*Reseña del disco “Rhytmic Fact” de Craig Dworkin & Jarrod Fowler (w.m.o/r
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Recibí un mail de Mattin pidiéndome mi dirección para enviarme un nuevo
disco de su sello; me decía que tenía mucha curiosidad por saber qué me
parecía y que le haría mucha ilusión que hiciera una reseña. Le dije que
claro, que me lo enviara y que ya escribiría algo. A los pocos días ya me
había llegado el sobre desde Estocolmo, y ahí tenía el *Rhytmic Fact* de
Dworkin & Fowler. Un CD-R con algo de texto impreso en la galleta metido en
un sobre amarillo sin ninguna información más. Empiezo a leer el texto de
la galleta y veo que es la lista de componentes químicos de un CD-R;
pigmentos, disolventes, resinas, ácidos... Me viene a la cabeza que no hay
nada grabado, que es un disco virgen, o no, eso sería sería demasiado
previsible y aquí debe haber más. Lo compruebo: Lo meto en el ordenador, y
se me abre automáticamente el programa para tostar discos. Sí que está en
blanco. Lo saco del ordenador, vuelvo a leer toda la lista de componentes
como en busca de algo más, a ver dónde está la chicha de esto, pero no
encuentro nada. Veo que junto a los componentes también viene el nombre del
disco y el de los autores, y el número de referencia del sello. Y me fijo
mejor en el título, que me llama la atención: *Rhytmic fact*. Y bien,
yastá. A ver qué puedo decir yo de esto, porque al menos en un principio,
vaya una cosa tan sosa e insípida, lo que más me gusta de todo es el título
que parece que está fuera de todo lo demás. Le dije a Mattin que escribiría
algo, también a mí me hacía ilusión escribir una reseña, pero teniendo
ahora este disco entre manos no me da ninguna gana de decir nada. Está muy
lejos de mis gustos e intereses, me cuesta mucho ponerme en el lugar de
Dworkin y Fowler, no puedo reconocerme en ellos, no se cómo se entusiasman
con esto. Mattin ya lo sabe y por eso me lo manda.
La sensación que he tenido al relacionarme con la pieza me ha recordado a
alguna vez que he tenido que tomar alguna pastilla efervescente de mal
sabor en un vaso bastante grande, con bastante agua, y bebérmelo todo de
dos tragos, haciendo el esfuerzo de beber sin tener sed. Después de
escribir esta última frase me doy cuenta de que la lista de componentes
químicos tendrá mucho que ver a la hora de que lo relacione con medicinas,
y el color amarillento del sobre también, está dentro de la gama de colores
que se suelen utilizar en el diseño de los envoltorios de las medicinas.
También lo relaciono con las conversaciones de ascensor, los domingos por
la tarde con partida de pelota, los muebles muy grandes y y de barniz muy
oscuro, el free-jazz, el gotelé... con todo lo que relaciono con la pesadez.
De no tener que escribir algo no le hubiera dado ninguna vuelta más, pero
tengo ese compromiso y entro a mirar qué viene en la página del sello, en
busca de algo más. Encuentro dos reseñas (los llaman remezclas), escritas
por dos personas que se han encontrado en mi misma situación, Kieran Daly y
Richard Pinnell. Ahora (de repente) el que los llamen remezclas me hace
pensar que Rhytmic fact es una pieza que pretende ir generando cada vez más
y más material de texto con la excusa del disco virgen, y que sólo acaba de
empezar. Me alegra verme formando parte de eso, y me anima a seguir
escribiendo.
Me acuerdo ahora de un disco titulado *Strictly_copyrighted* que hizo Loty
Negarti. Sólo existe una copia de ese disco, y nadie puede acceder a él.
Nos dice además que se encuentra bajo escueta vigilancia 24 horas al día.
Le pregunté una vez si el disco existía realmente, si había estado
trabajando en una composición para luego aplicarle esa licencia tan
estricta o si se trataba de un juego conceptual. Me contestó que claro que
el disco existía, que la música existía, que la tenía guardada pero que él
mismo se prohibía escucharla. Guarda cierta relación con *Rhytmic fact*,
pero en el disco de Loty se nos dice que existe un contenido en un soporte
sonoro, hasta se nos da el dato de que dura una hora en la web del sello
que lo edita, mientras que en el trabajo de Dworkin y Fowler es bastante
transparente que no hay tal contenido. Al existir algo
prohibido-oculto, *Strictly
copyrighted* me funciona más, hay algo poético en que sea inaccesible.
Pensando sobre lo inaccesible y sobre el texto, material de texto, me
acuerdo de un juego que nos propuso hace poco Inazio Escudero a un grupo de
gente que asistimos a una clase suya en Bulegoa Z/B. Me apetece contarlo
aquí. Él iba a hacer algo, dos personas le iban a ayudar a hacer eso que
iba a hacer, y otros tres iban a escribir todo lo que pasara; uno sólo lo
que hicieran los dos que le ayudaban, y otros dos todo lo que pasara.
Mientras, los demás teníamos que estar con los ojos cerrados. Cuando acabó
y pudimos abrir los ojos, quien describía a los ayudantes leyó su texto,
pero era muy poco preciso en la descripción, hizo una lista de acciones que
no acababan de revelar lo que había pasado: “Sonríe, le ayuda, sujeta,
avanza, se pone nervioso...” Me gustó la sensación de ese momento, la
imposibilidad de no poder saber qué era lo que había pasado. Cuando quienes
lo describían todo leyeron sus textos, lo desvelaron todo y se perdió la
magia, hubiera preferido que nos dejaran con esa dulce frustración. Hubo
más cosas en el juego que nos propuso Inazio, pero lo he contado muy
resumidamente. En los días siguientes me dio por pensar cómo sería una
acción o algo imposible de contar, algo muy simple sobre lo que se pudieran
dar descripciones muy diferentes, hasta contradictorias, y muy detalladas,
sin que el otro pueda llegar nunca a imaginarse cómo es realmente por mucho
que lo intente.
A partir de todo esto empiezo a hacer muchas relaciones en mi cabeza, igual
ya más caprichosas. Pensando sobre el atractivo de lo oculto, me acuerdo de
una cita de Roland Barthes que he leído recientemente en el último libro de
June Crespo. *“¿El lugar más erótico de un cuerpo no es acaso allí donde la
vestimenta se abre? En la perversión (...) no hay “zonas erógenas” (...);
es la intermitencia, como bien ha dicho el psicoanálisis, la que es
erótica: la de una piel que centellea entre dos piezas (el pantalón y el
pulóver), entre dos bordes (la camisa entreabierta, el guante y la manga);
es ese centelleo el que seduce, o mejor: la puesta en escena de una
aparición-desaparición”.* Relaciono y doy saltos. La intermitencia y lo
erótico me han recordado a un recital de la poeta Chantal Maillard, pero
para que se entienda mejor la relación copio dos extractos del libro *Ante
el dolor de los demás* de Susan Sontag: *“Al parecer, la apetencia por las
imágenes que muestran cuerpos dolientes es casi tan viva como el deseo por
las que muestran cuerpos desnudos”*.* “Se sabe que no es la mera curiosidad
lo que causa las retenciones del tráfico en una autopista cuando se pasa
junto a un horrendo accidente de automóvil. También, para la mayoría, es el
deseo de ver algo espeluznante. Calificar esos deseos como “mórbidos” evoca
una rara aberración, pero el atractivo de esas escenas no es raro y es
fuente perenne de un tormento interior”*. El recital *Matar a platón* de
Chantal Maillard empezó con este poema: *“Un hombre es aplastado. / En este
instante. / Ahora. / Un hombre es aplastado. / Hay carne reventada, hay
vísceras, / líquidos que rezuman del camión y del cuerpo, / máquinas que
combinan sus esencias / sobre el asfalto: extraña conjunción / de metal y
tejido, lo duro con su opuesto / formando ideograma. / El hombre se ha
quebrado por la cintura y hace / como una reverencia después de la función.
/ Nadie asistió al inicio del drama y no interesa: / lo que importa es
ahora, / este instante / y la pared pintada de cal que se desconcha /
sembrando de confetis el escenario”.* Continuó con otros poemas, haciendo
alusión a otras cosas. Y en la mitad del recital leyó *“Usted sigue mirando
fijamente a aquel hombre aplastado, / Está detrás de usted, alojado en su
cráneo. Persistente / como un insecto volador, la imagen / ataca siempre el
mismo punto / vulnerable. Por eso, / usted la mira fijamente, sin querer
verle más que a medias, pero tropieza su mirada / con el guano que oculta
la del muerto / -¿está del todo muerto?- / y esa ventana ciega / al par le
tranquiliza y le inquieta. / Usted quiere volver la cabeza y mirar / hacia
el otro lado: al cielo, que es tan denso que alivia, / o a los demás, que
el “más” siempre conforta / pero ellos también son presa de esa angustia
deliciosa, / también miran al hombre aplastado / que usted sigue mirando /
sin poderlo evitar. / ¿Puede acaso?”* Más citas. La intermitencia, el
volver a algo, la repetición... me recuerdan a este trozo del libro *Lo
bello y lo siniestro* de Eugenio Trías: *“La repetición de una situación en
condiciones idénticas a la primera vez en que se presentó, en genuino
retorno de lo mismo; repetición que produce un efecto mágico y
sobrenatural, acompañado del sentimiento de “déja vu”; dicha repetición
sugiere cierta familiaridad muy placentera respecto a lo que entonces se
vive (en caso de que la repetición quede tan sólo sospechada) o bien cierta
sensación de horror, fatalidad y destino (en caso de que la repetición sea
flagrante)”.* La repetición me lleva a pensar en el ritmo, lo placentero
que es seguir un ritmo con el pie. En un bucle de batería, podemos predecir
cuándo viene el próximo golpe de caja y el próximo chasquido de plato. Nos
sentimos cómplices, empatizamos mucho con lo que escuchamos. Es verdad lo
que se dice de que los conciertos se disfrutan más cuando se conocen las
canciones, se vuelven muy predecibles y podemos ir junto con las canciones.
Pienso en cambio ahora en los ritmos rotos, los que no se pueden seguir con
el pie. Como ejemplo, se me ocurre la primera parte de la canción *Jolson
and Jones* del álbum* The Drift* de Scott Walker; lo podeis buscar en
youtube. Escuchándolo, crees que vas a acertar cuándo viene la próxima nota
de órgano, pero se te adelanta, o viene más tarde. Y es de nuevo una dulce
frustración, angustia deliciosa. Es como cuando estás subiendo escaleras en
la oscuridad, y cuando crees que queda un escalón e intentas alcanzarlo,
pero ya estás arriba del todo. Nos sacude y nos descoloca. Esto último de
la escalera lo suele decir Bruce Nauman y se lo he cogido.
Me sorprendo ahora al ver que he llegado al tema del ritmo, *Rhytmic fact*.
Aprovechando esta coincidencia, será el momento adecuado para dar por
acabada esta reseña.

Oier. Enero de 2012.

*Rhytmic Fact* en la web de w.m.o/r:
http://www.mattin.org/recordings/RF.html
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