
el gasto p�blico ascend�a a treinta y dos mil millones de d�lares. En el
2000 hab�a subido a ochenta y un mil, mientras el PIB s�lo se hab�a
duplicado. Desde hac�a varios a�os los liberales argentinos, con Ricardo
L�pez Murphy a la cabeza, ven�an advirtiendo que el pa�s se acercaba al
despe�adero si no se reduc�an los gastos y se adoptaba una pol�tica fiscal
ortodoxa. Es f�cil crecer -como sucedi� en la primera mitad de los noventa-
cuando existe un flujo de inversiones externas que se dedican a gasto y
consumo, pero en el momento en que se paraliza esa entrada de recursos,
inevitablemente sobreviene una aguda recesi�n.

A grandes rasgos esa es la parte t�cnica del conflicto. S�lo que esta visi�n
deja fuera el aspecto m�s importante de la cuesti�n: la ignorancia de las
normas b�sicas de la econom�a de mercado. Cuando los prestamistas
internacionales examinaban los datos macroecon�micos de Argentina ve�an
se�ales de alerta y eso se transformaba en intereses m�s altos. En las
econom�as libres esa es la regla de oro: la desconfianza cuesta muy cara. El
creciente d�ficit fiscal y los s�ntomas de que Argentina, en alg�n momento,
no podr�a hacerle frente a sus compromisos, aumentaba el riesgo-pa�s y eso
se traduc�a en tasas mayores de inter�s, lo que agravaba el riesgo-pa�s, y,
a su vez, repercut�a en nuevas tasas. O sea: la espiral  perpetua hasta que
el sistema lleg� a la bancarrota.

Tal vez la lecci�n m�s importante que deber�a aprender la clase dirigente
argentina es que el sistema de econom�a de mercado est� basado en el respeto
a la ley, el cumplimiento de los pactos y -si se quiere ser pr�spero y
eficiente- en el manejo prudente de las pol�ticas p�blicas. Todo eso se
traduce en confianza hacia el pa�s y hacia la sociedad que vive bajo la
autoridad de este tipo de conducta. Y la confianza permite hacer planes a
largo plazo y estimula el ahorro, la inversi�n y la capitalizaci�n
creciente. Pero este clima sosegado -el de Suiza, el de Espa�a hoy, el del
primer mundo- no puede alterarse cada cierto tiempo sin graves
consecuencias. De donde se deduce que la primera tarea del presidente
Duhalde, si consigue sostenerse en el poder, sea tranquilizar a extranjeros
y argentinos con hechos y proyectos sensatos que inevitablemente incluyen un
en�rgico frenazo en el gasto p�blico y una severa persecuci�n a los
corruptos. Lo que est� por delante es una labor a medio camino entre la
econom�a y la siquiatr�a.

Colombia: una reliquia de la guerra fr�a

Parece incre�ble que en el 2002, trece a�os despu�s de la demolici�n del
Muro de Berl�n y a una d�cada de la desaparici�n de la URSS, unas guerrillas
comunistas, financiadas por una siniestra combinaci�n entre las drogas, los
secuestros y las extorsiones, todav�a sue�en con tomar el poder para
instaurar el para�so ideado por Karl Marx, pero eso exactamente es lo que
acontece en Colombia. Las FARC y el ELN -unos veinte mil guerrilleros en
total- no han cancelado su proyecto totalitario. Es cierto que en Colombia
hay un injusto sistema de distribuci�n de la riqueza, y es verdad que la
mitad de la poblaci�n puede calificarse como muy pobre, y no es mentira que
entre la clase pol�tica convencional hay altos niveles de corrupci�n, pero
las guerrillas no piensan poner fin a esta lamentable situaci�n por medio de
la democracia, la buena administraci�n y el mercado, sino derrotando en el
terreno militar al gobierno "burgu�s" entregado al imperialismo yanqui, y
recurriendo de inmediato al modelo dictatorial cubano, pues est�n
persuadidas de sus ventajas, bondades y superioridad moral.

Las guerrillas est�n consiguiendo su prop�sito. Lentamente, con la t�ctica
de la "guerra popular prolongada", la de Mao en China en la d�cada de los
cuarenta, la de Ho Chi Minh en Viet Nam en los sesenta y setenta, alternando
las ofensivas militares y los actos de terrorismo con la ilusi�n de las
falsas conversaciones de paz, van ganando terreno y aumentando las fuerzas
insurrectas, casi siempre mediante el reclutamiento forzoso de campesinos
menores de edad. Pose�an, hasta hace pocas fechas, un santuario de 42 000
kil�metros cuadrados -el tama�o de Suiza- donde mandaban e impon�an sus
leyes. Pero algo m�s importante: en el falso proceso de paz, h�bilmente,
adquirieron respetabilidad y legitimidad pol�tica. Los jefes guerrilleros
recorren Europa, y algunas canciller�as los tratan como beligerantes. Nadie
les recuerda que son responsables directos -juntamente con la derecha
paramilitar que los adversa- de treinta mil asesinatos y seis mil secuestros
todos los a�os. Una carnicer�a bastante mayor que la que mantiene al
yugoslavo Slobodan Milosevich en prisi�n y ante los jueces.

Esta situaci�n explica el ascenso vertiginoso del candidato �lvaro Uribe, un
abogado y economista de 47 a�os, ex gobernador de Antioquia, donde dej� una
buena memoria de honradez y eficiencia. Hace seis meses s�lo ten�a un 2 por
ciento de apoyo popular y hoy encabeza las encuestas con casi un 53. En un
estilo claramente churchilliano, ha prometido sangre, sudor y l�grimas con
un lema que ha cautivado al pueblo: "cuarenta millones de colombianos no van
a ponerse de rodillas ante treinta mil enemigos de la democracia". Uribe, si
gana, va a ofrecer la paz, pero con el desarme inmediato de los
narcoguerrilleros y los paramilitares. Si no aceptan sus condiciones, ha
prometido derrotarlos en el campo de batalla. Afortunadamente, ya cuenta -y
ese es el mejor legado que le dejar� Pastrana-, con un ej�rcito mucho mejor
adiestrado y armado que el que ten�a el pa�s hace cuatro a�os. A lo que hay
que agregar, por supuesto, el cambio de actitud de Washington tras los
sucesos del 11 de septiembre. Tanto las FARC como el ELN y los paramilitares
han sido clasificados como organizaciones terroristas por el Departamento de
Estado. Eso significar� una ayuda militar decisiva y el respaldo del
Pent�gono si Uribe invoca el Tratado Interamericano de Asistencia Rec�proca,
instrumento de colaboraci�n militar que constituye una especie de OTAN
potencial.

Venezuela en manos de "el Loco"

Cuando el coronel Hugo Ch�vez lleg� a la presidencia del pa�s en el a�o
1999, pese a sus antecedentes golpistas (o quiz�s gracias a ellos), lo
apoyaba el 80 por ciento de los venezolanos, mientras el 20 restante lo
detestaba visceralmente. Grosso modo, la divisi�n era clasista. Los niveles
sociales bajos -la inmensa mayor�a- lo respaldaban, y los medios y altos lo
rechazaban. Hoy se han invertido las proporciones. Tiene en contra el 80 por
ciento y apenas se solidariza con �l el otro 20, lo que quiere decir que los
pobres se han pasado de bando masivamente. S�lo que ese extraordinario
cambio de la opini�n p�blica no se refleja en las instituciones. En los dos
primeros a�os de mandato Ch�vez cambi� las leyes -incluso le cambi� el
nombre al pa�s-, control� totalmente el parlamento y reorganiz� a su antojo
el poder judicial. No pudo, sin embargo, apoderarse de los sindicatos ni de
la ense�anza privada -dos de sus objetivos-, ni le ha sido dable silenciar
los medios de comunicaci�n opositores. O sea: estamos en presencia de un
gobierno y de un Estado mortalmente enfrentados a la sociedad civil.

La verdad es �sa: los empresarios, la Iglesia cat�lica, los gremios de
trabajadores, la mayor parte de los intelectuales y artistas, incluso las
asociaciones de estudiantes universitarios, generalmente proclives a todo lo
que huela a "revoluci�n", no quieren a Ch�vez. �Por qu�? Porque le han
perdido totalmente el respeto. No lo ven como a un l�der carism�tico, sino
como un pobre charlat�n que habla incesantemente durante horas, canta (y
canta mal), se disfraza, juega beisbol (y juega mal), y, en lugar de
gobernar con seriedad y m�todo, se dedica a hostilizar a todo el que no se
le subordina. Adem�s de esos rasgos pintorescos, que le han merecido el
sobrenombre de "el Loco", la prensa ha mostrado las pruebas de la inmensa
corrupci�n de su gobierno, y los v�nculos entre el chavismo y las
narcoguerrillas comunistas colombianas, dato que hasta el canciller
norteamericano Collin Powell ha tenido que comentar con cierta preocupaci�n.

A este deprimente panorama folkl�rico, t�pico del tercermundismo radical,
hay que a�adir, por supuesto, la crisis econ�mica: par�lisis casi total de
la econom�a, quiebra de numerosas empresas y fuga en masa de capitales y
cerebros. Es verdad que las cifras macroecon�micas muestran un ligero
crecimiento, pero eso s�lo se debe al aumento del precio del petr�leo en el
a�o 2001, ingresos que han sido notablemente despilfarrados por un Estado
que gasta cada vez m�s y audita cada vez menos para ocultar los oscuros
manejos de los recursos p�blicos.

�A d�nde va el pa�s? La confusi�n pol�tica e ideol�gica de Hugo Ch�vez es
muy notable. Lleg� a la presidencia por medio de unas elecciones impecables,
pero uno de sus primeros actos de gobierno fue escribirle una carta al
terrorista internacional de origen venezolano Carlos Ilich Ram�rez, el
famoso "Chacal" -preso en una c�rcel francesa de m�xima seguridad por su
participaci�n en numerosos secuestros, asesinatos y explosiones
dinamiteras-, en la que le demostraba su solidaridad y simpat�a, y en la que
le advert�a, ilusionado, que alg�n d�a llegar�a el momento del triunfo
revolucionario.

�A qu� se refer�a Ch�vez? En esencia, a lo que pomposamente llama "la
Tercera Teor�a Universal", un remedo de las ideas de otro coronel muy
parecido a �l en las locuras y en el histrionismo: el libio Muammar Gaddafi,
autor del "Libro verde". Ch�vez es eso: una mezcla de Gaddafi con Fidel
Castro m�s unas gotas del argentino Per�n. Su proyecto es crear una sociedad
en la que desaparezcan las instituciones de la democracia
liberal -parlamento, poder judicial independiente, partidos pol�ticos de
diversos credos-, y en la que la propiedad privada se limite a unidades muy
peque�as, familiares, porque uno de sus objetivos es la igualdad econ�mica
organizada por un estado militar y econ�micamente fuerte, asentado en la
comuni�n entre el l�der y la masa, sin m�s organizaciones intermedias que
unas difusas asambleas populares controladas por un gran partido nacional.

Para lograr esa meta Ch�vez tiene que comenzar a matar. Y su problema es que
no puede instaurar un r�gimen de terror, como hizo Castro en Cuba o Gaddafi
en Libia. Y no puede, porque las fuerzas armadas, reorganizadas durante los
cuarenta a�os de democracia ininterrumpida, no lo van a acompa�ar en esta
aventura totalitaria, y sin ellas no hay dictadura posible. M�s a�n: cada
d�a que pasa es mayor el n�mero de personas que piden y esperan un "golpe
militar democr�tico" -la mayor de las contradicciones- que liquide al
gobierno r�pidamente y convoque a unas nuevas elecciones. �Ocurrir�?
Probablemente habr� alg�n intento, pero nadie puede asegurar que ser� un
hecho exitoso e incruento. Existe, incluso, un escenario espeluznante que
advierten ciertos analistas: Ch�vez, ante la proximidad de un choque con su
propio aparato militar, y ante la ca�da en picado del apoyo popular, podr�a
provocar un incidente con Colombia para internacionalizar el conflicto y
tratar de salvarse en medio de una ola nacionalista artificialmente
estimulada.

Cuba espera un cad�ver

En Cuba la historia se ha detenido a la espera de un cad�ver. Los cubanos
aguardan con impaciencia la muerte de Fidel Castro, convencidos de que en la
Isla suceder� lo mismo que ocurri� en Espa�a tras la muerte de Franco o en
Portugal tras la desaparici�n de Oliveira Salazar. R�pidamente, tras las
seguramente aparatosas honras f�nebres, comenzar� un intento por modificar
el sistema para adaptarlo a una realidad mundial poco hospitalaria con el
estalinismo. Y no parece que esa fecha est� muy lejana. A sus 75 a�os, en el
curso de la �ltima d�cada  Fidel Castro ha sufrido por lo menos tres
infartos cerebrales, de los que se ha recuperado con ciertas dificultades.
Los pol�ticos aztecas que lo vieron en la toma de posesi�n de Vicente Fox
hace poco m�s de un a�o, y lo han vuelto a ver durante la reciente visita
del mexicano a Cuba a principios de febrero del 2002, se han quedado
impresionados con el notable deterioro f�sico y mental del llamado "M�ximo
l�der". Castro, para desesperaci�n de sus interlocutores, contin�a hablando
durante horas, pero ahora lo hace con una voz lenta y estropajosa -filtrada
por una dentadura postiza que se le mueve como si quisiera escap�rsele de la
boca- con la que apenas es capaz de hilvanar coherentemente sus ideas.

La probable cercan�a de la defunci�n de Fidel acent�a los s�ntomas de fatiga
y desconcierto dentro del aparato de gobierno. Incluido Ra�l Castro, el
heredero designado, todo el mundo sabe que Fidel transmitir� el poder, pero
no la autoridad. En los reg�menes totalitarios verticales, construidos en
torno a personajes excepcionales, lo frecuente es que se produzca un cambio
brusco en las relaciones de poder cuando desaparece el factor que los
aglutina e impone la disciplina. Ra�l no es muy popular ni muy querido, ni
siquiera dentro de las Fuerzas Armadas. Tiene setenta y un a�os y padece de
cirrosis como consecuencia de su afici�n a la bebida. La percepci�n popular
es que s�lo tiene dos caminos: o encabeza los cambios que el pa�s est�
pidiendo a gritos o ser� barrido por otros militares y civiles, muy
inconformes con cuanto sucede en el pa�s, hoy totalmente incapaces de
enfrentarse al liderazgo descomunal de Fidel, mientras a Ra�l, en cambio, no
le temen.

La necesidad de cambio viene dictada por la muy dif�cil situaci�n econ�mica
que atraviesa la naci�n. Con un PIB anual de apenas 18 000 millones de
d�lares, Cuba es hoy el pa�s de Iberoam�rica que crea menos riqueza per
capita. Su mayor fuente de ingresos la constituyen las remesas de los
exiliados a sus familiares, y, en segundo lugar, el turismo, pero ambos
rubros, m�s el az�car y los modestos aportes del n�quel y del tabaco, apenas
alcanzan para financiar las importaciones b�sicas del pa�s: una cierta
cantidad esencial de comida para que no se dispare otra vez la desnutrici�n,
como ocurri� a principios de los noventa, algunas medicinas b�sicas,
combustible y las maquinarias imprescindibles. De ah� que la Isla tenga la
mayor deuda externa relativa de toda Am�rica Latina y una de las m�s altas
del mundo: 13 000 millones de d�lares con los pa�ses occidentales m�s 20 000
que le reclama Mosc�, aunque La Habana se niega a devolver lo adeudado
ampar�ndose en el sofisma de que los compromisos eran con la URSS y no con
esa naci�n de nuevo cu�o llamada Rusia. Es decir: Cuba debe casi dos veces
su PIB anual. Argentina, sin embargo, apenas un tercio.

El cambio en Cuba, sin duda, comienza por la reconciliaci�n con Estados
Unidos, pero esto dif�cilmente va a suceder si antes no hay una cierta
apertura democr�tica. Los estrategas norteamericanos saben que es in�til
negociar con un r�gimen en su etapa final y esperan a la muerte de Fidel
para comenzar sus movimientos. Dentro de la Isla, los disidentes ya han
propuesto una f�rmula totalmente viable: le llaman el Plan Varela y parte de
un referendum, para el que han recogido las diez mil firmas que se�ala la
ley, y en el que se les preguntar�a a los cubanos si quieren continuar con
el modelo pol�tico econ�mico actual, o si prefieren optar por otro. Frente a
esta propuesta se supone una reacci�n negativa por parte de Fidel: ignorar�
totalmente la petici�n de los dem�cratas cubanos. Pero tambi�n se sabe que
ese camino -el refer�ndum- es una manera razonable y tranquila de enterrar
la dictadura, m�s o menos como hicieron los chilenos cuando derrotaron a
Pinochet. De manera que el Plan Varela, aunque ahora sea rechazado, queda
abierto para los sucesores de Castro como una opci�n inquietante.

La esperanza chilena

�No hay ninguna esperanza en el panorama latinoamericano? S� la hay, y se
llama Chile. Con 12 400 d�lares per capita -el m�s alto de Am�rica Latina-,
una inflaci�n de menos del 3 por ciento y un desempleo del 10 -era el 5 hace
tres a�os-, los chilenos cuentan hoy con un modelo econ�mico y un cuadro
pol�tico muy saludables. Esto lo han logrado con una combinaci�n de sensatez
en el gasto p�blico, equilibrio fiscal, apertura de mercados, manejo
cuidadoso de la masa monetaria, privatizaciones de las empresas estatales y
honradez administrativa. Simult�neamente, los �ndices de pobreza se han
reducido del 42 por ciento de la poblaci�n al 20, lo que demuestra que las
reformas liberales funcionan perfectamente bien cuando se llevan a cabo
correctamente y por un tiempo prudente. No era verdad que la libertad
econ�mica y el mercado traer�an la ruina a los industriales locales, como
advert�an a derecha e izquierda del espectro pol�tico. Antes de las reformas
apenas hab�a 200 empresas exportadoras. Hoy hay dos mil y los empresarios
chilenos se han convertido en exportadores de capital.

Pero tan importante como el ejemplo econ�mico chileno es el fen�meno
ocurrido en el terreno pol�tico. Y aqu� vuelvo al inicio de estos papeles:
en Chile se ha producido una reconciliaci�n entre sociedad y Estado. Los
chilenos comienzan a creer en sus instituciones, mientras todo el arco
democr�tico, exceptuados algunos pinochetistas y comunistas irredentos e
incorregibles, hoy coinciden en que no hay sustituto para la combinaci�n
entre la rep�blica liberal, democr�tica y plural, y la econom�a de mercado.
O sea: la f�rmula que hoy suscriben los veinte pa�ses m�s pr�speros y
felices del planeta. Ese m�tico primer mundo al que Chile, si no pierde el
rumbo, ser� la primera naci�n latinoamericana en incorporarse, probablemente
antes de que pasen diez a�os. El ejemplo es muy importante: si los chilenos
pudieron, tambi�n hay esperanzas para el resto.

Marzo 3, 2002




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    cortesia de Anibal Monsalve Salazar

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