Superinteresante. Compañeras y compañeros, creo que con un poquito de
imaginación y esfuerzo podríamos agregar a don Pepe a las filas del SI. Ya
está claramente a favor de la decisión de OAS de establecer relaciones con
China, por razones de realismo político. Pero, si ya tenemos a nuestras
filas a don Ricardo Jiménez, según sus propias palabras, pienso que podemos
sacar muchos textos de don Pepe sobre el libre comercio y, sobre ellos
cabalgar para conseguir su decisión explícita de apoyar el SI. Objetivamente
hablando.

Al menos en pensamiento, es increíble la similitud con el pensamiento de OAS
y con sus actuales prácticas de política exterior y política comercial.
Sospecho que Mariano nunca leyó esta carta que ahora nos transmite Carlos
Revilla. ¿Podríamos intentar convencer a Mariano para que en materia
comercial se reúna con sus hermanos y con todos los que estamos por el SI?
Saludos. Eduardo


-----Mensaje original-----
De: [EMAIL PROTECTED] [mailto:[EMAIL PROTECTED] En
nombre de Carlos Revilla
Enviado el: martes, 03 de julio de 2007 8:37
Para: [email protected]
Asunto: [pln] A LOS DOS BANDOS DEBEMOS HABLARLES CLARAMENTE

A LOS DOS BANDOS DEBEMOS HABLARLES CLARAMENTE

Respuesta del Señor Presidente de la República José Figueres Ferrer a
una carta de doña Berta de Gerli. San José, Costa Rica, Abril de
1971.

Señora doña
Berta de Gerli

Estimada doña Berta:

Me place contestar su carta pública del 25 de marzo, 1971,
titulada Relaciones con Rusia, en la cual observa que usted y yo,
discrepando tal vez en procedimientos, somos ambos sinceros, y ambos
deseamos lo mejor para Costa Rica.

Tal vez esa discrepancia se deba en parte a un diferente modo
de analizar la situación del mundo en que nos ha tocado vivir. Cada
cual razona según su propia trayectoria de estudio y experiencias, y
según los datos que tenga a su alcance para juzgar las cosas en un
momento determinado.

Al enterarme de los puntos de vista suyos, que me parecen
comprensibles porque conozco las circunstancias que los motivan, creo
a la vez oportuno exponer el análisis que yo me hago del presente
cuadro nacional y mundial, donde debo a menudo tomar desde el
gobierno decisiones difíciles.

Comenzaré por el final. Yo opino que en 1971, y en los años
siguientes, convendría establecer un sólo mercado mundial para el
comercio. Esto implica una creciente relación de América Latina con
el llamado mundo socialista.

Digo "llamado", porque el socialismo que yo estudié producto
noble del romanticismo decimonono, requiere un alto grado de libertad
que no han podido mantener, por varias causas, los países comunistas.

Yo soy de la escuela de John Ruskin y de los Fabianos.
Desde Bernstein para acá nos llamamos social - demócratas quienes,
estudiando lo mejor posible las ciencias económicas a medida que
avanzan, tratamos de aplicarlas con un criterio social, respetando la
libertad política.

En la misma época en que Lenin dio al socialismo el sesgo que
ha seguido la revolución soviética, surgieron en dos lugares
apartados de la tierra, sin nada en común, dos líderes que
establecieron sistemas social - democráticos avanzados para su
tiempo : Son Yat-Sen en la gran China, y José Batlé en el pequeño
Uruguay.

En las últimas cuatro décadas los partidos social -
demócratas han puesto a la cabeza del mundo a las naciones
escandinavas, y han forjado a Israel. Los más distinguidos líderes
social - demócratas son hoy Willy Brandt y Golda Meir.

Al opinar que el comercio con todo el mundo es hoy necesario,
a pesar de los temores que en muchas personas suscita, creo que no
hago otra cosa que marchar con la época. Combatí al comunismo cuando
ayudó a poner en peligro en Costa Rica el derecho electoral, y
repudio a cualquier régimen como el de Cuba mientras tenga en las
cárceles a millares de presos políticos, o trate de imponernos acá la
Revolución Cubana por medio del terror. Igualmente repruebo otras
formas de tiranía.

Pero oponerse a restablecer el mercado único mundial por que
andan sueltas en el mundo tantas ideas y tantas fuerzas políticas
distintas, y tanta agitación desorientada, sería como suspender el
comercio entre países de diferentes credos mientras continúen los
disturbios religiosos en Irlanda.

Si se aceptan esas premisas, que para muchas personas no es
fácil aceptar todavía; varias conclusiones vendrán por añadidura.
Por ejemplo, no podemos esperar, dentro del trato internacional, que
una de las más importantes naciones del mundo nos compre los
productos que necesitamos vender, como los excedentes de café y
probablemente los bananos, mientras a la vez le decimos: queremos su
dinero, y tal vez sus mercancías, pero no queremos trato con ustedes,
ni relaciones internacionales. Esto sería evidentemente paradójico.
Quienes, sin pensarlo mucho, esperan que así hablemos a los
soviéticos, y que ellos lo acepten, pareciera que los consideran
seres angelicales. No sé si ellos agradecerían nuestro inesperado
elogio, o si admirarían nuestra sencilla ingenuidad.

En el trato usual entre naciones nuestro gobierno tiene que
usar otro lenguaje, como expresión veraz de una actitud realista:
nosotros queremos venderles a ustedes café, bananos y otros artículos
de los cuales vivimos, y a la vez comprarles algunos productos que
nos sirvan, como país importador que somos. Se sobreentiende que ese
comercio implica una relación internacional normal, con las
consideraciones recíprocas acostumbradas, aunque, nuestros dos países
se rijan por sistemas políticos y económicos diferentes. Ese el
fondo de la cuestión.

En la rivalidad mundial que hoy encabezan las dos mayores
potencias, nosotros pertenecemos al grupo de Occidente. Queremos
para nuestro país el sistema de libertades y de iniciativas privadas
que Estados Unidos representa. Hemos sido modestos aliados de
Norteamérica desde la Primera Guerra Mundial, y estamos dispuestos a
seguir siéndolo. Al negociar con nosotros, los soviéticos saben que
comercian con un país occidental, tal como comercian con Estados
Unidos y sus grandes amigos de Europa y del resto del mundo.

Pero, nosotros creemos en la necesidad de convivir con todos
los pueblos y credos, a pesar de las diferencias de ideas y sistemas
como convienen hoy moros y cristianos o católicos y protestantes.
Creemos en suma, en la necesidad de fomentar la paz mundial.

Afortunadamente la Iglesia a que pertenecemos ha iniciado
después de cuatro siglos de división la época del ecumenismo. La
Unión Soviética ha propuesto después de cincuenta años de revolución,
la coexistencia pacífica. Y Estados Unidos ha recomendado, por boca
del presidente Nixon, después de veinte años de guerra fría, la
negociación en lugar de la confrontación.

Comprendo que no es fácil invertir rápidamente el curso de
las emociones. Pero tampoco es posible vivir manteniendo prejuicios
y odios, sin enmendar rumbos que hoy resultan inconvenientes, aunque
fueran ayer acertados.

Para los gobiernos, grandes y pequeños, hablar a sus pueblos
de paz después de tantos años de predicar la guerra,
resulta "impolítico" (copiando la palabra de ciertos oportunistas o
caza votos). Para muchas gentes suena como recomendar que se
devuelva el Amazonas. Pero hay que hacerlo. Hay que marchar con la
historia, o adelante de ella.

Uno de los mejores instrumentos de paz es el comercio. A
Costa Rica, miembro del bloque de Occidente, ya le ha llegado el
comercio con el mundo socialista. Lo comenzaron las compañías
bananeras hace varios años, y luego hemos tenido la suerte de vender
los excedentes de café de dos cosechas a la Unión Soviética.

El 1º, de julio de 1969 (hace ya casi dos años) dijo en su
editorial el periódico LA NACIÓN; "La cuestión de si conviene o no
establecer relaciones con el socialismo, esto es, con los países
comunistas y particularmente con la Unión Soviética, potencia
industrial de Oriente, no debe situarse ya, a nuestro juicio, dentro
del marco ya superado de los viejos prejuicios ideológicos o
políticos, si no sobre realidades de otro género, de mayor vigencia
histórica".

"Enfocar las cosas desde una perspectiva meramente ideológica
y abstenerse de comerciar con los rusos porque no creen en Dios o
porque viven dentro de un régimen sin libertad, es hoy día
anacrónico. Es anacrónico porque no es por la ideología por donde
están atacando los comunistas, sino por otra parte, y, porque desde
un punto de vista económico o comercial la tierra es actualmente una
sola. Que lo digan si no las grandes democracias occidentales que
desde hace largos años mantienen relaciones mercantiles con los
países comunistas ". Hasta aquí LA NACIÓN, en 1969.

Hace pocos días, el 5 de abril de 1971, el Senado de Estados
Unidos aprobó por unanimidad (cosa extraordinaria) una ley destinada
a aumentar el comercio norteamericano con los países de la Europa
comunista. El senador Mondale hizo ver que los Estados Unidos
solamente se castigaban a sí mismos al no tener trato con los países
comunistas, puesto que éstos obtienen todo lo que quieren inclusive
materiales estratégicos, de otras fuentes. El Eximbank financiará
ahora cualquier exportación norteamericana a Europa Oriental.

Las empresas bananeras norteamericanas están pidiendo mayor
colaboración al gobierno de Costa Rica para aumentar sus
exportaciones al mundo soviético. Ofrecen incluso asistencia para
instalar cámaras de maduración en la URSS, y toda clase de ayuda.
Por supuesto a nuestro país le conviene también sembrar más bananos,
si encuentra mercado seguro.

Costa Rica tiene congelados este año casi veinte millones de
dólares en excedentes de café y ya viene otra cosecha grande. Si no
podemos colocarlos en el campo socialista, no sé qué haremos.

Todo esto indica la inconveniencia de tener el comercio del
mundo dividido en dos bandos, con los compradores de un lado y los
vendedores del otro, y la necesidad de llegar a un sólo mercado
mundial. Tenemos gran número de consumidores tradicionales en Europa
Oriental y, el gusto por el buen café comienza a desarrollares en la
grandes ciudades soviéticas. Además, aquello es todo un mundo de
industria, ciencia y cultura que para nosotros parece vedado mientras
las naciones grandes compiten entre ellas por venderle y comprarle, y
por relacionarse mejor. Hasta la China Comunista, más efervescente
que Rusia en el mundo revolucionario de hoy, es el blanco de los
esfuerzos de acercamiento de los países de Occidente. La General
Motors. La Monsanto y la Hércules, han iniciado ya el comercio con
China. El Presidente Nixon parece haber llegado a la conclusión de
que ya es hora de tomar iniciativas.

El senador McGovern, posible candidato demócrata a la
presidencia ha hecho un planteamiento radical en este aspecto de la
política exterior de Estados Unidos. Sólo para nosotros quedan ya,
la división del mercado mundial, el aislamiento "ideológico", el café
sin vender y la pobreza permanente.

Pensando en la historia reciente, sin embargo, me explico el
temor que muestra una parte de nuestro público. Teme que las
relaciones con los países comunistas perjudiquen nuestro sistema
democrático. No parecen algunos recordar que América Latina nunca
necesitó del comunismo para establecer dictaduras, porque en esa
materia muchos países latinoamericanos se bastan solos. Guatemala y
la República Dominicana no necesitan de misiones soviéticas para
sufrir el grado de perturbación que las aflige. Si la solución a
esos dilemas fuera fácil, sería fácil gobernar.

Como costarricense comprendo lo que cuesta cambiar de
actitud, cuando gran parte de la agitación de hoy se debe todavía,
aunque sea por impulso en unos y pretexto en otros, a la revolución
comunista. Igual le sucede al público de Estados Unidos, ante los
esfuerzos de pacificación de su gobierno mientras subsisten los actos
de violencia. La revolución comunista nació, como varias otras en la
historia, pretendiendo ser universal. Cuesta observar que ya está
perdiendo vapor ideológico, aunque algunos se valgan de ella para
causar la intranquilidad actual.

Como gobernante comprendo que el gobierno aliado de Estados
Unidos, donde tengo además tantos amigos personales sienta alguna
inquietud por la entrada del comercio ruso a Centroamérica, que había
sido campo cerrado para los competidores del bando socialista. Pero,
dentro de la sociedad libre norteamericana no puede su gobierno
impedir que los grandes intereses privados depriman el precio de
nuestro café, ni puede tampoco pedirnos que no vendamos nuestros
sobrantes a los únicos mercados que nos quedan.

Paradójicamente, estoy seguro de encontrar mejor comprensión
en Estados Unidos que en algunos sectores de nuestra propia
Centroamérica. Si los norteños no fueran más duchos que nosotros en
política mundial y en negocios internacionales, no estarían ellos
ricos y nosotros pobres. A nuestros compatriotas centroamericanos
les reitero mis garantías de vigilancia y de lealtad al credo
democrático, y sólo les pido que observen y esperen.

El mundo va dando vueltas. Repito que la revolución
ideológica a pesar de que muchos la toman como pretexto para la
agitación y el terror está cediendo lugar a una guerra fría entre dos
grandes potencias militares y económicas. Mientras esa guerra fría
persiste como fenómeno mundial, casi ningún país puede hacerse
ilusiones de ser respetado más allá de cierto punto por los servicios
secretos de las fuerzas en pugna. La lucha es universal y
omnipresente. En medio de ella hay que vivir, como entre todos los
riesgos de la vida.

Al menos yo soy demasiado sofisticado (perdón don Cristián
por este helénico anglicismo) para guardar rencor porque algunos
norteamericanos participaran en la invasión de Costa Rica en 1955,
contra nuestro régimen democrático, aunque siempre desaprobé la
acción. Para defender nuestra democracia me había enfrentado a
fuerzas poderosas en un escenario lleno de confusión, y quien se mete
a cosas de hombre no debe indignarse porque le devuelvan golpes,
aunque vengan de donde menos podrían esperarse.

Tampoco me sorprendo ahora, aunque enérgicamente lo
desapruebo, porque algunos rusos hayan podido prestarse para el
adiestramiento de muchachos mexicanos en Corea del Norte, y no
precisamente para ser monjes. La denuncia del gobierno de México lo
que revela es que en algunos frentes la guerra fría está unos años
más atrasada de lo que algunos creíamos. Pero no hay más remedio que
seguir adelante en el esfuerzo de pacificación. No se desmantela un
gran aparato bélico en pocos días.

Hay muchas actividades repudiables en el mundo de hoy. Pero
más repudiable es aún la guerra misma. Un mundo que todavía tolera
las guerras aunque sean por no poderlas evitar, no debe ruborizarse
cuando se descubre alguna escaramuza. Más importante es el todo que
las partes.

La pugna entre los servicios secretos de las potencias tiene
sus reglas y su idioma propios. Cuando los rusos bajaron el avión
espía U - 2 estando el presidente Eisenhower en París, se pensaba
nada menos que en una invitación a Moscú. Hubo que suspender aquella
visita que tal vez hubiera adelantado la paz no porque los
norteamericanos fotografiaran el suelo soviético, lo cual es un arte
normal para quien puede ejercerlo en el juego de mutua observación
sino porque el Presidente de EE. UU, tuvo el candor de admitir que
estaba enterado de los vuelos de espionaje. Conforme a las reglas,
debiera haberlo negado para no crearle problemas al premier
Khrusibev, quien lo presentaba a sus colegas, creyéndolo o no como
amigo de la paz.

Durante el escándalo que se armó en las Naciones Unidas, los
americanos exhibieron un águila de madera que había servido de adorno
en su embajada en Moscú, pendiente de una pared.

Al animalito le había nacido por dentro, por un extraño
fenómeno evolutivo, un micrófono transmisor.

Las reglas de ese juego varían con la época. En 1808, un
alto funcionario del imperio austrohúngaro llegó a su aposento y
encontró sobre el escritorio una pistola cargada y montada. En aquel
tiempo el mensaje significaba simplemente que lo habían pillado dando
informes militares a los espías del zar de Rusia. Debía
caballerosamente evitarle penas a sus colegas de gobierno,
suicidándose. Por supuesto, conocedor del idioma, caballerosamente
tiró del gatillo.

En toda disputa conviene tener presente el punto de vista del
adversario, para no engañarse por la propia pasión. Las actuales
generaciones rusas pueden pensar que su 1917 fue la Revolución
Francesa para nosotros, y su Lenín fue para ellos lo que Jefferson
para los americanos.

Los soviéticos deben tener presente, mejor que nosotros, que
en tiempos recientes su territorio ha sido invadido muchas veces por
los europeos occidentales, y ahora está rodeado de bases militares
por los europeos americanos. Napoleón quemó Moscú, y Hitler mató de
hambre a Leningrado. Veinte millones de soviéticos murieron en la
Segunda Guerra Mundial, defendiendo su suelo invadido. Todo eso lo
debe llevar el pueblo ruso en su memoria, vivamente grabado. Los
métodos mnemotécnicos de la historia son brutales. No es extraño que
los rusos teman que surja un Alejandro americano como algunos
occidentales temen que aparezca un saladino de los asiáticos.

Quienes conocemos a Estados Unidos y nos sentimos ligados a
ellos efectivamente, estamos convencidos de que sus bases militares
son defensivas. Han sido la respuesta a los partidos comunistas
prosoviéticos del mundo del mundo y son ahora a los adiestramientos
de guerrilleros. Pero infortunadamente las modernas cruzadas de
Corea y Vietnam del Sur, explicables en el momento que comenzaron, a
la postre no han hecho nada por tranquilizar a algunos pueblos que
ven en Estados Unidos una simple continuación del colonialismo
europeo. Lo curioso es que esto sucede dos siglos después de que,
terminada la Guerra de Independencia, las monarquías europeas vieron
en Norteamérica un foco infeccioso de revolucionaria efervescencia.

Quienes recorrimos Europa después de la Segunda Guerra y
vimos la destrucción, y observamos aún hoy resultados tan graves como
la absurda situación de Berlín, no tenemos entusiasmo por las guerras
de palabras que avivan las emociones y conducen a las guerras de
bombas.

Quienes oímos decir, en el fragor de la pasión, que el único
alemán bueno es un alemán muerto, dos metros bajo la tierra, no
podemos creer que los únicos rusos buenos fueron los muertos de
Borodino.

Escuché hace poco en Heredia la obertura solemne 1812, de
Tchaikowski, en la cual a medida que Napoleón retrocede expulsado por
los rusos y por la nieve los acordes de la Marsellesa se acortan y
desvanecen, mientras que los del himno zarista se alargan y
prevalecen. Ojalá que los occidentales de hoy sepamos combinar la
fuerza con la razón, de modo que esa música no se repita. Con cierta
variante se ha repetido ya, en la marcha de la Revolución Soviética
desde 1917 hasta hoy. Gradualmente se desvanece, como sucede siempre
en la historia del fervor ideológico por imponer un sistema, y en su
lugar recrudece la rivalidad militar y comercial entre Rusia y
Estados Unidos. A estas horas el verdadero sentido de la frase
ominosa de Kruschev "os enterraremos", puede ser el mismo del
estribillo de Catón "delenda est Carthago", o el de los Ejércitos
Aliados hacia Alemania "rendición incondicional".

Sin embargo, desde la confrontación de octubre de 1962,
cuando casi hay guerra atómica y los dos gobiernos se asustaron de
verdad, comenzó a atenuarse también la tensión militar. Tal como lo
dije en privado a varios amigos norteamericanos, no se empezó
entonces a desmantelar simplemente las bases de cohetes de Cuba, sino
más bien a desmantelar la guerra fría mundial. Eso mismo opinan
ahora los observadores en Estados Unidos, y, curiosamente, lo mismo
expresa el expremier Khruschev en sus recién publicadas memorias.

El desmantelamiento va despacio y será un proceso largo, por
que al buscar ahora la paz cada cual es arrastrado por su propia
propaganda. Las emociones creadas se mantienen por las emociones.
Algunos fabricantes de armas, y algunos profesionales de las fuerzas
armadas y de los servicios secretos, por la guerra. La razón, por el
contrario, nunca tiene muchos que la mantengan.

¿Qué debe hacer hoy un país pequeño, perteneciente al mundo
que ve atrasarse su desarrollo porque las naciones desarrolladas
gastan doscientos mil millones de dólares al año en armamento?. Debe
atizar la hoguera de las emociones, y seguir pagando su parte
desproporcionada de la cuenta, lo cual requiere poco esfuerzo mental,
o ¿debe autoimponerse la disciplina emocional de colaborar
juiciosamente en procura de la paz aunque se sienta atraído por el
vértigo de la guerra ?.

Y cuando grandes intereses privados de países industriales
maniobran deliberadamente para bajarnos el precio del trabajo
nacional, el café, ¿debemos acaso castigarnos a nosotros mismos no
vendiendo café a Rusia por su comunismo, o al África del Sur por su
discriminación, o al Asia por su budismo? ¿No tratamos siempre con
los nazis que se propusieron dominar el mundo, y que ya tenían
escogido para cuando ganaran la guerra según se dijo, al futuro
gobernador de Costa Rica? Por otra parte, en qué ayudamos nosotros a
los pueblos discriminados con no vender café a sus países, cuando las
naciones grandes se deshacen por venderles armamentos?

Y si la Unión Soviética no tuviera ninguna otra cosa que
hacer, como su parte de la guerra fría, más que alentar la subversión
en Costa Rica o en Centroamérica, ¿para qué necesitaría una
representación diplomática, cuando tiene aquí sus partidos y sus
periódicos y además las representaciones de otros países socialistas,
más las vecinas misiones propias en México, en Bogotá, en Lima, y en
Caracas? ¿Tienen acaso embajadas rusas Guatemala y la República
Dominicana, repito, tan azotadas hoy por la máxima violencia?

¿No cuentan nuestros aliados, los Estados Unidos con buenos
servicios de vigilancia para defenderse y ayudarnos a defendernos? Y
nosotros, que siempre nos hemos defendido con fuerzas morales, ¿no
tenemos buenas autoridades, buena opinión pública democrática, buen
clima de repudio a la violencia, buenos navegantes en las tormentas y
buen Dios que nos guíe?

Lo que debe hacer Costa Rica en esta situación no es
perjudicarse más todavía negándose a comerciar con la Unión Soviética
y sus aliados, sino tomar precauciones normales, hablar claro, y dar
garantías a nuestro aliado mayor, Estados Unidos, de que no seremos
usados para ninguna actividad que ponga en peligro su seguridad
nacional y la del hemisferio americano. Siempre han tenido ellos
puertas abiertas aquí para cooperar con nuestras autoridades en la
vigilancia bélica que deseen, y las seguirán teniendo mientras
respeten nuestra soberanía y la libertad de pensamiento.

A los dos bandos debemos hablarles claro. Queremos seguridad
para todos, pero no persecución ideológica ni quemas de libros
herejes. Queremos comercio y relaciones normales con todos, pero no
subversión ni terrorismo. Respetaremos a los funcionarios
extranjeros que con nosotros convivan respetándonos, pero
sancionaremos a quienes tomen nuestro territorio como campo de
batalla de la guerra fría.

Es evidente que muchos de los agitadores que perturban hoy
nuestros países son "comunistas" de uno y de otro grupo, o han estado
en Cuba o en Moscú. Nadie más inclinado que yo a tratar con rigor a
los perturbadores, vengan de donde vinieren. Pero igualmente soy
inclinado por mi propia formación y por el cargo que ocupo, a
discernir entre verdades parciales y verdades absolutas, y a
profundizar en busca de las causas y sus remedios.

No conviene nunca confundir causas y efectos. Muchos
inadaptados sociales se dicen comunistas, no porque sepan de ideas
políticas ni porque sean reformadores, sino porque son simplemente
eso: inadaptados. Hasta algunos bandoleros de las montañas de
Colombia resultan ahora marxistas o fidelistas, después de treinta
años de ser salteadores.

Las cárceles del mundo estuvieron siempre llenas de enfermos
sociales muchos años antes de que naciera Carlos Marx. Y si Marx
resucitara hoy, con el genio que se gastaba, creo que no se ocuparía
más que de afeitar a ciertos barbudos.

Es peligroso dejarse llevar por ideas preestablecidas y por
impulsos emocionales, y quemar brujas y catalogar a los demás en
departamentos conforme a frases acuñadas. La batalla de las palabras
es uno de los frentes más dañinos de la guerra fría. Cada cual es un
santo varón para sí mismo, mientras que los demás pertenecen, según
unos al pentágono, la CIA, el petróleo, el sionismo, el imperialismo,
el Opus Dei, o a Costa Rica Libre; y según otros a los rojos, la gran
conspiración, el comunismo, el marxismo, el oso moscovita, o a
Vanguardia Popular. ¡Cuán necesario es ver claro, entre tantos
nubarrones de palabras y perjuicios!

En resumen: someto una vez más a la consideración del país
este punto de vista: Costa Rica seguirá dependiendo en gran parte del
café por lo menos diez años más, probablemente un cuarto de siglo.
Mi propio deseo es que algún día podamos sustituir este cultivo por
otras actividades de mayor rendimiento, salvo que los países ricos
adopten una política de precios justiciera, como han hecho con el
azúcar. Pero, de momento tenemos grandes sobrantes acumulados que
aumentarán en la cosecha 1971 - 1972 y además tenemos desempleo.

No hay en el mundo otros nuevos mercados posibles más que los
países de ideología política diferente a la nuestra; en grande, el
mundo socialista; y en pequeño, el África del Sur. Si alguien
encuentra otra salida, que lo diga.

Las cantidades que se juegan en estos negocios son enormes
para nosotros. En este momento (abril de 1971 están en trato grandes
ventas a la Unión Soviética, y otras a Europa Oriental. Un
particular puede salir a la calle y gritar: ¡"muera Rusia!, pero
cómpreme el café". Pero un gobernante no puede hacer eso, ni puede
otro gobernante aceptarlo. O tratamos dentro de las relaciones y
consideraciones normales, o no tratarán con nosotros. No nos
engañemos. O corremos los riesgos que puede significar nuestra
entrada al mercado mundial, como los corren tantos otros países,
entre ellos, prácticamente todos los de América del Sur, o nos
quedamos sin divisas, aumentamos la desocupación y detenemos el
ascenso del nivel de vida nacional.

Los compradores tradicionales nos aprietan con el precio. Si
además de eso nosotros nos echamos encima una carga que ni los
grandes quieren llevar, la carga de imponer al mundo, como condición
de trato, el sistema político nuestro, ¿de qué vamos a vivir? Si en
vez de cultivar serenamente el amor a la paz, aunque seamos pequeños,
seguimos alentando, por impulso o por error, la emoción de la guerra,
¿quién nos lo va a agradecer?.

Atentamente,

JOSÉ FIGUERES
San José, 6 de abril, 1971.

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