Hola a todos.

Encontré el siguiente artículo (punzante, sin duda) del escritor
cubano (residenciado en España), Carlos Montaner. Aunque hiriente, el
artículista menciona muchos elementos en relación al idioma
español que -en mi opinión- necesitan ser considerados en serio [y
muy enserio].

Preveo algunas reacciones viscerales :-)

Saludos.

Antonio W.

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Mil años de soledad

Carlos Montaner

Hace un milenio, un fatigado curita de San Millán de la Cogolla, para
aclarar un ya incomprensible texto latino, hizo unas breves
anotaciones marginales en español rudimentario. Desde entonces el
español es eso mismo: unas anotaciones al margen de otras lenguas
cardinales. Porque, seamos serios: ¿a quién le importa lo que se
escriba, piense o diga en nuestra benemérita lengua?

Está bien que nos consolemos -a mí me horroriza- con la cifra
irresponsable de trescientos millones de hispanoparlantes, pero eso,
¿de qué sirve? ¿Sabe el lector cuántos libros escritos en
español se
traducen a otras lenguas? Por algún rincón de mi desordenada mesa
tengo el dato; unas pocas docenas. ¿Cuántos libros --en cambio--
traducimos anualmente al español? Millares. Las páginas de
nuestros
periódicos se rellenan con traducciones -ni siquiera buenas- de las
agencias norteamericanas, francesas, inglesas, italianas.

Los «features» y hasta las tiras cómicas norteamericanas son,
vendidas a bajo precio por los «sindicatos» y cadenas de
periódicos
de Estados Unidos. La televisión exhibe programas doblados. Nuestras
cervantinas hordas abarrotan los cines para contemplar las hazañas de
King-Kong, Tiburón y otros bichos angloparlantes. Borges tiene
razón; el español es un idioma para cantar en la ducha.

Ni es justo ni vale la pena censurar a las culturas pujantes. Si el
español apenas existe en el orden de la Gran Cultura Planetaria --con
mayúsculas, linotipista, por favor--, es, en primer término, por
nuestra soñolienta debilidad. No hemos sido capaces de crear
circuitos comerciales por los que se deslicen los libros a lo largo
y lo ancho del idioma.

México, Argentina y España siguen siendo los autárquicos
vértices de
un misterioso triángulo que no abarca perímetro alguno y en el que
naufragan los esfuerzos comunes como si se tratara de una réplica
metafísica del de Bermudas.

Menos algunos nombres fulgurantes, más citados que leídos, las
literaturas nacionales y regionales continúan siendo desconocidas
fuera de las parroquias indígenas. Salvo alguna agencia de
colaboraciones periodísticas, heroicamente solitaria, no hemos creado
vehículos capaces de transmitir las ideas pensadas en el lenguaje que
tristemente, y por estas fechas, cumple mil años.

Pero no nos equivoquemos. Para que el español sea un idioma
importante -importante más allá del número y de la
extensión, es
decir, realmente importante- hay que comenzar a decir cosas
importantes. Nuestra débil intelligentsia tiene que pensar ideas
novedosas y útiles. Nuestros sicólogos, físicos, médicos,
químicos,
politólogos y demás fauna instruida tienen que liberarse de la
subalternidad (es mi contribución al milenario) moral que los
embarga. Tienen que pensar en español ideas nuevas, puesto que para
eso se han educado, y no para ser cotorras amaestradas por otras
culturas e idiomas. Esto es como pedirle peras al olmo.

¿Y si ahora, al cabo de mil años de escribir en este corrupto
latín
de blasfemias e imprecaciones, se hiciera una convocatoria universal,
un acto de fe colectivo para rectificar el triste derrotero de la
lengua? Una gran ceremonia para pedirles a nuestros científicos que
descubran o inventen en español, a nuestras universidades que innoven
en español, a nuestros políticos que piensen en español.
Sería una
bonita manera de acallar el inexplicable alboroto de quienes se
felicitan por llevar mil años repitiendo cosas.

Hace mil años que el español, al menos gráficamente, se
desgajó del
latín. De aquel prometedor inicio, sostenido a mitad del camino por
las cabezas vigorosas de Vives, Mariana, Servet, Cervantes y Quevedo,
hemos venido a parar en la multitudinaria indigencia del siglo XX.
Aunque lo juren los académicos, no es verdad que el español viva
un
pujante momento.

Mas bien agoniza en su etapa crepuscular. No lo habla más gente, sino
más gente repite en español lo que se habla en otros idiomas. El
español se ha extendido por una amplia zona del planeta, pero más
amplios son los casquetes polares y eso trae al mundo sin cuidado.
Paradójicamente, la importancia de una lengua, como hecho cultural,
no pueden marcarla el número de sus habitantes ni su ámbito
geográfico (¿qué valdría si no la pequeña Grecia
clásica?), sino su
capacidad de influir en otras lenguas y culturas. La nuestra es
prácticamente nula.



[Se han eliminado los trozos de este mensaje que no contenían texto]


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