la verdad .... al final hasta lagrimié y coincido, El es el de la ultima palabra, en TODO
felicidades José Luis Hernández ________________________________ De: Juan Mota <[email protected]> Para: [email protected] Enviado: sábado, 1 de mayo, 2010 11:30:29 Asunto: [Mexico Bass Zone] Un fragmento más de mis historias... Que tal raza: Para todos aquellos que como yo no pudieron salir a pescar este fin de semana, quiero compartir con ustedes un fragmento más de las tonterías que escribí precisamente en algunas ocasiones como ésta, que me tuve que quedar con las ganas de ir a pescar y matar el tiempo de otra manera. Les adivierto que lo que a continuación anexo está bastante extenso y poco o nada tiene que ver con la pesca, pues en estas líneas sólo intento mostrar "mi lado humano" (por así decirlo), por lo tanto, aquel que no quiera leer pen..tonterías en este momento mejor dele "salir", o como dijo "Catón", brinquese hasta donde dice FIN..... Saludos. JMMM. MI NUEVO EMPLEO. Los años fueron pasando y con ellos comprendí que había sido una buena decisión aceptar aquel empleo, ya que en todo ese tiempo la presa jamás se recuperó. La mayoría de mis antiguos compañeros, al igual que yo, se vieron obligados a emigrar a diferentes lugares, sólo unos cuantos se quedaron deambulando por sus orillas, pescando de manera furtiva para vender algunos kilos de pescado ó llevando a pescar de vez en cuando algún turista despistado que regresaba y subsistir de esa manera. Fueron más de cinco años los que trabajé en esa empresa en los cuales viví un poco alejado de mi familia. En ese lapso nació mi tercera y última hija la cual hasta el día de hoy siempre me recrimina que no estuve con ella en sus primeros años de vida (mismo reproche que yo hice alguna ocasión) sólo que los motivos de mi ausencia fueron muy distintos a los que había tenido mi padre. Por lo regular regresaba a casa los sábados por la tarde ó noche y salía de nuevo los lunes en la madrugada, incluso cuando había mucho trabajo eran mi esposa y mis hijas las que iban a visitarme, pues yo debía permanecer al pendiente de casi un centenar de personas que ahí trabajaban. Un día decidí remolcar mi lancha hacia allá pues había llegado a un acuerdo con cierta persona que vivía en un ejido cercano, para que por un porcentaje de las ganancias trabajara en ella capturando jaiba por el río con unas trampas que la empresa nos proporcionaba, bajo la condición de entregar el producto ahí mismo. En ese tiempo mis nuevos patrones me propusieron que invirtiera también los dólares que aún tenía ahorrados y comprara otra lancha más grande para pescar huachinangos y tiburones en alta mar. Invertí aquel dinero y compré una lancha de fibra de vidrio de 26 pies equipada con un motor también nuevo de 65 caballos de fuerza, la cual registré en la capitanía de puertos con el nombre de mi primogénita. A esa lancha la equipé con una línea de varios cientos de metros de longitud e igual cantidad de anzuelos para la pesca de esas especies. Así mismo contraté a dos personas que vivían en una colonia de pescadores cercana donde habitaban varias familias que habían emigrado desde de un estado del sur a esta región, porque según ellos decían, la pesca era mejor por estos rumbos. Estas personas eran bastante experimentadas en la pesca de alta mar. El capitán de la embarcación era una persona tranquila pese que continuamente se drogaba fumando marihuana, porque según él, de esa manera se daba valor para permanecer dos días consecutivos en alta mar en la pequeña embarcación, con la incertidumbre de que en cualquier momento los sorprendiera algún temporal y los enviara a pique. Según argumentaba, temía que se invirtieran los papeles y se convirtieran en presas de los tiburones que ellos capturaban, y aunque siempre le respondí que eso era solo un desvarío provocado por la misma droga y una forma de justificar su vicio, él aseguraba que conocía casos de personas que seguramente habían terminado de esa manera, pues sus cuerpos jamás habían sido recuperados después de naufragar en el océano. Fueron años en los que viví muy tranquilo en la cuestión económica pero al parecer de nueva cuenta por la pesca indiscriminada (o la mala suerte que me perseguía) por largas temporadas el mar se negó a dar buena pesca. Por desgracia la situación fue empeorando cada vez más y en algunas ocasiones el producto capturado no alcanzaba a cubrir siquiera los gastos de gasolina y carnada. Comenzaron épocas de altibajos tanto en lo personal como a nivel empresa y viendo el incierto panorama hablé con mis patrones y les dije que deseaba renunciar para buscar alternativas en algún otro lado. Mi patrón mexicano me propuso que continuara trabajando con él y con gran optimismo dijo que algo bueno iba a surgir de todo aquello. Supongo que de alguna forma había reconocido mi trabajo realizado durante todo ese tiempo y tenía otros planes en los cuales me había incluido. A los pocos meses la empresa cerró sus puertas y entonces envié mis dos lanchas con un conocido a otro lugar para pescar exclusivamente jaibas. Por mi parte, por instrucciones de mi patrón realicé varios viajes al interior del país para llevar algunas cargas de camarón y otros productos del mar, así mismo con su ayuda tramité mi pasaporte y de esa manera hice varios viajes para llevar algunos embarques de pulpa de jaiba al estado de Louisiana, de donde era originario mi ahora ex patrón americano. En esos viajes que hice a la unión americana mi ex patrón me pidió que me hospedara en su casa y después de insistirme varias veces con bastante pena acepté. Su casa era verdaderamente una mansión que estaba enclavada en una extensa área verde a la cual se llegaba a través de un camino pavimentado que tenía grandes árboles por la orilla, un lugar realmente hermoso en donde incluso había construido un precioso lago artificial de regular tamaño. El y toda su familia me trataron como un verdadero huésped. Me llevaron a conocer los sitios más interesantes de la hermosa ciudad y también tuve oportunidad de saludar a varios de sus amigos, antiguos conocidos míos a quienes en diferentes ocasiones había llevado a pescar en la presa en mis épocas de guía, hacía para ese entonces ya varios años. Todos ellos me trataron también de maravilla y algunos en son de broma y algo en serio me dijeron que me quedara y me ofrecieron trabajo, lo cual por supuesto no acepté. Después de algún tiempo mi nuevo patrón me envió como encargado de una pequeña sucursal de otra de sus empresas ubicada en una ciudad cercana y de esa manera continué alejado de mi familia un par de años más. Al no poder atender mis embarcaciones vendí mi lancha “tiburonera” allá mismo y la otra la recogí. A esa lancha la mantuve como reliquia por algunos años en mi casa del pueblo con la esperanza de algún día poder usarla, sin embargo por la gran carga de trabajo y sobre todo porque la presa prácticamente llegó a secarse jamás tuve la oportunidad de hacerlo. Mi vida continuó y yo seguí trabajando con la misma dedicación y después de tres años trabajando en esa ciudad me enviaron como gerente de la sucursal en la capital del estado. Fue en ese tiempo cuando tuve oportunidad de regresar de nuevo a aquel hermoso rancho donde había trabajado como peón en mi juventud, solo que en ésta ocasión iba acompañando a algunos administradores de otras sucursales ubicadas en diferentes ciudades de la república, a una reunión meramente de convivencia que teníamos con el director general y subdirectores de la compañía, la cual también había ido creciendo y consolidándose con el paso de los años. Al estar de nuevo en ese lugar de manera inevitable llegaron a mi mente los recuerdos de aquella época tan difícil de mi vida y un cúmulo de sentimientos encontrados me hicieron reflexionar, pues por una parte sentía melancolía y por la otra un gran orgullo y satisfacción de lo que había logrado en la vida a pesar de todas mis limitaciones. Sin embargo aquellos sitios parecían recordarme también que debía continuar trabajando con la misma tenacidad y humildad, pero sobre todo tenía que agradecerle por siempre a Dios, porque sin su ayuda jamás lo hubiera conseguido. Poco tiempo después tuve también la oportunidad de invitar a mi esposa y mis hijas a visitar aquel ranchito donde había nacido. Mi intención era mostrarles a detalle los lugares donde había pasado gran parte de mi niñez y adolescencia, sin embargo no pude hacerlo como hubiera querido por la simple y sencilla razón de que en esa ocasión los sentimientos del corazón superaron a la cordura. Al llegar al pequeño ranchito sentí algo similar a lo que había experimentado la vez anterior, pues al estar ahí se agolparon en mi mente muchos recuerdos y de nueva cuenta apareció esa mezcla de sentimientos encontrados, sólo que en ésta ocasión me invadió también una profunda tristeza la cual al final terminó por doblegar mi orgullo. Aunque la fisonomía del lugar era muy distinta de como la había visto por última vez debido a que gran parte de la superficie había sido desmontada para convertirla en pastizales, aún así podía reconocer cada rincón del terreno. En lo que era la placeta del rancho aún se apreciaban claramente los cimientos de lo que había sido la casa de la abuela; ahí continuaban todavía de pie los frondosos mezquites que habían sido mudos testigos de mis juegos y travesuras; también algunos pequeños árboles frutales que había sembrado cuando era niño, al igual que yo ahora eran adultos, y muchas cosas más por el estilo. Sin embargo lo que más me impactó fue ver en ruinas los jacales donde había vivido. Al estar frente a ellos y mirarlos en aquellas condiciones sentí de pronto un nudo en la garganta y mis ojos se empezaron a llenar de lágrimas. Para que mis invitadas no me vieran llorar caminé por una vereda rumbo al río, el cual quedaba cerca y al llegar a él me detuve a la orilla de un barranco y traté de admirar a la lejanía el mismo paisaje como tantas veces lo había hecho en mi niñez, sin embargo aquello resultó contraproducente, pues al hacerlo llegaron en cascada más recuerdos los cuales aumentaron la opresión que sentía en el pecho, y al no poder aguantarme opté mejor por dejar que las lágrimas corrieran libremente. Después de unos minutos de desahogo, un poco más tranquilo regresé a donde estaba mi familia y continuamos con la visita. Desde ese día decidí que si era imposible regresar a vivir a ese rancho por lo menos trataría de pasar los últimos años de mi vida en la tranquilidad del pueblo, lo cual pienso hacer en un futuro tal vez no muy lejano. En la actualidad estoy trabajando para logar ese objetivo y sólo le pido a Dios, como tantas veces lo hice en anteriores ocasiones, que por favor me ayude a cumplir otra más de mis pequeñas, y esta vez quizás últimas metas. El tiempo siguió inexorable su curso y poco después sucedió lo que todos sabemos algún día ocurrirá pero la mayoría de las veces nos rehusamos a reconocerlo…enfrentarse a la muerte de algunos de sus seres más queridos. Cierto día mi padre enfermó de cáncer pulmonar el cual fue detectado en estado muy avanzado. Al final su organismo le reclamó de esa manera su vicio de toda la vida por el cigarro y después de varios meses de dolorosa agonía falleció. Y como dice el refrán que los bienes son para remediar los males, me miré en la necesidad de vender mi preciada lancha para costear algunos gastos de su enfermedad y funeral. Pero aún me faltaba algo más, años después mi madre sufrió una embolia cerebral de la cual jamás se recuperó y permaneció más de un año en cama, prácticamente en estado vegetal. Estas etapas fueron bastante duras para la familia, como dije antes, la agonía de mi padre fue muy dolorosa, sólo espero que mi madre no haya sufrido igual durante todo ese tiempo, y si acaso fue así, gracias a Dios un día terminó su sufrimiento y se fue a descansar con Él. Fue precisamente en esos primeros años del nuevo siglo XXI cuando de manera inesperada, como en la mitología del Ave Fénix, de entre sus cenizas la presa resucitó. Aunque aquella inmensidad que conocimos en sus inicios con el tiempo llegó a ser sólo un pequeño charco cuando estuvo a menos del 10 por ciento de su capacidad, gracias a un temporal de lluvias recuperó su nivel a casi la mitad y por consecuencia la pesca de lobina se activó nuevamente. Cierta ocasión un amigo me invitó a pescar en su lancha y capturamos excelentes ejemplares. A diferencia de aquella época cuando la presa estaba recién construida la cantidad de lobinas era menor, pero obviamente por sus años de antigüedad era mayor la probabilidad de sacar algunas lobinas de tamaño trofeo. Ahí surgió de nuevo la inquietud de comprar una lancha y meses después adquirí una pequeña embarcación de aluminio a la cual bauticé con el nombre de mi primera nieta que para ese entonces ya tenía. Como en el trabajo había sido ascendido de la gerencia de sucursal a un área del nuevo corporativo, ahora tenía suficiente tiempo para pescar sin presiones los fines de semana, lo cual por lo regular hacía en compañía de mi esposa e hijas, o algunos familiares y amigos cercanos. Y se comprobó una vez más aquella frase que dice que lo que bien se aprende no se olvida. La intuición de pescador que había desarrollado en aquellos años de guía y que tantas satisfacciones me había dado de nueva cuenta salió a relucir. Mis acompañantes y yo comenzamos a tener excelentes jornadas de pesca y en infinidad de ocasiones hemos logrado capturar lobinas de gran tamaño, cuyas fotos y videos de su liberación he presumido con orgullo en algunos portales de Internet especializados en la pesca deportiva. Con el tiempo cambié mi pequeña lancha de aluminio por una de fibra de vidrio mejor equipada y un año después cambié esa embarcación por otra mejor hasta llegar a tener en la actualidad una preciosa lancha último modelo, la cual espero me acompañe por muchos años. Ahora sólo deseo con ansia que mis pequeños nietos crezcan un poco más para enseñarles a pescar y disfrutar en su compañía de este hermoso deporte. Tal vez ya sea demasiado, sin embargo por enésima vez le pido a Dios que me conceda vida y salud para hacer realidad este otro sueño, pues al hacer el recuento de todo lo bueno y malo que me ha acontecido en mis años de existencia, estoy plenamenteconvencido que Él es el único que decide y tiene… ¡la última palabra! FIN.
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