Ya que se trae este artículo (nada menos que de 1980,
de cuando el Milenario del Castellano), será bueno conocer la
polémica que se generó cuando, tras la publicaciòn del mismo,
el cónsul español en EEUU acusó a Montaner de anti-español,
y la jugosa serie de artículos de Montaner sobre la cuestión.
Además de su faceta literaria, Montaner es un neoliberal
anticastrista con conexiones en el imperio, que ejerce una labor
mediática de oposición al régimen cubano (y al venezolano,
boliviano, ecuatoriano, etc.) de ética más que discutible.
Juan Blanco
···································
tomado del PDF:
"De la literatura como una forma de urticaria"
de Carlos Montaner, 1980.
www.firmaspress.com/literatura_urticaria.pdf
LA POLEMICA DEL MILENARIO
CARLOS MONTANER
1. MIL AÑOS DE SOLEDAD
Hace un milenio, un fatigado curita de San Millán de la Cogolla, para
aclarar un
ya incomprensible texto latino, hizo unas breves anotaciones marginales en
español rudimentario. Desde entonces el español es eso mismo: unas
anotaciones
al margen de otras lenguas cardinales. Porque, seamos serios: ¿a quién le
importa
lo que se escriba, piense o diga en nuestra benemérita lengua? Está bien que
nos
consolemos -a mí me horroriza- con la cifra irresponsable de trescientos
millones
de hispanoparlantes, pero eso, ¿de qué sirve? ¿ Sabe el lector cuántos
libros
escritos en español se traducen a otras lenguas? Por algún rincón de mi
desordenada mesa tengo el dato; unas pocas docenas. ¿Cuántos libros --en
cambio-- traducimos anualmente al español? Millares. Las páginas de nuestros
periódicos se rellenan con traducciones -ni siquiera buenas- de las agencias
norteamericanas, francesas, inglesas, italianas. Los «features» y hasta las
tiras
cómicas norteamericanas son, vendidas a bajo precio por los «sindicatos» y
cadenas de periódicos de Estados unidos. La televisión exhibe programas
doblados. Nuestras cervantinas hordas abarrotan los cines para contemplar
las
hazañas de King-Kong, Tiburón y otros bichos angloparlantes. Borges tiene
razón; el español es un idioma para cantar en la ducha.
Ni es justo ni vale la pena censurar a las culturas pujantes. Si el español
apenas
existe en el orden de la Gran Cultura Planetaria --con mayúsculas,
linotipista, por
favor--, es, en primer término, por nuestra soñolienta debilidad. No hemos
sido
capaces de crear circuitos comerciales por los que se deslicen los libros a
lo largo
y lo ancho del idioma.
México, Argentina y España siguen siendo los autárquicos vértices de un
misterioso triángulo que no abarca perímetro alguno y en el que naufragan
los
esfuerzos comunes como si se tratara de una réplica metafísica del de
Bermudas.
Menos algunos nombres fulgurantes, más citados que leídos, las literaturas
nacionales y regionales continúan siendo desconocidas fuera de las
parroquias
indígenas. Salvo alguna agencia de colaboraciones periodísticas,
heroicamente
solitaria, no hemos creado vehículos capaces de transmitir las ideas
pensadas en
el lenguaje que tristemente, y por estas fechas, cumple mil años.
Pero no nos equivoquemos. Para que el español sea un idioma importante -
importante más allá del número y de la extensión, es decir, realmente
importante- hay que comenzar a decir cosas importantes. Nuestra débil
intelligentsia tiene que pensar ideas novedosas y útiles. Nuestros
sicólogos,
físicos, médicos, químicos, politólogos y demás fauna instruida tienen que
liberarse de la subalternidad (es mi contribución al milenario) moral que
los
embarga. Tienen que pensar en español ideas nuevas, puesto que para eso se
han
educado, y no para ser cotorras amaestradas por otras culturas e idiomas.
Esto es
como pedirle peras al olmo.
¿Y si ahora, al cabo de mil años de escribir en este corrupto latín de
blasfemias
e imprecaciones, se hiciera una convocatoria universal, un acto de fe
colectivo
para rectificar el triste derrotero de la lengua? Una gran ceremonia para
pedirles
a nuestros científicos que descubran o inventen en español, a nuestras
universidades que innoven en español, a nuestros políticos que piensen en
español. Sería una bonita manera de acallar el inexplicable alboroto de
quienes se
felicitan por llevar mil años repitiendo cosas.
Hace mil años que el español, al menos gráficamente, se desgajó del latín.
De
aquel prometedor inicio, sostenido a mitad del camino por las cabezas
vigorosas
de Vives, Mariana, Servet, Cervantes y Quevedo, hemos venido a parar en la
multitudinaria indigencia del siglo XX. Aunque lo juren los académicos, no
es
verdad que el español viva un pujante momento.
Mas bien agoniza en su etapa crepuscular. No lo habla más gente, sino más
gente repite en español lo que se habla en otros idiomas. El español se ha
extendido por una amplia zona del planeta, pero más amplios son los
casquetes
polares y eso trae al mundo sin cuidado. Paradójicamente, la importancia de
una
lengua, como hecho cultural, no pueden marcarla el número de sus habitantes
ni
su ámbito geográfico (¿qué valdría si no la pequeña Grecia clásica?), sino
su
capacidad de influir en otras lenguas y culturas. La nuestra es
prácticamente
nula.
2. LA INDIGENCIA DE LA CULTURA HISPÁNICA (1)
(1) Este texto es la primera respuesta de Montaner a otro de José Luis de la
Guardia
-Cónsul General de España-, que apareciera publicado en el diario
norteamericano
The Miami Herald, y en diversas publicaciones hispanas. (N. del E.)
El señor José Luis de la Guardia es Cónsul General de España, pero además es
algo así como el intrépido defensor de la cultura hispánica frente a los
arteros
ataques de los descastados. El señor De la Guardia piensa que yo desprecio a
mi
propia estirpe -a mis padres, a mi patria, a mis antepasados- y por eso me
tiene
mucha piedad. Yo le agradezco al señor De la Guardia la piedad que me tiene.
La
inflación está llegando a un extremo en que hasta yo mismo me tengo piedad.
El señor De la Guardia ha sacado la cara por la lengua española. Eso es lo
que
se espera de todo un caballero. Lo contrario es cosa de muchachos
malcriados.
Debo aclararle al señor De la Guardia que yo no tengo la costumbre de
polemizar
con mis lectores -son pocos y mejor no meneallos-. pero la tentación de
responderle me es absolutamente irreprimible.
Yo afirmo, señor Cónsul, que el español es hoy -y desde hace siglos- una
lengua
marginal sin apenas peso en la cultura planetaria. Y a esa afirmación -tal
vez
equivocada- responde usted poniendo en blanco los ojitos del alma. ¿Por qué
no
se deja de arrebatos líricos y anota, para los curiosos lectores, la lista
de ideas
cardinales pensadas durante los últimos siglos en nuestra milenaria lengua?
¿Dónde están nuestros Rousseau, nuestros Kant, nuestros Hegel, nuestros
Descartes, nuestros Pascal, nuestros Hobbes, nuestros Darwin, nuestros Bohr,
nuestros Pasteur, nuestros Fermi, nuestros Marx, nuestros Einstein, nuestros
Freud, nuestros Keynes, nuestros Curie, nuestros Planck, nuestros Bergson?
No
admito que nadie admire más que yo la obra de Ortega, de Caja! o de Severo
Ochoa, pero más que paradigmas de la cultura española estos gigantes han
sido
las excepciones en medio de la más patética indigencia y algo más triste:
han sido
la coartada de los espíritus gallináceos para ocultar el hecho de que
nuestros
pueblos -a ambos lados del Atlántico -viven parasitariamente de otras
neuronas
más audaces y creativas.
Díganos, si no, señor Cónsul, y yo seré el primero en rectificar, qué idea
parida
en español impera en los campos de la física, la química, la biología, la
genética,
las matemáticas, etc. y no alegue que las condiciones materiales de nuestras
sociedades impiden costosas investigaciones científicas, porque entonces se
verá
obligado a entrar en el campo de las Humanidades y a precisar qué modelo de
análisis, qué cuerpo teórico ha surgido de la intelligentsia
hispana -incluyo a
Hispanoamérica- en sociología, sicología, pedagogía, antropología,
lingüística,
economía o filosofía. Pero no suspire: cite libros, nombres, escuelas,
epígonos.
Hable en serio. que es como se habla de estos temas.
Se pregunta usted si yo estaría dispuesto a mantener en público la
«subalternidad» intelectual -escribí «moral» como sinónimo de intelectual-
de
ciertos hispanoamericanos notables. ¡Pues claro que sí! Durante varios años
dicté
un curso universitario llamado Pensamiento hispanoamericano, y comenzaba
por advertir que el nombre del curso, como los argumentos de las películas
de
Hollywood, era pura ficción, sin contacto alguno con seres vivientes o
hechos
acaecidos, porque nunca ha existido un pensamiento hispanoamericano
mínimamente original. Han abundado los intérpretes cultos, los sabios, los
exégetas, los críticos, pero apenas han surgido mentes, esencialmente
creadoras.
¿Quién puede discutirle genio o talento a Martí, a Vasconcelos, a Sarmiento
o a
Bo!ívar? ¿O quién puede negar la tremenda calidad literaria de Valle-Inclán,
de
Miguel Hernández, de Lorca o de Borges? Pero, ¿qué tienen que ver estas
personalidades descollantes con las ideas seminales que han estremecido a
Occidente? A eso es a lo que me refiero, señor Cónsul. Yo no les niego a
nuestros
pueblos la sal y el agua, pero no me da la gana de perpetrar huecas
palinodias
para aspirar a la Cruz de Alfonso X. Repito el reto: díganos, señor Cónsul,
qué
pensadores españoles o hispanoamericanos han preñado la inteligencia o la
imaginación de otras culturas. Nosotros hemos sido roussonianos y
antiroussonianos, kantianos y neokantianos, raciona1istas y positivistas,
marxistas, neomarxistas o antimarxistas, pero siempre hemos importado las
ideas de culturas o idiomas extraños a nuestra raíz. Más aún: hace casi
trescientos años que la propia España carece de innovadores, y cuando tiene
alguno descomunal como Ortega, prescinde olímpicamente de su magisterio, o
cuando surge un auténtico genio, como Severo Ochoa, lo embarca hacia Estados
Unidos para que ejerza allí su bien dotada inteligencia.
3. EL MITO DE LA LENGUA HERMOSA
¿Por qué alegrarse del milenario de la lengua? Todas las lenguas, al fin y
al cabo,
acaban cumpliendo mil años. La antigüedad, el ancho espacio geográfico o el
número de hablantes de una lengua poco significan. De lo contrario, habría
que
admitir que el mandarín es más importante que el alemán, el indonesio más
importante que el japonés, el filipino más importante que el holandés, el
yoruba
que el sueco o el punjabi que el italiano. La importancia y la vitalidad de
una
lengua radican en su capacidad fecundante. En su fortaleza como instrumento
de
ideas renovadoras. ¿Sabe el señor Cónsul cuántos nuevos libros escritos en
español se tradujeron este año a otros idiomas? Apenas unas docenas. ¿Sabe
cuántos se tradujeron al español? Varios millares. Pertenecemos, señor
Cónsul, a
un espacio idiomático-cultural total y absolutamente conquistado por otros
idiomas y culturas más vigorosas. Y eso es algo doloroso. A mí, por lo
menos, me
duele, pero no por el espíritu de renegado que usted me supone, sino porque
creo que existe la potencialidad para modificar esta realidad, y
mentalidades
como la suya, negadas a la evidencia, la obstaculizan. Ese «desgarrón» que
usted
me atribuye no es por mi condición de descastado, sino porque observo que
nuestras universidades son el más completo desastre; nuestros intelectuales
repiten como cotorras amaestradas o se contentan con hacer el comentario,
nunca
con redactar el texto mismo. Me repugna que nuestros periódicos se escriban
con
el cable y la traducción de la colaboración remota, que nuestro cine o sea
infame
o sea doblado.
Que nuestras masas no lean -ni aun nuestras minorías instruidas- en este
benemérito idioma nuestro. Me indigna que la tirada media de los libros
«importantes» publicados en español apenas alcance los tres mil ejemplares
para
un mercado potencial de trescientos millones. ¡Nuestra lengua! ¿Sabe el
señor
Cónsul cuántos libros escritos por españoles aparecen recomendados en la
Biblioteca Ideal promovida por la UNESCO? Veintitrés. Veintitrés de un total
de
mil ochocientos títulos. ¿Sabe que entre ellos no hay ningún autor del siglo
XVIII
y sólo el muy discutible Espronceda y el nada discutible Galdós en el siglo
XIX?
¿Qué es la cultura escrita en español en nuestros días? Poesía y ficción. Es
Lorca,
Juan Ramón, Vallejo, García Márquez, Cela, Aleixandre. Es una lengua de
artistas solitarios, de mucha o poca calidad --suponemos que mucha-, pero
admita que buenos poetas y buenos novelistas deben existir en todas las
lenguas.
Ese mismo catálogo de la UNESCO incluye poetas y novelistas del bemba, del
bengalí, del bulu, del fang, del swahili, del tonga y del urdu. y es que
todas las
lenguas, señor Cónsul, son igualmente aptas para la creación, y hablar del
«recio
español» es decir una necedad lingüística. ¿De qué cabeza ingenua ha sa1ido
la
especie de que el español es una lengua «rica y bella}? Esas tonterías
pueden
decirse de todas las lenguas, puesto que los idiomas no son otra cosa que
herramientas de las culturas y son tan extensas o tan breves como señalan
las
necesidades del medio. No se conoce una lengua culta -quiero decir, con
alfabeto
y textos- a la que no se pueda traducir cualquier idea con mayor o menor
dificultad. No existe una lengua -por primitivos que sean sus habitantes que
no
sirva de instrumento a la aventura de reflexionar. Los mayas, en medio de
una
cultura técnicamente primitiva, y en un maya-quiché de complicadísima
grafía,
idearon el concepto matemático del cero. Los navajos, y en navajo, metidos
en un
rincón del desierto, formularon la hipótesis del eterno retorno con tanta
audacia
como el propio Neitzsche. Navajo, maya, mandarín, guaraní o español, son
todas
igualmente «recias», « bellas» y otros adjetivos por el estilo. Creo que fue
Juan de
Valdés, en el Diálogo de la lengua, quien hizo la idiota afirmación de que
"lindo"
era la palabra más hermosa de los idiomas conocidos. A esa soberana tontería
se
parecen los elogios que con motivo del milenario se vierten hoy sobre
nuestra
lengua. Insisto, pues, en lo que sobresaltó al señor Cónsul ya otros airados
lectores: de un inicio prometedor, y tras un Siglo de Oro pasmoso, hemos
pasado
a la miseria intelectual más aguda. ¿Dónde están los Raimundo Lulio de hoy?
No
me importa que Lulio escribiera en árabe, latín o catalán. Eso comenzaba a
ser
España ¿Dónde están los Vives y los Suárez? Tampoco me importa que Suárez y
Vives, por costumbre, tradujeran al latín sus originalísimas ideas pensadas
en
español. Desde el siglo XVIII la cultura desarrollada en español vive a
remolque
de otras culturas y de otros idiomas. Eso es patéticamente obvio.
4. CULTURA Y MENTALIDAD AUTORITARIA
Y no piense el señor Cónsul que soy antiespañol o proespañol,
antilatinoamericano o prolatinoamericano. Ni siquiera me suponga procubano.
Me parece una salvajada terrible oponerse o apoyar una cultura, o
enorgullecerse
o abominar de un lenguaje cualquiera. ¿No se da cuenta el señor Cónsul que
es
absolutamente disparatado estar-orgulloso-de-una-lengua?
Todos los bípedos del planeta pueden estar-orgullosos-de-sus lenguas -o de
sus
banderitas-, con lo cual se anulan automáticamente los fundamentos de ese
orgullo. ¿Por qué debo estar orgulloso de escribir en el idioma de
Cervantes? Es
muy peligroso asumir la historia de la cultura como un legado sentimental y
vinculante, porque en el mismo idioma y por las mismas fechas en que
Cervantes
escribía su novela, los tribunales inquisitoriales redactaban las más
retorcidas
sentencias que pueda imaginarse. No es honesto asumir con orgullo a
Velázquez
y Goya e ignorar a Torquemada o al sanguinario Conde de España. ¿Por qué
debo sentir orgullo por la obra de Menéndez Pidal y vergüenza por los
crímenes
de Valeriano Weyler, precursor español de los campos de concentración? ¿Por
qué debo asumir como mías las escasas virtudes de la sociedad cubana e
ignorar
como ajenos sus crímenes y violencias?
El orgullo y la vergüenza sólo deben emanar de los propios actos y no de la
superstición cultural. Hay aspectos del vivir hispánico -incluyo a
Latinoamérica,
claro- satisfactorios, y hay otros repugnantes. Esto mismo puede decirse del
mundo anglosajón, del eslavo o del semita.
Las filias y las fobias, al juzgar la historia y la cultura de los pueblos,
son,
cuando más, una canallada, y cuando menos, la evidencia de temperamentos
dogmatizados y fascistas.
Cierra el señor Cónsul su respuesta a mis reflexiones con una conmovedora
pregunta: ¿Cómo un periódico tan importante como el Herald es capaz de
publicar un texto tan dañino como el mío? Yo se lo voy a explicar: porque en
el
Herald, como en la mayor parte de la prensa norteamericana, hay una larga
tradición de libertad de pensamiento. Porque en Estados Unidos,
afortunadamente, la guerra civil la ganó Abraham Lincoln y no Francisco
Franco. Porque la libertad de opinión -y aun la de equivocarse- debe ser un
derecho inalienable del hombre.
El señor De la Guardia, Cónsul General de España, me acusa,
aproximadamente, de ingrato, de descastado, de malnacido sólo porque opino
cuanto llevo dicho. Esa es la típica reacción de vastas tribus a ambos lados
del
Atlántico. Así de dogmáticos y de agresivos son muchos cubanos, chilenos o
argentinos. Tal vez esa actitud autoritaria sea una de las causas de nuestra
postergación intelectual. La cultura necesita tolerancia y diálogo para dar
sus
mejores frutos. Yo no me asombro de que el Herald haya publicado la
respuesta,
del señor Cónsul. Yo me alegro. Para mí, el señor De la Guardia ni es un
descastado ni es un malagradecido. Es, sencillamente, un respetable señor
que
tiene otras opiniones y quien, provisionalmente, supongo que incurre en
error
intelectual.
5. ¿Y QUÉ TAL SI AMPUTAMOS A FEIJOO? (2)
(2) Estas reflexiones fueron motivadas por la incorporación de nuevos
escritores
a la polémica, especialmente la del hispanista francés Louis Albert des
Longchamps,
Embajador de Francia
Escribí -más o menos- que nuestra atribulada lengua española, al cumplir su
primer milenio, revelaba que en los últimos tres siglos era un instrumento
intrascendente vara la cultura p1anetaria, dedicada a la traducción, la
imitación y
el tarareo. Y ardió Troya. He recibido insultos, ataques injuriosos,
críticas serias y
-también- manifestaciones solidarias. Diez o doce diarios han participado en
la
maratónica polémica.
La Tribuna de Honduras, por ejemplo, en una especialísima página editorial,
recordaba que al fin y al cabo lo que yo sostenía no era ajeno a lo que
Papini
creía, y esto era algo que al editorialista, con pesar, también le resultaba
evidente.
Me alegro, pues, que el debate se extienda. Creo que la discusión a través
de la
prensa pública -aunque sea una nota de mal gusto en el 2001 caraqueño- es
saludable para todos.
Como ciertos lectores insisten en leer lo que les da la gana y no lo que se
ha
escrito, voy a repetir por enésima vez la más tonta de las perogrulladas: el
español es un idioma tan competente como cualquier otro para expresar lo que
uno desee. Yo no tengo -como Borges- ningún problema personal con el
español.
Me sirvo de él para hablar por teléfono, escribir crónicas o novelas,
conversar con
el barbero, blasfemar, disfrutar la prosa malvada de Argenís Rodríguez o de
Carlos Coccioli y nunca he percibido en nuestro idioma inferioridad
expresiva
alguna. (Repito: el idioma español me cae simpátjco.) Mi queja no es, pues,
contra el instrumento, sino contra los usuarios. Después de Ortega, por
ejemplo,
me parece una estúpida coartada insistir en que la nuestra no es una lengua
apta
para la filosofía. Con muy pocas excepciones, más bien es una lengua en la
que
no hay- filósofos aptos, Más bien es una lengua en la que no hay físicos, ni
matemáticos aptos. Más bien es una lengua en la que no hay antropólogos,
sociólogos, economistas, o lo que usted quiera, aptos, (Doy a aptos,
caprichosamente, el significado de creativos, de innovadores). Sé de sobra
que
contamos con un cierto número de especialistas en estas materias. Me refiero
a
verdaderos creadores.) Ensayemos, para probarlo, el viejo método cartesiano
(
«su problema es que usted es demasiado cartesiano», suele decir mi
alienista):
del Renacimiento a la fecha en todos los ámbitos del saber humano, existe
una
cadena de hombres egregios que han configurado la cultura de Occidente.
Pueden ser Copérnico, Galileo, Kepler, Newton, Lavoisier, Kant, Danvin,
Pasteur, Adam Smith, Marx, Freud, Einstein, Keynes, y hasta un centenar de
pensadores eminentes. No se puede suprimir uno de estos hombres sin que la
amputación signifique un descalabro para la historia occidental. El mundo
nuestro, el de España e Hispanoamérica, el francés o el italiano, el yanqui,
serían
distintos sin la huella de cualquiera de estos gigantes. ¿Puede alguien
citar un
nombre nuestro, de semejante peso, a partir del siglo XVIII? ¿Qué le
ocurriría a
Occidente y a su trayectoria de progreso si el curita Feijóo, Andrés Bello o
Isaac
Peral no hubieran existido? No hay duda que España e Hispanoamérica hubieran
perdido unas cabezas notorias, unos beneméritos ciudadanos, pero 1as
corrientes
esenciales de la cultura planetaria seguirían su imperturbable curso.
Cercénese a
Kant y la filosofía sería otra. Suprímase a Newton y la astrofísica sería
distinta.
Quítese a Einstein y la física habría cambiado. Bórrese a Freud y el mapa
cultural
tendría otro relieve.
Sólo en la plástica nuestro mundo ha realizado un aporte decisivo -El Greco,
Velázquez, Goya, Picasso-, pero la plástica no está hecha de palabras, sino
de
formas, volúmenes y colores, y poco tiene que ver eso con el idioma, pese a
los
malabares inteligentes de José Antonio Rial en El Nacional. «En esta
«polémica
del milenario» yo me he referido, concretamente, al mundo de las palabras,
al
mundo de las ideas pensadas con palabras. Al logos mágico de las
conceptualizaciones y las intuiciones geniales. A ese mundo apenas hemos
contribuido.
6. IRREVERENCIAS Y HUMILDAD
Una cultura pujante tiene que ser impulsada por dos fuerzas irreemplazables.
La
humildad y la irreverencia. Irreverencia para no aceptar sin prueba la voz
de las
«autoridades» y humildad para rectificar cuando nos equivocamos. Ambas
actitudes son extrañas a nuestra tradición cultural. Hemos sido
educados -todos,
hasta ahora, hasta hoy- por métodos escolásticos. La voz del padre o del
maestro
no se discute. El que disiente es un traidor. Los libros son sagrados. La
ira que
han desatado estas crónicas sobre el milenario de la lengua es el triste
producto
de nuestra educación escolástica. No se trata de que yo pueda tener o no
razón,
sino de que las opiniones vertidas contradicen los textos aprendidos en la
escuela. Tendemos hacia la repetición mecánica.
Es lo cómodo, lo que a nadie altera. Tres siglos y medio antes de Cristo,
Aristóteles escribió que las mujeres tenían una costilla más y dos dientes
menos
que los hombres, y dos mil años después ese evidente disparate se continuaba
repitiendo. Pero lo grave es que en España y en Hispanoamérica ni siquiera
bastó
que Vesalio estableciera la igualdad ósea de los bípedos de ambos sexos. Un
siglo
después del riguroso conteo de dientes y costillas los hispanoparlantes
insistíamos en el error del griego por temor a contradecir a las
autoridades. Los
maestros, imperturbables, continuaban dictando sus lecciones escolásticas.
Ese es
el espíritu de nuestra enseñanza y ésa la actitud de nuestro aprendizaje.
Nada se
cuestiona, nada se duda. Un pobre hombre, conocido por catedrático, dedicado
al extraño oficio de repetir en voz alta lo que puede leerse en cualquier
libro, se
encarama en un podio y dicta su lección magistral. Los estudiantes copian y
luego memorizan. No existe en nuestra cultura la urgencia de la indagación
inteligente. Respondiendo a un infeliz origen religioso todo se nos vuelve
culto y
letanía, palabras repetidas ad infinitum que acaban por perder cualquier
significación. Todo es bárbara y celare, como todo es Binomio de Newton y
geometría euclidiana. Todo es memoria, no inteligencia. Repetición, no
innovación. Somos culturalmente incapaces de revisar la información que se
nos
brinda, alterarla o desecharla, y luego devolverla al mundo modificada.
Sostenemos la superstición de que aprender es el objeto de la cultura, sin
darnos
cuenta que de lo que se trata es de crear. La cultura es el resultado de la
rebelión,
no del acatamiento. Si Unamuno hubiera reflexionado habría gritado: «!Que
aprendan ellos!»
Somos víctimas de unos hábitos mentales nefastos. La infalibilidad es de los
peores: La infalibilidad del superior jerárquico, la infalibilidad del
libro, del
padre, del marido, del gobernante. La nuestra es una cultura de gentes
infalibles.
Una vez que nos atrincheramos en ciertas ideas mal adquiridas, a duras penas
somos capaces de rectificar el rumbo. Por eso respondemos a patadas cuando
no
contamos con ideas. La humildad intelectual -y cualquier humildad- no es una
virtud en nuestra extraña cultura de caballeros altaneros. Pertenecemos a
una
triste estirpe que prefiere la estupidez de «sostenella» antes que
«enmendalla)},
Esa actitud es una infranqueable barrera para la creación cultural. Esa
actitud de
hidalgos incorregibles nos impulsa a rechazar los hechos cuando no se
verifican
con nuestros prejuicios. Esa actitud nos impide ejercer la saludable
autocrítica.
Quien contradice, automáticamente es calificado de traidor, de descastado,
de
enemigo de la patria (de la madre, y de las hijas). No hay derecho -afirman-
a
herir el amor propio de los pueblos. ¿y qué si ese amor propio está fundado
en
una monumental tergiversación de los hechos ¿Y qué si apenas hay razón para
tenernos amor?
y 7. ¿TENEMOS UNA LITERATURA TRASCENDENTE?
A lo largo de esta fatigosa controversia han ido apareciendo los nombres de
Cela,
de Sender, de Gallegos, de Arciniegas, de García Márquez o de Vargas Llosa.
¿Cómo hablar de lengua intrascendente con una larga nómina de escritores
talentosos?
¿Quién en sus cabales puede negar el virtuosismo de ciertos hombres de
nuestra literatura? Yo no, por supuesto. Lo que sí niego es que nuestra
literatura
tenga una mensurable influencia en la literatura de otras lenguas, mientras
la
nuestra, en cambio, ha quedado preñada de cada moda literaria surgida en el
extranjero. Y esto es así desde hace muchos siglos. Porque los italianos -la
fabulosa cultura italiana de los siglos XV y XVI- se apoderaron de la
literatura
española y no la dejaron hasta que Francia, en el XVIII, asumió la dirección
de la
Europa latina. Fueron los italianos Bembo y Petrarca los que le dieron forma
a
una buena parte de los textos españoles del Renacimiento, mientras que
Garcilaso, Fray Luis o Teresa apenas trascendían el cotarro local.
No estoy comparando la calidad de unos y otros. Soy incapaz de saber si me
aburre más el desventurado señor Garcilaso o el enamoradizo señor Petrarca.
Lo
que estoy diciendo es que aun en el momento de mayor fuerza política que ha
conocido España, la Península inhalaba muchas más influencias de las que
exhalaba. Cervantes, Lope, Calderón, indiscutibles genios creadores, mil
veces
traducidos, sin duda alguna apreciados, apenas fueron imitados, si
exceptuamos
la parcial influencia de la comedia española sobre el teatro de Moliere.
(Curiosamente no fueron literatos, en el sentido estricto de la palabra, los
escritores españoles que mayor audiencia lograron fuera del terruño. Vives,
Mariana, Suárez v Victoria, todos en la vecindad del pensamiento político,
lograron burlar la impermeabilidad europea hacia lo español.)
Desde el XVIII, España quedó a merced de Francia. El neoclasicismo francés
dictó el neoclasicismo español, como luego el romanticismo francés produjo
el
romanticismo español. Desde entonces, España e Hispanoamérica quedaron
fuertemente encadenadas a la escritura de literatos o corrientes literarias
generados fuera de nuestra lengua. Una interminable sucesión de hombres y
escuelas extrañas han regido nuestras letras: Boileau, Hugo, Heine, Zola,
Baudelaire, Verlaine, Joyce, Faulkner, Valery, Proust, Sartre,
Robbe-Grillet, hasta
llegar a la reciente inseminación de Strauss, Glauksmann y los nuevos
filósofos.
Pero también -se me dirá- nos leen en Francia, en Italia o Estados Unidos.
¿Nos
leen? ¿Cómo nos leen? ¿Cómo leen, digamos, a Lezama? ¿Con la unción beata e
ingenua con que nosotros nos intoxicamos con los insoportables bodrios de la
nouveau-roman o de la beat generation? No. Nos leen con interés
antropológico.
A Lezama -que era un originalísimo gigante-, lo anuncian en París como el
«Proust caribeño. Lo mismo podemos aparecer en una historia literaria que en
National Geographic. Puro folklore.
Nuestros escritores, cuando valen, son una curiosidad literaria del orden de
los
siameses chinos o de la oveja bicéfala, no un modelo a tener en cuenta.
¿Cómo
leen a García Márquez? Apenas como el fabulador amable de un continente
mágico. Nadie ha oído hablar nunca de garcíamarquistas fuera de nuestras
fronteras, pero cuántos kafkas, rilkes o camuses criollos han embadurnado
las
prensas de estos pagos. Nuestros coitos culturales quedan siempre
interruptos.
Penetramos, pero no preñamos. No se le ocurre a los franceses salir en
caravana
tras la flauta de Cela o de Cabrera Infante, como Cortázar no trasciende la
lectura
curiosa de pequeños círculos benevolentes.
Termino mis reflexiones, en Madrid, con pesar, a los mil años de San Millán
de
la Cogolla, 1980.
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